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Especial 100 libros de poesía (parte 1)

Por Pablo Méndez

Ya la frase que encabeza el texto es atractiva. Por algo las editoriales se empeñan en sacar colecciones con nombres del tipo “1001 películas para ver antes de morir”. Marketing nominal que facilita, tal vez las ventas, o tal vez el último eslabón del fordismo editorial cuyo resultado terminara en una mesa de saldo con el propósito de ser una buena opción de regalo para familiares o amigos que cumulen años. Ya sea el cine, la literatura o los 100 autos mas veloces de todos los tiempos. En este caso, la misión de quién escribe estas líneas no es la de categorizar, ni jerarquizar, no es contribuir a un artificial ranking generacional al estilo MTV. Acá la cuestión es mucho más simple: comentar 100 libros que han llegado a la redacción tempestuosa y que merecen ser mencionados/analizados. Aún así, involuntariamente, podría ser un mapa de época, un algoritmo poético que aúna estéticas, tendencias, modas o discursos. Pero eso es materia lúdica para la crítica exhaustiva. Este punteo está vinculado a las distintas formas que adopta la reseña. Sin más preámbulos los primeros 10 libros de poesía:

El fuego en el que creo (1) de Alejandra Pérez Tujague, editado por Grisela García Editora, es un poemario que asume la transparencia de una genética del recuerdo. Por sus páginas están las escenas que fundan un pasado: la herencia marcada en los pequeños detalles que crean una cartografía del ser; la mujer infante, la joven o la madura se imponen en la línea de tiempo como testigos medulares de una memoria esquiva. En muchos de los poemas abundan los escenarios inhóspitos: la ruta, el campo, el pastizal, la laguna. Lugares que funcionan como espejos de la historia individual. Un libro donde el deseo de la escritura es en lo que se cree, como el fuego. Te conté/ que quería escribir/ con la euforia de la vida/ que todo lo puede/ tu cara rozada por el sarcasmo/ no pudo disimular/que yo era un cuerpo atado/ a una casa en derrumbe/donde mi voz gritaba/ la ausencia de mi voz/ nadie podía o irme/ tuve que arrasarme allí/ donde me diste la oscuridad/ abrir la garganta con un cuchillo/ dejar de ser/ un cuerpo/ sin lengua.

Parque lleno (2) de Victoria Zerdá, editado por Entre Ríos, es como un compilado de canciones. Letras cuya musicalidad están en lo que enuncian. Una poética del instante: un niño que pedalea, una brújula en una guantera, una heladera que pierde agua, la chispa de un encendedor. Imágenes que se acumulan en un cancionero indie de la cotidianeidad. Pero no son los rastros de un pop melancólico sin resistencia, como mero artilugio de queja sensorial, este poemario es la puja contra el mandato, un guiño en la inmensidad de miradas contra lo establecido. Estos poemas toman sobrevuelan el descontento con astucia poética: la belleza es la tromba que derriba cualquier atisbo de opresión. Y esa belleza no es brutal, lleva la calma de la reflexión. Para ser una historia que vive/ me hago parte de la tierra/ escondida/ hasta que terminen las bombas/ cielo en guerra/ muertos contra muertos/ gente en shock/ Después de las bombas/ ya nada habrá en el cráter/ la vida ahí mismo/ es un reloj roto/ mancha incolora en el césped/ cicatriz de la tierra/ la única que sabe/ que lo que arde/ debe ser recordado.

Los caprichos de Leonora (3) de Mariela Laudecina, editado por Caleta Olivia, es un poemario singular, dedicado a Leonora Carrington y sus pinturas, que se aleja del tono conmemorativo, o por lo menos lo deja en un plano secundario, para intervenir en la magnitud del lenguaje. Un libro que es núcleo de la aparición lingüística en su esencia fantasmagórica, interpretando la imagen en un camuflaje de sintaxis onírica. La poesía como meditación mística enciende las alegorías del subconsciente, donde la realidad es una vaga circunstancia. Laudecina, aurática hasta el desmayo, levanta los trazos en el aire, activa la máquina poética y reproduce, hasta el infinito de los sentidos, la contemplación de los varios mundos en este único e imperecedero. Nuestra rueda es la boca/ por la que comemos tu preciosa y desastrosa vida/ Si te hubieras entregado a la suerte demoledora/ estarías en otros mundos/ La luz que ves al final del túnel/ es nuestro buche/ No hay registro ni transmutación/ No serás alga, lombriz, manzana/ No hay nada más que luz/ tanta que asusta de solo pensarla.

Los aviones no se caen (4) de Eduardo Savino, editado por Elemento Disruptivo para la colección Niñxs de los ’90, se divide en tres partes: “La casa paterna”, “El mundo” y “La casa propia”. Una voz de desesperanza acompaña cada poema, una voz voluble y lunática, hija del cuerpo de los tiempos es el hilo conductor de los tramos conceptuales del poemario. El mundo es un vampiro, y el yo poético es lo que desarma y sangra. Desde el primer poema hay un pedido, un clamor por la vuelta a la indefensión, para que la mano que acuna y protege este ahí. Un estado de anestesia donde las cosas corren veloces, y la observación se ondula en la poesía. Vor a llorar hasta que me seque/ hasta que sea un asco tocarme/ hasta que necesite/ sentarme bajo la ducha/ diez días/ para que la piel partida/ como tierra muerta/ se pueda acariciar de nuevo/ voy a hundirme en el agua hasta llenarme/ y sacar el aire para que/ mi casa también se llene/ hasta que ahí/ en el agua/ vivan solo las cosas conmigo/ y floten igual que yo/ y se despeguen/ del suelo,/ poder soltarlas.

De qué se trata el otoño de mi ventana (5) de Celina Feuerstein, editado por Modesto Rimba, colecta los recuerdos de la infancia, un continuo devenir de imágenes en Súper 8 que fluyen en la figura de un padre y una madre. Una narración de la trayectoria familiar en color sepia, donde la nostalgia es un suspiro lírico. En ese espejismo creador, la memorabilia es sustancia, goce y deseo. La autora no arrumba figuras excesivas, no descansa en lo indecible pero bello; su escritura es lacónica, precisa en lo que quiere decir, prefiere lo sonoro audible más que la melodía indescifrable. Se detiene en la capacidad de retener lo sensible en pocas palabras. si recuerdo es porque también olvidé/ por ejemplo tu voz/ padre/ viene de la sombra/ y tu risa madre/ liviana como una hoja/ se desprende y baja/ del árbol/ me hace cosquillas/ vienen risas y voces/ a decirme que ya es tiempo/ de encontrarnos/ y celebrar.

Pétalo nocturno (6) de María Belén Corso, editado por Alción Editora, es un libro sugestivo en su cuatro puntos cardinales. Dividido en ejes temáticos (“Nombre propio”, “Ciclo erótico”, “Después de lo ocurrido”, “Ensoñación”, “La casa húmeda” y “La huida”) que se corresponden en lo subterráneo de las palabras. Un yo que se define en su deseo, que busca entre las piernas, en la mujer que se parece, en su contención para no arrasar al otro; un yo que ve escurrir el néctar de plata por sus dedos, que delimita los portales húmedos, que eriza el ancla que conduce al latido. La autora lanza un anzuelo que provoca la tentación del lector. Y en ese acto insinuante desglosa su abanico poético, la evocación épica de desterrar el apetito de vigilia infinita en cada recoveco del universo. La poesía de María belén Corso es un hálito de antojo puro, la codicia de la piel en busca de la voracidad. Cuando la luna está así/ a medio llenar/ yo pienso en nosotros/ en cómo me gustaría que rebalses/ rebalses.

El bruto muro de la casa propia (7) de Alejandro Cesario, editado por Ediciones la yunta, es un libro que ahonda en el pobrerío argentino como bien dice Luis O. Tedesco en la contratapa. Indaga en la marginalidad mayúscula que exponen las ordenanzas de una justicia social contradictoria. Esa manufactura de la realidad explícita en cualquier esquina. Poemas que delatan el bajo fondo, la otredad creada por el neoliberalismo. Talleres clandestinos, orillas, baldíos; la provincia y la capital mezclan sus imágenes, son los escenarios en los que Cesario balancea el andamiaje del lenguaje. Los poemas humean desgracia y desesperanza, y es en las trincheras de la literatura donde se ejerce la crítica social. Boca arriba/ puño mutilado/ yugular inflada/ grito manco/barreño y zapa huérfanas/ dentadura carcomida/ frío en la amputada esperanza/ mirada hacia adentro/ sangre occisa/ en la perenne chaflán de la noche.

Camino invisible (8) de Fernanda Manzanal, editado por Lisboa, es un poemario que traza una línea directa con la naturaleza, atestigua una mirada sobre el tiempo y su paisaje. Pareciera decir en cada verso que si miramos fijamente el paisaje, el paisaje nos mira a nosotros. En esa auscultación mutua se ralentiza el cronómetro de la experiencia, nos permite enfocar con mayor o menor distancia el detalle de la circunstancia poética. Manzanal, con ese avistaje prismático, nos permite acoplar nuestros ojos a los suyos, y en esa ojeada siamesa es donde nace el multiverso sensible. La ley de gravedad se descose/ y nos lleva lentamente/ hacia un plano más ligero./ Brota el cielo/ estrellado de caracoles nacarados./ En espejo la noche/ cayó sobre tu cara./ Camino de piedra y cuarzo,/ en un espacio escondido/ me desintegro sobre la arena./ Todo sucede simultáneamente;/ tu partida a otro universo/ mis primeros pasos en este.

Para tomar un buen té (9) de Janice Winkler, con ilustraciones de Liliana Villaba, editado por Tanta ceniza Editora para la colección “Maras en la barda”, es un poema de largo aliento para chicas y chicos sobre la aventura de tomar té. La autora, además de poeta, narradora y traductora, es sommelier de la infusión milenaria. Este viaje poético nos lleva por las costumbres, la historia y sus especificidades, donde la autora juega con las palabras, las combina y hace brotar su musicalidad. Un libro que enseña, divierte y sobre todo acompaña: porque hay té de colores (azul, negro, blanco, amarillo y verde grillo); de hojas grandes y hojas chicas; con flores, pimienta, calabaza y mandarina. Esta panorámica poética nos encandila los sentidos, pero además es un relato que construye. La planta del té se llama Camelia,/ de apellido Sinensis;/ planta generosa, maravilla del mundo, querida,/ te damos las gracias,/ te honramos/ y en infusiones,/ te tomamos./ ¡TÉ tomamos!

En un planeta fabuloso (10) de Mario Varela, editado por Tren Instantáneo, es otro poemario dedicado a las niñas y a los niños. El autor es uno de los poetas de la generación del ’90. En este libro que consta de dos partes (“Gatos y tortugas” y “La chica de la heladería”), Varela nos ofrece dos historias que corresponden con dos etapas de entendimiento; por un lado, en versos que figuran la fábula, se plantean las semejanzas entre los gatos y las tortugas, con la clara intención de promover la diversidad. Juro que esa tortuga podía maullar,/ se trepaba por las cortinas hasta llegar a la mesa;/ perseguía ratones y había espantado al gato./ Cierta tarde una maceta cayó sobre la tortuga/ y le rompió el caparazón…/ entonces vimos que adentro estaba el gato./ El muy desgraciado se había metido ahí/ para comerse a la tortuga y después/ no pudo salir. Por otro lado, en “La chica de la heladería” se plantea el enamoramiento cargado de la inocencia de los primeros años. La representación de la chica convertida en helado, los recursos utilizados para crear un clima de candidez, y algunos guiños de ironía convierten al libro en una experiencia para todas las edades. Si salimos a la luz/ tiene miedo de derretirse/ no temas le digo/ te devoro y dentro mío/ ya te cuido del calor/ vos me llenás de frío.

El fuego que creo (2020)

Autora: Alejandra Pérez Tujague

Editorial: Griselda García Editora

Género: poesía

Complemento circunstancial sonoro: 

Parque lleno (2020)

Autora: Victoria Zerdá

Editorial: Entre Ríos

Género: poesía

Complemento circunstancial sonoro: 

Los caprichos de Leonora (2020)

Autora: Mariela Laudecina

Editorial: Caleta Olivia

Género: poesía

Complemento circunstancial sonoro: 

Los aviones no se caen (2020)

Autor: Eduardo Savino

Editorial: Elemento Disruptivo

Género: poesía

Complemento circunstancial musical: 

De qué se trata el otoño de mi ventana (2020)

Autora: Celina Feuerstein

Editorial: Modesto Rimba

Género: poesía

Complemento circunstancial sonoro: 

Pétalo nocturno (2020)

Autora: María Belén Corso

Editorial: Alción Editora

Género: poesía

Complemento circunstancial sonoro:

El bruto muro de la casa propia (2018)

Autor: Alejandro Cesario

Editorial: Ediciones la yunta

Complemento circunstancial sonoro: 

Camino invisible (2020)

Autora: Fernanda Manzanal

Editorial: Lisboa

Género: poesía

Complemento circunstancial sonoro: 

Para tomar un buen té (2019)

Autora: Janice Winkler

Editorial: Tanta ceniza

Género: poesía, literatura infantil

Complemento circunstancial sonoro:

En un planeta fabuloso (2020)

Autor: Mario Varela

Editorial: Tren Instantáneo

Género: poesía, literatura infantil

Complemento circunstancial sonoro:

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