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Reseña #480- El olvido está lleno de memoria

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El otro tipo de comprensión, la verdad esencial de la experiencia, no es transmisible…O mejor dicho, sólo lo es mediante la escritura literaria…

Jorge Semprún

Por Victoria Mora

Leer los cuentos de El cruce del Salado  de Susana Aguad despierta,  entre otras,  la pregunta por el lugar que puede tener la literatura en relación a la memoria de un pueblo. Sus historias giran en torna a la última dictadura cívico militar y sus huellas atroces que serán parte de nuestra identidad para siempre. Incluso asistimos a tiempos donde hay que volver a un reclamo a gritos de justicia. Entonces, ¿Qué puede hacer la literatura con lo que nos marca como pueblo?

Sin dudas, la historia vive en las páginas que los autores/protagonistas o testigos de una época han escrito. Como es el caso de Susana Aguad que en muchos de los cuentos de este volumen eligió contar las vivencias del exilio, del encierro, de los secuestros, de los amigos, de los sobrevivientes, de las huellas imborrables del horror. Acompañan otros relatos que aunque no remitan directamente a este nefasto período también resuenan en mucho de lo que nos toca sobrellevar en la vida: el amor, el desamor, el desamparo, el abandono.

Susana Aguad fue secuestrada, detenida-desaparecida y luego llevada a la cárcel de Devoto. Su compromiso con la vida no fue tolerado por las genocidas fuerzas represivas “su delito” había sido defender como abogada a los desaparecidos para, como ella dice, “rescatarlos de la tortura”

Si bien se puede llegar a conocer lo que viven los integrantes de una sociedad en determinado momento desde la investigación histórica los caminos del  saber que ofrece la literatura serán distintos. Para conocer  la vida en la Rusia pre revolucionaria, por ejemplo,  se podrán leer infinidad de documentos históricos o ver documentales, pero muchos preferimos recorrer las páginas de Ana Karenina de León Tolstoi. La ficción es una gran puerta de entrada a la historia. Y eso es lo que Aguad construye en estas páginas:

“Entonces recordó cuando en el local del sindicato se cantó el himno y se debatieron las propuestas, como si, con cada paso que dieran, se jugara la suerte del universo entero.  Sí, les parecía que la humanidad les reconocería esa lucha, que el universo entero los recordaría (…) Si me matan, pensó Paulina, habré pasado a la posteridad como Rosa Luxemburgo en su momento.  Pero recordó que a ella no la conocían, no había escrito ni una letra, ni una palabra sobre la revolución”

Las palabras que no escribió Paulina pueden escribirse. Aguad se ubica en la tradición de quiénes decidieron tomar las voces de las víctimas y perpetuar sus historias anónimas.

Volviendo a Tolstoi su lectura corrobora que basta abrir una novela y leerla para acceder a un mundo que ya no existe, un mundo que necesitamos que no se olvide. Las historias íntimas que revelan la Historia como escribe Aguad en su cuento “El cruce del Salado”:

“Estas historias las contaba el abuelo como si los hechos acabaran de pasar y todavía pudieran verse las montoneras caer como flechas sobre los unitarios y pulverizarlos”

La escritura y la lectura han sido modos posibles y soportables de elaborar las experiencias más terribles de los terrorismos de Estado del Siglo XX.  ¿Se podría haber seguido sin elaborar? Se podría pero el costo es altísimo: un pueblo que no recuerda se expone a la repetición incesante de las tragedias.

Para los sobrevivientes escribir ha sido un modo de soportar el dolor y también de honrar la memoria de aquellos compañeros asesinados de formas brutales, formas de la que ellos fueron testigos. Para la sociedad la lectura de esos relatos permite no solo escapar a la repetición sino también reconocer la identidad que nos conforma como ciudadanos cómo herederos de lo que se vivió.

Escribió Aguad sobre su experiencia que luego retoma en la ficción en su cuento “La visita de Felipe Martín”

“Nadie supo de mí hasta después de dos semanas de aquella noche. Fue el 24 de noviembre de 1974: policías vestidos de civil tocaron el timbre de mi casa de la calle 13, en el barrio Parque Vélez Sarsfield, de Córdoba. Entraron brutalmente apenas se abrió la puerta. Fue difícil para mí saber si se trataba de una detención “legal” o de algo distinto a lo que era usual en esos tiempos. Inmediatamente después nos llevaron al aeropuerto. Sin explicarnos nada nos metieron en un avión de la gobernación provincial y nos trasladaron a Buenos Aires. Al principio no entendíamos dónde estábamos. Finalmente supimos que nos habían metido en celdas individuales correspondientes al departamento de Robos y Hurtos de la Policía Federal. ¿Dije celdas? Más que celdas eran una especie de tubos donde no se veía nada ni se establecía comunicación con nadie. Nos tuvieron ahí a pan y agua durante todo ese tiempo. Entre los tres nos comunicábamos –es una forma de decirlo– mediante golpecitos en la pared. Todos los días y todas las noches nos decían que iban a fusilarnos en el patio.

Un hijo de desaparecidos, luego restituido, cuenta su historia en un documental y termina su testimonio diciendo que sus padres querían que alguien sobreviviera para contar el cuento. Elige esas palabras: contar el cuento. Allí hace su aparición la literatura en la pluma de escritores como Susana Aguad: contar todos los cuentos necesarios, todos los que hagan falta hasta que el nunca más sea un hecho y entonces solo nos dediquemos a contar otras historias.

El cruce del Salado (2016)

Autor: Susana Aguad

Editorial: Paradiso

Género: Cuento

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