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Reseña #741- Crecer como desmalezamiento

La-mancha-de-los-días

 

 

Por Roxana Molinelli

La mancha de los días de Bárbara Alí (Qué diría Víctor Hugo?, 2016) es respirar al borde de un paisaje alto, bello y desértico por el cual alguna vez anduvimos y apenas recordamos en destellos. Como en un movimiento donde el peso se convierte en búsqueda, una tensión de apertura se mantiene a través de todo el poemario. Y con esa intensidad física se despliega una complejidad conceptual cercana a las instancias preverbales, la que lleva a los umbrales vitales de la palabra poética. Como en la mejor poesía, se dice con una potencia lírica asombrosa lo que no se dice. Y no capacidad,  sino potencia, por su estado de inquietud, de proponer lo improbable. De este modo trabaja y se expande esa fuerza que se repone en la voz como preguntas y comparaciones:

Un tiempo en que creciste

como lo hace la hierba

entre piedras y vías oxidadas.

¿Fue la estrechez del espacio

lo que te hizo ir

en línea recta, casi ciega

sin percibir

que lo endeble

termina siempre

cayendo

sobre sí?

(p.13)

Se combinan así conceptos e imágenes cargados de densidad existencial  con una forma sobria y cuidada en cada ínfimo detalle. Diferentes objetos y sujetos se presentan y lo hacen sin intención de afirmarse, sin ser uno o lo otro. El mundo vegetal, escenas domésticas o un paisaje industrial vencido; una madre, una hija, hombres, aves,  vínculos, tras la mirada de una cámara, o tras el dispositivo de la mirada. El cuerpo, la sangre. Y la mancha como el significante transversal, que lo toma todo. La poesía acontece en y por la mancha, como memoria de la cual surgen todos los materiales o como el tiempo que no conocemos todavía. La mancha como herencia que eclipsa lo nuevo, pero que no deja de ser movimiento.

En este proceso de homogeneización, Bárbara parece hablarnos todo el tiempo de lo que se mueve detrás, de lo que no encuentra lugar, lo que no se procesa. El yo en un punto fijo, la voz en una nota. Así aparece lo inerte,  como un nacimiento que se niega; como un miedo a emerger

 

(…) cuando la materia

no encuentra lugar

se deposita  sobre sí

capa sobre capa

se tapa

a sí misma.

 

¿no nacieron así

la piedra y la montaña

por repetición de lo mismo?

 

Y si la piedra

pesara demasiado

ya no podría

moverse.

Aplastaría las raíces.

correrían riesgo

las flores.

 

¿Quedaría allí

algo más que el recuerdo

de lo que quiso crecer

sin saber

cómo?

(p. 11/12)

¿Qué hay de lo inconcluso cuando se imprime? ¿Qué es lo trunco? Estas preguntas atraviesan varios poemas, en elementos que se presentan como materialización de un tiempo que no pudo realizarse.  Pero lo que no se realiza se repite. Y en ese replicar surgen formas. Una figura de quietud y belleza como pueden ser una montaña o una piedra. ¿La identidad no es repetición? Entonces lo vital y lo viviente aparecen como la posibilidad de hallar un sitio, de figurarse sin detenerse, como una posición tomada pero abierta a lo que llega.  Y ese equilibrio parece ser el que busca esta voz, la posibilidad de arraigo que no ancle, la aparición de certezas desde las cuales dar pisada. Que la reproducción sea la insistencia que permite transmutarse.

En ese sentido aparece la posibilidad de transformación desde lo indeseado,  lo acumulado e inservible. A pesar del punto fijo, parece haber un anuncio, un anhelo de celebración como una densidad que ya no soporta el  peso de su marca.

 

(…) un espejo que refleja

otro espejo

o

un espejo

frente a una pared

blanca

 

¿no son

otra forma

de redundancia?

 

Se habla de un espejo negro

que  no sería redundancia

sino profundidad

infinita.”

(p. 23)

Así los textos parecen trazar una búsqueda, una construcción, de lo propio, de lo único. Pero lo hacen desde el plural,  como una perspectiva que sale y llega a lo colectivo. Desde fragmentos y fijaciones de sentido, se va tejiendo y enuncia  un ´nosotros’ como una intimidad extrema. Lo múltiple y singular se anudan casi pidiendo por otras formas de crecer que no sean ‘lo que nos toca’, que no sean el avanzar con lo dado sin saber o el  poco espacio, la carencia de recursos, como un tallo apuntalado al cual sólo le queda apoyarse en una prestada línea recta.

 ¿Hay otras maneras de avanzar?  Se pregunta Bárbara al mismo tiempo que propone abrirse en diferentes direcciones, como una contra-acción a lo esperable, a lo malamente instituido;  como un modo no rectilíneo, en la decisión de un esfuerzo, de desplazarse por lo bajo, de torcerse, girar, levantarse. Desmalezar. Es una práctica en la incomodidad de la apertura  ¿La esperanza de poder ver no implica eso? Sacrificar nuestras sobras por aceptarlas, estar dispuestos a recibir lo oculto o inesperado. Porque a veces lo que llegamos a tocar de nosotros y los otros es la punta del iceberg y vamos andando como frases hechas (p.  44), las palabras se arman como una frontera impropia,  intraspasable:

 

(…) ¿En qué idioma

está escrito

lo que está

tapado

por la mancha?

 

¿En qué lengua

se escribieron

padre

cuerpo

camino?

 

¿Con qué palabras

narrar la niebla? (…)

(Pág  48)

Así como el nosotros se presenta como una intimidad extrema, como el sustento del cual es posible decir, la segunda persona aparece como interpelación o extrañamiento, como deseo de escucha.  Una demanda de verdad, una invocación a la consciencia. El otro, la otra, como lo que no podemos construir de nosotros y nosotras mismas, como alguien. Así el yo edifica, calcula distancias, sobre lo que no puede medir, la sangre no se puede medir, estamos habitados por movimientos inabarcables, sedimentaciones de historias,  magmas, aunque por momentos armemos corazas, como delicados imanes de arcilla:

 

La sangre suele secarse

se endurece por el frío

y detiene su camino

su marea se agruma

se vuelve

fina capa de hielo

una trampa

donde pisar

y caer.

(pp. 41)

Una sola lectura de La mancha de los días  implica apenas asomarse a ella, como pasa con las mejores obras poéticas. Y cada nuevo tránsito por el libro abre tramas de sentidos -apenas esbozadas en este comentario- y lo hace desde una sutileza y capacidad de elipsis preciosa, que abisma, multisémico,  tan repleto de líneas de fuga y deseos de encuentro.

 

La mancha de los días (2016)

Autora: Bárbara Alí

Editorial: Qué diría Víctor Hugo?

Género: poesía

Complemento circunstancial musical:

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