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Reseña #185- Maldita ciudad

 

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Por Cristian Maier

La ciudad no es homogénea. Muta. Se nutre de nuevas formas, genera hibridaciones dispares, crece —a veces—, a pesar de quienes la habitan. En términos generales, el concepto amplio se acerca a la falacia explicativa. Andrés Alvarado, poeta modelo 82, muestra en pocas páginas cómo descontracturarlo, sin piedad.

Corporal ciudad, el segundo poemario de Alvarado, abre con un epígrafe de Raúl González Tuñon que es, además de poético, una descripción metodológica; un señalamiento, si se quiere, de la poesía ligada a la experiencia: “Sí, señor Rilke, el creador es un solitario / pero sólo en el acto de crear, ya se lo dije. / Antes —usted lo supo en un instante intenso— / Suele andar, si es auténtico, contemplando los mundos, / en el barro, en la estrella, en la sangre, en el hombre / y en el rumor espeso que viene del mercado”.

En una hipótesis algo arriesgada, en el poemario puede leerse el rescate —si se me disculpa el término algo inexacto pero evocativo—, de la figura del Flâneur, que recorre la ciudad del margen hacia el centro y viceversa, a la vez que se reconoce sólo a medias en ella mientras registra sus cambios permanentes, en un viaje sin lugar para la pedantería ni para el vagabundeo bon vivant. Un viaje disruptivo, en cierto modo liberador.

La poesía de Alvarado es aguda, precisa. Abreva en el propio cantar citadino, en los defectos formales del lenguaje que le dan un color particular. Esos elementos, usados con inteligencia, describen una ciudad desangelada y maquinal, de un gris persistente, con lugar para algunos destellos esperanzadores, sofocados sin excepción. “Arribo”, es uno de los puntos altos y un buen ejemplo: “huelen a melancolía los durmientes / a pesar del bullicio a pesar de los cuerpos // bajan caminan se miran sin pensar / la tristeza del mundo // cigarrillo en los labios / y un vaso de vino en Estación Constitución // si tan sólo hubiera algo de pan este día / algo de carne algo de fiesta algo de vino // Señor”.

Coincidimos con el prólogo de Gastón Córdova, sobre todo cuando señala que “En el macrocentro construido en Corporal ciudad, el lector se enfrenta a la idea de que para el hombre actual la ciudad es la Madrenaturaleza, que todo puede darle y todo puede mezquinarle; una Madrenaturaleza violenta por fragmentaria y sin piedad para con los hijos, quienes dirigen sus plegarias a la Unidad perdida, como los zorzales de Juan L. Ortiz llaman a los montes”. Agregamos los límites difusos del centro y, también, el color cierto de la destrucción activa y nietzscheana, que despeja el campo para nuevas posibilidades.

El corolario suena, por lo que lo antecede, como una redundancia: Corporal ciudad es un libro distinto, breve y de una belleza extraña.

Corporal Ciudad (2014)

Autor: Andrés Alvarado

Editorial: Qué diría Víctor Hugo?

Género: poesía

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