Reseña #572- El momento de una fabricación


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Por Joaquín Correa

“El ductus no es una forma; es un movimiento y un orden, en suma, una temporalidad, el momento de una fabricación; solamente se lo puede captar si se fija mentalmente, no la escritura hecha, sino la escritura que se está haciendo”, comienza explicando Roland Barthes desde Variaciones sobre la escritura a modo de epígrafe de, precisamente, Ductus, de Rodrigo Álvarez, editado este año por Bajo La Luna. Y sigue: “El ductus es a la vez el orden con que la mano traza los diferentes trazos que componen una letra (o un ideograma) y la dirección con la que se ejecuta cada trazo”. El movimiento ordenado en una temporalidad que configura, con eso, otro tiempo y otro espacio, suspendido fuera del tiempo cronológico, es el perseguido, poema a poema, por Rodrigo Álvarez en su Ductus.

El texto está dividido en tres apartados, A, B y C, cada uno comenzando con un epígrafe en una lengua diferente: el castellano de Borges, el francés de Michaux y el brasileño de Cacaso, delimitando, tal vez, los mundos posibles que inauguran esas voces. Y así, al comienzo abecedario del texto, en un pasado del pasado, Borges coloca en su núcleo duro la duda: “tal vez hubo un error en la grafía”. El primer poema, barroco como todo el resto, asocia escritura o, mejor dicho, trazo, con memoria e identidad que, a la par que se construye en esa arte combinatoria que es toda lengua, con la tinta se diluye y transforma. El terreno de la escritura será el mar o las constelaciones y el garabato, esa primera forma del trazo hospedada en la infancia, una exploración de las posibilidades del por-venir. El poema de Álvarez investiga, como con una lente macro o la bendición de un recuerdo prodigioso, el movimiento lúdico que, en esa temporalidad sagrada que es la infancia, reverbera aún hoy en su voz y escritura. El poema, entonces, no es sino el espacio definido en tanto caja de resonancia de la bio-grafía, de la escritura de la vida o de la vida de la escritura, desplegada y separada de la arbitrariedad del sentido en su devenir garabato, en su inicial semejanza con los ideogramas.

Hay un mandato doble: escribir y escribir bien:

Que no se quede nada en el tintero

escribílo todo

acerca de la infancia del trazo

y de cómo en una esquina

del bolsillo del guardapolvo

tomó la trama

un manchón de tinta azulada,

sangrado del copista incipiente.

Pero antes hubo

un cuadernillo de caligrafía, la pluma,

el tintero

y superpuesta una hoja de calcar

para repetir la secuencia alfabética

de la A a la Z.

Ese mandato llega hasta el presente (“escribílo todo / acerca de la infancia del trazo”) y no deja de no volver al pasado mediante la hoja de calcar, copia de otro grafo y otro tiempo y espacio y otro modelo o modo: “el arte de escribir bello”. El poema, como el negativo de la fotografía de Blow-up, devela y descubre una superposición de acontecimientos, cuyo encadenamiento ordena y dispone el tiempo actual, con la violencia alojada en sus fundamentos:

Un castigo también:

“escribir cien veces

no debo…”

Hasta llenar todos los renglones

para domesticar el trazo

y en el trazo de la conducta,

para que el verbo se haga carne

eso decían.

La tinta, corporificación del movimiento, a su vez, es la evidencia de la geología del trazo cuyo desperdicio, potlatch, es tanto forma gráfica sin sentido como también manchas en la ropa. El trazo del ángel izquierdo de la poesía, como lo fueron Drummond y Haroldo de Campos, es perseguido por sus rastros que hacen de la página no una escritura ordenada en el renglón sino un test de Rorschach, un principio de Pollock, un paralelo con Dermisache e indiferencian aún al pintor del escriba. Donde todavía no se puede distinguir la letra del trazo surge la noción de la primera equivalencia con el mundo: la Z que el personaje del antifaz esgrime en la televisión en blanco y negro como una firma de la reparación de la justicia.

La tinta, dirá el comienzo de la parte B, establece una temporalidad propia que va del estado líquido al seco, de la mancha uniforme y contagiosa al grafo con sentido. En ese intervalo está parte del esmero del poema de Rodrigo Álvarez: detenerse en el pasaje del dibujo anárquico al grafo gobernado por las normas del lenguaje y llegar, por ejemplo, a la firma, inentendible marca de afirmación personal o hasta la escucha repetida del mandato grafológico del deber ser “que aún resuena hacé buena letra”. Y ese intervalo propio de la tinta, dirá en la parte C, aquello que “não era sangue e tingia” como susurra Cacaso en el epígrafe, es el que debe conjurarse en el poema porque puede ser que allí estuviera (o no, y eso es un enigma) cifrado el destino del escriba. En todo caso, allí aún puede leerse “la irrepetible hora manuscrita” que imaginó “lo felices que fuimos / al pensar cómo iba a ser”.

De la incisión escrituraria en la página en blanco a la lectura de la selva de signos que es toda vida, el pequeño escriba o letrófago insomne congela instantes para revisitarlos después e intentar sacar de ellos un ABC de la escritura donde el poema cobra su intensidad geológica y aún sigue escribiéndose. La escritura de Ductus es delicada, pausada y con ritmo elíptico y certero. Los poemas de Rodrigo Álvarez, así, recuperan momentos que no son sino los compartidos por todos nosotros, letrófagos, en ese atlas constelacional que es la escritura dispersa, y por lo tanto barroca, de una vida.

Ductus (2017)

Autor: Rodrigo Álvarez

Editorial: Bajo la Luna

Género: poesía

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