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Reseña #603- En las ruinas veo toda la belleza

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Por María Eugenia Rasic

Tal como comienza el primer cuento que abre el libro, uno “intuye lo que va a pasar allí dentro, no sabe si será en los próximos días, pero uno ya desde el título intuye algo” (Los cascarudos, 11). Y también algo de eso, de que para atravesar los relatos hay que poner en juego, en acción, la intuición. Una vez que la activamos ya no hay vuelta atrás, ya no hay retorno, ya nada será lo mismo. Percibir poéticamente una verdad como si la estuviera viendo, como si aún ella estuviera viva, supone a la vez protegerla, no exponerla a lo real, dejarla ahí, en ese universo de lo familiar, de lo íntimo, de la subjetividad, también de la experiencia literaria. “Algo que parece que va a precipitar, pero no lo hace. Un demorarse” (La tormenta, 55). Algo que, a medida que entramos, se va enredando cada vez más junto con la espesura del lenguaje y de la historia. El ojo editorial lo sabe y nos propone una tapa, un diseño y una progresión de relatos para nada ingenuos.

El ritmo de la intuición, de la precipitación, de lo que va a acontecer en breve para ser otra cosa, se vuelve tan impregnante que, incluso, a medida que avanzamos, una vez que hemos visualizado junto con la narración la caída del sol a nuestras espaldas y el camino de moras en esa entrada sensorial al pueblo, hasta la forma del cuento se va deshaciendo. Así, “una tarde de enero” que no encuentra lugar en la estructura del relato,

ocurrió que Dalto

ocurrió que Dalto no

ocurrió que Dalto no pudo

ocurrió que Dalto no pudo dormir

ocurrió que Dalto no pudo dormir la

ocurrió que Dalto no pudo dormir la conciencia

ocurrió que Dalto no pudo dormir la conciencia y

ocurrió que Dalto no pudo dormir la conciencia y entonces

en el techo de zinc

en el dolor de la chapa enfurecida, doblegada por ese sol

unos pichones de carancho

carroñaban algo.” (Los caranchos, 22)

Entonces uno intuye que ahí, en esas carroñas que van permitiendo armar otras formas de recordar pero también de contar, va a “ocurrir” algo. O, al mismo tiempo, que entre los objetos, un anafe, una radio, una estampita de San Jorge, un roperito, un calor que no afloja, el portarretratos de Irma, ha pasado algo, y la memoria, como caranchos hambrientos chillando y despellejando algo que no vemos pero intuimos sobre el techo, no perdona. La voz que nos narra, que nunca es la misma tampoco: siempre está moviéndose de lugar y perspectiva, sabe siempre de eso y nos interrumpe el relato con desgarradores y poéticos picotazos, saltos, salpicones, crujidos (así funciona esa escritura allí dentro), casi que nos sentencia, nos reta a saberlo con ella, a ser cómplice de la trama secreta:

“Está pasando”-“No hables”-“No busques adentro de la casa”-“No me preguntes”-“Te digo que se lo llevaron”-“Faltaba mucho todavía para la tarde”- “Las doce SIEMPRE”-“Las vacas intuyen la muerte”-“La tierra las traga”.

Pero antes del comienzo, antes de esa suerte de advertencia y de que la luna se nos ponga roja, hay una pista, una clave, más bien  un picaporte, para ir poniéndonos  a tono con los relatos: “Mientras la casa se desmoronaba/yo crecía. Fui (soy) yerba, maleza/entre escombros anónimos(11) nos dice el la autora detrás de este fragmento del gran y extenso poema “Pasado en claro” de Octavio Paz (1975), el cual se nos escribe como epígrafe, el único epígrafe del libro. Y es que el pasado nos entra por esa claridad que alguien ha dejado con una puerta entreabierta o por las voces que aún resuenan entre las paredes descoloridas del recuerdo de un paisaje. Pero en No será lo mismo, el pasado se nos entra intempestivamente también por la visita siempre incómoda, más bien la invasión, de los bichos en la vida del campo, en la vida de los lugares abiertos en los que quedamos expuestos a la intemperie, al advenimiento de aquello a lo que no podemos renunciar, y por ello, no podemos nunca protegernos. Y es que esos bichos y los fenómenos atmosféricos que Anastasio nos arroja además nunca vienen solos. Los bichos de Anastasio siempre nos traen algo, algo de miedo, de perturbación, el dolor de las historias de fallidas, el gran silencio que nos delatan, paradójicamente,  los vínculos familiares y, como si fuera poco, cierta subversión de lo real, cierto hallazgo de las pequeñas verdades en la gran fábula:

Tal vez no haya sido así. Hubo un después. El campo se hizo río. Eso es verdad. El campo se hizo río y me tiré a nadar, y un mundo distinto se presentó ahí abajo para mí. Ahora lo sabía: había salido de la Estancia para no volver. Mi destino no estaba en ese lugar. (Los peces, 35)

Lo que nos va quedando hacia el final de No será lo mismo, luego de esa gran tormenta y del paso por la espesura que nos embarra definitivamente la lectura liviana en la mitad del libro, es el chiquero vacío, es el vaciamiento del campo en los ojos de “la vaca”, en los recortes del diario La Nación hechos cuadros y colgados por Raúl junto al mapa de los campos, en el plato labrado de la Sociedad Rural; es la imaginación de Catalina paseando solita con una vaca sin tiempo sobre los yuyos donde antes había trigo y la intuición de esa vaca sobre su propia muerte; es el desgarro del cuerpo, las partes desarmadas, el corazón, las costillas, el cuero sobre el suelo. Nos va quedando entonces, casi felizmente, la belleza de las ruinas que otros ojos, siempre otros ojos, porque nunca nada pero también nadie serán lo mismo, recuperan: “En las ruinas veo toda la belleza. Yo veo con otros ojos. Ojos de pez. No duelen, no pestañean, no lloran.” (37).

No será lo mismo (2017)

Autora: Mariela Anastasio

Editorial: Club Hem

Género: cuento

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