Reseña #587- Me gustaban las canciones de amor


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Por Miguel Sardegna

¿Hasta qué edad podemos considerar que un autor es joven en Argentina? El Premio de cuento Bienal Arte Joven Buenos Aires 2017, decidió que el 32 era un límite adecuado. ¿Cómo habrán llegado a ese número? Imagino un alogaritmo complejo y secreto, como el que usa Google en sus búsquedas. Parece un buen número, no lo discuto. Treinta y dos años.

Raros peinados nuevos, editado por Eterna Cadencia, con prólogo de Martín Kohan, recoge los cuentos ganadores de la bienal. Y como sucede con toda antología, invita a abrirla desde el índice. La primera tentación es buscar los nombres antologados. Y buscar conocidos. Tengo el gusto de haber leído a más de un autor, de haber charlado incluso con varios de ellos. La segunda tentación, todavía antes de empezar con los cuentos, es ir a las notas biográficas del final. Todos tienen entre dieciocho y treinta y dos años: algunos entraron al filo de la convocatoria y otros se hicieron un lugar con holgura. Están presenten el cine y la dramaturgia, la docencia académica, el periodismo y los talleres literarios.

Kohan dice en el prólogo que estos cuentos muestran que el género goza de buena salud en Argentina. El cuento está vigente, sentencia. La letanía “los cuentos ahora no interesan” podrá ser verdad para el mercado y algunas editoriales, no para los escritores y los lectores. Kohan nombra a Borges y a Cortázar, y se adivina un gesto en esa invocación: ni Borges ni Cortázar están presentes en esta antología, aunque Borges sea nombrado expresamente en algún rincón.

Raros peinados nuevos tiene valor documental, porque congela un momento de la literatura argentina y del cuento. Esto escriben hoy los jóvenes en Argentina. Predomina la diferencia, la variedad de temáticas y estilos. Cualquier juicio que pretenda hacerse sobre la antología entera sería artificial y, sobre todo, falso. El único punto de contacto es la edad de los autores, la pertenencia a una generación con ese límite cabalístico en el treinta y dos. De todos modos –y sin pretensiones de completitud, porque estos apuntes de lector no buscan ser meticulosos–, puede intentarse una taxonomía.

Hay cuentos que se ocupan del rabioso presente, como aquel en el que una nena saca una foto y habla de compartirla en las redes –no aclara cuál, probablemente Instagram o Facebook– y de los dilemas que vienen con la dificultad para dar con un título ingenioso para el posteo. Aparecen también las conversaciones por Skype, WhatsApp, los hackers. Leemos que Internet y los celulares dejaron de funcionar, producto de “una historia tan compleja como capitalista”. El punto máximo llega con el Pokemon Go, aunque quizás ya no se trate de una marca de actualidad. Siempre conviene tratar con cautela a la tecnología y a las modas. En cualquier caso, ese juego es una excusa para hablar de la vida. Como en la vida, celebrar una victoria en el Pokemon Go es enrostrarle a otro una derrota.

Pero dijimos que lo que prima en la antología es la diversidad, y así, nos traslada sin escalas a la caída de la U.R.S.S., a las sucesiones en el liderazgo de la psiquiatría soviética y a las peleas por la hidroxantina, una droga que produce una especie de éxtasis comunista, que lleva a que los soldados rusos no experimenten dolor ni fatiga. El sueño de cualquier DJ.

Un tercer bloque que quiero destacar es el de aquellos cuentos que experimentan con la forma. Un cuento disléxico, con palabras y oraciones deliberadamente mal construidas, y otro que, a la manera de las correcciones que haría un coordinador de taller literario, deja a la vista las viñetas del control de cambios de Word. Tengo la sospecha de que esos juegos son más divertidos de escribir que de leer.

Por qué el mercado y algunos editores prefieren novelas, nos preguntábamos hace un rato. Arriesgo una sospecha nacida con el devenir de estos renglones: es más fácil hablar de una sola novela –hablar del modo que requiere el marketing– que de muchos cuentos. Del mismo modo que es más fácil reseñar una novela que una antología.

Uno de los goces que propone una antología es el de descubrir autores valiosos. Raros peinados nuevos cumple con ese objetivo. Creo, también, que el destino de toda antología es ser recordada por dos o tres cuentos –y autores– fundamentales. No queda espacio para mucho más en la memoria. Dos o tres, dije; voy a arriesgar los míos.

En “Como una rata”, Miguel Bruno me hizo pensar en Kipling, a pesar de frases como “Era un léxico de la concha de la lora para un bruto como ese” o “Adam Smith se haría una paja con esta oportunidad”. En el cuento de Kipling un caballero inglés se sacrifica hasta la muerte. Mediante una magia que no se explica, consigue tomar el lugar de su amada y soportar el cáncer que le tocó a ella. Muere en la cama, solo, sin que ella jamás se entere del milagro. Creo que se trata del acto de amor más perfecto y completo. La idea cristiana de amar hasta dar la vida. Hay de esto en “Como una rata”, cuando el protagonista decide proteger a Rodríguez, el chico lindo de la escuela, que está a punto de morir en manos del Mono, un pelotudo que juega al rugby. ¿Cómo se le pudo ocurrir a Rodríguez apretarse a la prima del Mono? ¡Inconcebible! El estilo de Miguel Bruno es fresco y desenfadado. Tiene el don de la naturalidad. Mariana Komiseroff presenta una estructura más compleja en “Ladrillos impares”. Cuenta una historia sórdida a partir de una matrioshka, el elástico de un calzoncillo y un piecito. Sus frases deparan bellos hallazgos, como en “mamá me miró con una cara que no recuerdo de esa vez, pero sí de otras”.

Va a ser interesante revisar este libro en unos años y repasar otra vez el índice y ver en qué andan los autores.

Raros peinados nuevos. Veinte escritores sub 32 (2017)

Autores: varios

Editorial: Eterna cadencia

Género: cuento

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