Reseña #599 y 1/2- Diario de Lector


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Por Gabriela Urrutibehety

El lector que escribe un diario lee Patria, de Fernando Aramburu. Una novela de casi 700 páginas y 125 breves capítulos que pertenece al rubro de las que hay que seguir leyendo sin poder despegarse del libro.  La historia gira en torno a dos familias vascas amigas, divididas por la situación política que desencadena ETA.

Pasada buena parte del libro, un escritor que alguien escucha casi como al pasar –truco para incluir la voz del autor- dice “Escribí, pues, en contra del sufrimiento inferido por unos hombres a otros, procurando mostrar en qué consiste dicho sufrimiento y, por descontado, quién lo genera y qué consecuencias físicas y psíquicas acarrea a las víctimas supervivientes”. La justificación incluye referencias al “lenguaje del odio” y a la “desmemoria y el olvido”, así como a la literatura y el arte equiparadas con “lo bueno y lo noble que alberga el ser humano”. Es un episodio injertado, que habla a un público local, surcado aún por un conflicto que oficialmente terminó en 2011, cuando la organización anunció que abandonaba la lucha armada.  Del otro lado del Atlántico, con menos heridas abiertas, se puede saltear esta página y seguir sin más la historia.

En esta historia, los protagonistas no tienen apellidos, solo nombres de pila, y viven en un pueblo innominado, cercano a San Sebastián, una alternativa para hacer de ellos personajes típicos, esto es, representativos de una idea, la que se enuncia en la página 552. Esto es válido, cree el lector que escribe un diario, con seguridad para las madres de las dos familias, quizás también para los padres y sin dudas para el hijo de una ellas, Joxe Mari, el etarra.  Sin embargo, Aramburu rompe el esquema con los otros cuatro hijos, dos varones y dos mujeres, en los que la narración se vuelve densa y permite al lector asomarse a conflictos internos ricos que tienen como punto de partida el asesinato de uno de los padres por la ETA, pero que va más allá. Se da, de esta manera, en el relato, una tensión entre los personajes que quedan fijados en el instante de la muerte y los que luchan para poder escapar de esa fijación. No quiero ser siempre víctima, se dice en algún momento y esa es, probablemente, la malla que articula estos “seres de papel”, Barthes dixit. Este intento de escape no es gratis, por supuesto, y hay dos resultados opuestos en los cuatro hijos de cada familia.

De los hermanos de Joxe Mari, el menor, Gora, escapa geográficamente, esto es, saliendo del pueblo e instalándose en Bilbao, donde trabaja en una radio –Gora es el amante de la palabra y los libros- y formando pareja con Ramón, otro desgarrado. Por el otro lado, Arantxa, que desde el primer momento es la diferente, la más liberal, la que puede comprender a las víctimas y expresarlo más allá de los mandatos violentos, termina encerrada en su propio cuerpo a raíz de un ACV y al cuidado de la madre, una especie de Bernarda Alba separatista.  La cárcel del cuerpo no le impide a Arantxa seguir siendo la que tiende puentes, la que busca cerrar heridas, la que mira para adelante. 

Xavier y Nerea son los hijos de Txato, el empresario asesinado. Xavier se autoimpone una especie de duelo eterno (silencio, gritaría la Bernarda de Lorca), de sufrimiento perpetuo que lo encierra en su profesión de médico y le boicotea su vida sentimental. A diferencia de su madre, no tiene expectativas más que ir durando. Aunque parezca paradójico, Bittori, la viuda fijada en el instante del atentado, tiene un objetivo: que Joxe Mari le pida perdón. Esto le da un sentido y también un plazo, que aseguran la perspectiva de encontrar un término y una tranquilidad. Xavier no está seguro de cuándo será el fin del luto y eso le impide vivir.

Nerea, por su parte, es la que marca distancias físicas y  distancias emocionales para que no se la coma el pueblo, la muerte, el estado de víctima. Es la menos comprendida por el resto y es la que, en el relato, entrega más sorpresas al lector.

En este esquema, los personajes de las dos matriarcas, especialmente el de Miren, la madre de Joxe Mari, son los que marcan la potencia del dolor y generan figuras monolíticas difíciles de dejar pasar.

Son tipos, y tal vez Bittori la más liviana. Pero Miren es la que absorbe el catecismo etarra de su hijo y lo transforma en su obsesión. Esa obsesión es el único filtro por el que mira la vida: el lector que escribe un diario cree que esos personajes furibundos, casi míticos, son los que se escapan de las manos de los autores y de sus buenas intenciones y terminan quedándose pegados a la memoria de los que leen.

Mal que le pese al escritor injertado en la página 552, Miren, la que asume la voz de los victimarios,  puede llegar a ser uno de esos personajes que se comen la obra entera.

Patria (2017)

Autor: Fernando Aramburu

Editorial: Tusquets

Género: novela

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