Reseña #405- Las apariencias son lo único real 1


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Por Pablo Martínez Burkett

Leí La maestra de canto (Letras del Sur 2016) de Silvia Arazi, libro del que hay una edición precedente (Sudamericana 1999) y hasta una película (La vida anterior, Adrián Broitman, 2013).

Se trata de una novela que narra los avatares de una pareja de artistas: Ana, aspirante a cantante lírica y su marido Federico, músico de la sinfónica. Y claro, si hay una pareja con una relación larga no es infrecuente que aparezca un tercero en discordia, en este caso, Úrsula, talentosa del bel canto que llega a la vida de los protagonistas para conformar un triángulo de difícil catalogación. La riqueza de estos tres protagonistas, sumada a una prosa amable y prolija, ya sería justificación bastante para peregrinar página tras página de una historia muy lograda. Sin embargo, el retrato no se queda ahí y se adicionan personajes secundarios y figurantes, como la maestra de canto, Mara Bertollini; el apasionado, irascible y sentimental maestro Folger; León, el malogrado violinista; la veleidosa Mariuccia; el afectado Valerio y algún otro, que le aportan carnadura a una narración que se impone por su honda humanidad.

De forma adicional cabe notar que, ambientada en los entresijos de la ópera, la música se erige como otro personaje que confiere momentum a la trama. El aficionado se descubrirá solfeando alguna parte de óperas famosas y el neófito tendrá ocasión de indagar sobre los grandes momentos de la lírica universal que se nombran.

Pero profundicemos un poco más en la hechura de la novela. Como previo, me veo precisado a indicar que no conozco personalmente a la autora y que este es el primer trabajo suyo que leo. No me comprenden ninguna de las generales de la ley.

Narrada en la voz de Ana, la historia no sigue una sucesión temporal sino que alterna pasado y presente con el habitual alboroto que nos asalta al recordar. Es que como bien reflexiona nuestra cantatrice: “La memoria se comporta como una dama extravagante y loca que deambula sonámbula por los pasillos de una casa oscura”. Imagen bellísima que no oculta el dolor ni la angustia que florece a lo largo de las tres partes en las que se estructura la novela. Porque planeamos en torno a la vida de Ana y Federico y comprendemos que, como en toda pareja con años de casado, ya comparten todo menos el alma y que aquello que luce armónico e integrado oculta la tragedia que ninguno se esfuerza por evitar. El retrato del naufragio no podría ser más delicioso.

Una buena parte de mi infancia la pase rondando por los pasillos del Teatro Municipal de Santa Fe mientras ensayaba la Sinfónica o se preparaba algún concierto lírico. Esta novela rescató tan queridas memorias y me recordó algunos personajes bien peculiares. Volví a sentirme aquel niño maravillado. En este sentido, en La maestra de canto se puede leer que “Los adultos no somos más que chicos de colegio, siempre, sólo que necesitamos de la suficiente confianza y de cierta intimidad, para que esa edad -nuestra única edad verdadera- se manifieste”.

Y como aquí estamos entre amigos y ciertamente que es un ámbito propicio para la intimidad, déjenme que les cuente que a medida que iba leyendo, con asombro infantil buscaba una imagen, algún símil para ilustrar la pudorosa narración de Ana. Algo que lograra transmitir esa distancia disfrazada de buenas maneras, esa pasión disimulada. La la sensación de que se es juguete en las manos del destino y sin embargo, hay que actuar en cumplimiento del deber. Mientras más leía, más daba vueltas hasta que la aparición de un atildado mayordomo inglés me hizo una pequeña reverencia.

Y entonces recordé a mister Stevens de “Lo que resta del día”, la admirable novela de Kasuo Ishiguro. Ese era el tono de Ana, grave y circunspecto pero poseído por una pasión apenas entrevista, una forma sentir intensa pero constreñida por las circunstancias. Me gustaría ilustrar este ser en sí de Ana con un párrafo: “Callamos, quizá, porque creemos que las cosas no suceden del todo hasta que no las decimos, como si nuestras palabras fueran herramientas capaces de dar forma y lugar a los hechos que ya existen sin duda, pero que, al no ser nombrados, creemos, ingenua, o esperanzadamente, que sólo participan de la sustancia impalpable de los sueños”.

Justamente dice Ishiguro que basta que las supersticiones de una época resulten verosímiles para los personajes para que también lo sean para el lector. Y en La maestra de canto las supersticiones de la ópera se apoderan de los personajes al punto que los lectores asistimos a un verosímil mundo de pasiones, fragilidad, obsesiones, envidia, locura, odios, ambiciones, desmesura y miserias varias, enmarcadas en torno a la posesión del elusivo talento.

Cuando busque un libro para regalar y quedar más que bien, ya sabe: La maestra de canto.

La maestra de canto (2016)

Autor: Silvia Arazi

Editorial: Letras del Sur

Género: novela


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