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Reseña #360- El sonido de la comunicación y su barrera

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Por Marcelo Guerrieri

Si hablamos de la barrera del sonido, hablamos de aviones, así que los invito a que arranquemos por la pista, lento, muy lejos todavía de los 343 metros por segundo de velocidad que marca el quiebre de esta barrera. Aprovechemos, ahora que nuestro avión todavía va despacito en tierra firme, y miremos el trazo grueso: tenemos un libro de 9 cuentos, a lo Salinger, en lo numérico al menos, pero también en una primera resonancia: la construcción de imágenes precisas, que se instalan en escenas cotidianas. Estos nueve cuentos de Marcelo Arias, con una profunda atención al detalle, abordan la complejidad desde lo simple. Primera resonancia, entonces, mientras la velocidad que vamos tomando ya despeina cabezas, porque les aviso que mi texto, en el que están subidos ustedes, no tiene cabina presurizada ni cinturones de seguridad… pero tranqui, no desesperen, trataremos de atravesar sanos y salvos la barrera del sonido: una vez que se arranca siempre se llega a algún lado.

¿Y a qué lado van los personajes de estos nueve cuentos tan visuales? No es en el destino a donde tenemos que poner el ojo, sino en la manera en que estos personajes atraviesan sus viajes. Así, en un trayecto en el colectivo 44, un pasajero está atento a los mensajes de texto de su circunstancial compañero de asiento. Y esa pantallita de celular nos lanza a otro viaje: el viaje hacia el otro, hacia el prójimo, el desconocido. ¿Quién es ese otro? ¿Por qué necesita lo que necesita? ¿Me interesa? ¿Por qué me interesa? Otro trayecto un poco más lejano que el de un colectivo citadino: un turista en El Chaltén, de paseo, solitario, acompañado por su mochila y sus libros: y de nuevo, lo importante no es a dónde va nuestro personaje sino unos intercambios casuales, entre desconocidos que se acercan gracias a actos de generosidad pequeños. Y ya nos vamos dando cuenta de que no importa si es un treking por El Chaltén o la deriva cotidiana de un 44. Los personajes de estos cuentos se acercan entre sí, torpemente pero con el oído atento; ahí están las señales en código que el otro lanza, y ahí hay alguien atento, con las antenas paradas, con ganas de descifrar.

Fíjense, sin darnos cuenta ya vamos levantando vuelo, les dije, tranqui, a algún lado llegaremos. Llegaremos: primera persona del plural, que construye un nosotros que en esta reseña propone un tipo de agrupación concreta: nosotros, los lectores y potenciales lectores del libro de Marcelo. ¿En qué lugar nos ubican estos textos como lectores? ¿Qué tipo de relación nos proponen estos cuentos? Me gusta pensar en la relación entre texto y lector como una charla. Si el escritor está atento al lector, sabe dejar silencios; y esos silencios que sugieren, como en una buena charla, abren preguntas, invitan al lector a entrar, a hablar, a coescribir el texto llenando esos silencios. Hay miles de formas de la charla, y en todas es clave el contexto, qué se bebe o se come mientras se charla, la relación de distancia o cercanía… Y acá me aparto un poco del nosotros y voy a hablar de mi propia experiencia lectora: estos cuentos me invitaron a charlar tomando una cerveza, bien fría, una cerveza negra con cuerpo y sabrosa como a mí me gusta, en un “bolichón atorrante de Villa Crespo” o en una terraza de alguno de los barrios de estos cuentos, un barrio tranquilo, quizá Monte Castro, en la casa de la familia de la inconsolable Daiana que acaba de perder a su perro. En esa terraza de Monte Castro, entonces, estos cuentos me invitaron a charlar, birra en mano, una noche de calor. Me refrescaron. Dejaron silencios, para que yo hable; me dieron respiro para embuchar un trago, para hacerme preguntas mientras saboreaba el frescor. Charlé con estos cuentos como charlan dos amigos que planean un viaje, a Mar del Plata, por ejemplo, y mientras charlan comen y fuman, y hay una ventana, hay una pantalla de televisión que, de nuevo, trae señales de los otros, las imágenes de quienes están en la entrada del edificio, imágenes que hay que descifrar, y hay un intercomunicador, que permite hablarle al otro que está afuera desde el anonimato del adentro; y de nuevo, el otro es un código en clave, y hasta los más amigos confunden el mensaje.

Y fuimos acelerando, vieron, ya estamos en velocidades casi sónicas, intentaremos ahora atravesar la barrera del sonido. Voy a hacerle a mi texto la pregunta del millón: ¿qué hay detrás de la barrera del sonido? ¿Cómo se rompe esa barrera? ¿Qué es esa barrera? Un rápido googleo los puede anoticiar, pero igual yo les cuento: la barrera del sonido es un concepto que viene de la aviación. Es el límite de velocidad a partir del cual el avión empieza a viajar más rápido que la velocidad en la que viaja el sonido que emite. Hay un fenómeno curioso: a medida que el avión se acerca a ese límite de velocidad, la presión del aire se vuelve una barrera que parece infranqueable, ya que a medida que el avión acelera la energía necesaria para quebrar la barrera es mayor; con cada aceleración la resistencia, en vez de aflojar, aumenta, hasta que finalmente se atraviesa la barrera del sonido y la resistencia cede de golpe. En el momento del quiebre de la barrera se produce el sonido de una explosión, porque hay un cambio de presión muy brusco, y el avión deja una estela, una nubecita, que enseguida se disipa. La barrera del sonido de estos personajes es la barrera de la incomunicación; ya sea entre desconocidos o entre amigos, y esa barrera son los mismos mensajes que emiten, porque hay lenguaje, y ya sabemos que si hay lenguaje hay ambigüedad y hay confusión, y la comprensión no es solo mental sino también emotiva y es necesario un esfuerzo por empatizar con el otro, por abordar el mensaje desde el contexto del otro.

Ese esfuerzo es lo que vuelve entrañables a los personajes de estos cuentos. Lo que me hizo sentir que estaba tomando una birra con ellos es ese esfuerzo, que, como al acercarse el avión a la barrera del sonido, exige cada vez más y más esfuerzo; y la intuición de que más allá de esa barrera de la incomunicación está ese chispazo, que en los aviones es una explosión y en las interacciones sociales es un momento de intimidad, la sensación de no estar solo, de comprender al otro o ser comprendido, un instante. En cada cuento de La barrera del sonido sentí ese esfuerzo, el anhelo de esa explosión momentánea, la búsqueda de esa nubecita de comunión con el otro que apenas podemos verla y ya se disipa.

Vamos bajando, vamos bajando la velocidad, porque para qué voy a mentirles, no siempre estos personajes llegan a ver esa nubecita, no siempre esa explosión se encuentra; porque a veces las señales del otro son confusas adrede, porque no siempre hay buenas intenciones y esas señales pueden ser cartas amenazantes que despiertan paranoias; mensajes entre máquinas de los que los personajes son meros correveydiles o el intento grandilocuente de conversar “con ese dios neutral que es el azar”.

Pero ahora que ya no hay vuelta atrás para este vuelo en el que los he metido, ya aterrizados y de vuelta en tierra firme, me despido con una imagen hermosa de uno de los cuentos: un hombre, al costado de la ruta, alza un libro en el aire en un intento de largar una señal hacia alguien que viaja en un micro: qué es la escritura sino ese intento. Esa charla birra en mano que me propusieron los cuentos de Marcelo, nueve cuentos que no los van a dejar afuera, cuentos que hacen el esfuerzo de romper la barrera del sonido y luego de la pequeña explosión, esa nubecita, que ni bien la vemos ya se nos va, esa señal de intimidad que no puede faltar en toda buena charla y que es disfrutar del silencio en compañía del otro.

La barrera del sonido (2016)

Autor: Marcelo Arias

Editorial: Modesto Rimba

Género: cuentos

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