Reseña #358- Las formas del heroísmo


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Por Joaquín Correa

“Es delicado escribir un poemita en pleno verano, con treinta y ocho grados centígrados a la sombra de los pinos Carrasco, y en las cortezas cien mil cigarras en concierto permanente. ¡Ahogadero y barullo infernal!”, comienza explicando su calvario el narrador de “Creo que soy como Marcel Proust” incluido en No soy un héroe de Pierre Autin-Grenier, traducido con mucha cadencia y vida por Eugenia Pérez Alzueta y editado en conjunto por Dedalus Editores (de Buenos Aires) y Editorial Cuarto Propio (de Santiago de Chile). Es delicado porque, además del infierno de la estación estival, ese poemita que se intenta escribir está pensado “para ser leído en invierno, después de un duro día de heladas, cuando la calefacción central se rompió y las sábanas están frías”, intentando, de alguna manera, hacer una transferencia de calor que parte al mismo tiempo del ahorro y el derroche. El poemita que está siendo escrito en aquel momento presente para su lectura futura, así, deberá ser reconfortante: “Es que se trata de ese tipo de momentos en los que la lectura de un poemita de invierno puede reconfortarte de cierta forma, porque aprenderíamos que no somos los únicos atormentados en la tierra y que con frecuencia la regla general es estar en la lona; entonces yo creo que sentir eso por medio de algunas líneas impresas en una página en blanco es precisamente reconfortante”. Esa extraña conjugación climática y volitiva lo acercaría a Marcel Proust, salvando la distancia de que “ningún editor me espera para imprimir rápidamente mi poemita que no he escrito aún”. La creencia anunciada en el título, “creo que soy como Marcel Proust”, al mismo tiempo que se aleja trae, en el desencanto, el conocimiento repentino de una verdad: “Llego a pensar que es más bien de pánfilo querer consolar a toda costa el alma en pena de un hipotético lector de diciembre cuando está uno mismo sometido a las tribulaciones del infierno, en plena hoguera de julio, y que más sutil sería cortarla acá sin más e ir a descansar con una botellita de rosado bajo la arboleda, ¡lo más tranquilo!”.

Este movimiento del pensar conduce al narrador hacia un flashback del pasado, a su elección primera o fundamental de querer-ser poeta que, abruptamente, es interrumpido por lo real: la entrada somnolienta de su mujer al presente de la escritura del poemita de (o para el) invierno: “Pero a falta de poder ganarse el pan o acumular regalías, es más necesario encontrar una razón de ser, una ocupación blanda que justifique nuestra presencia en este planeta y, como pretexto para vivir (también para matar el tiempo entre dos rotaciones del universo) no se me ocurrió nada mejor que escribir poemas pensando, bien al comienzo de mi carrera, que no sería una actividad muy tediosa, y en eso estamos cuando mi mujer, que emerge de la siesta, viene a preguntarme por dónde voy y si todo esto no va a terminarse pronto”. Descontando, entonces, de entrada, la posibilidad de la mínima acumulación de la riqueza, lo que se presenta como urgencia es “una razón de ser” y “un pretexto para vivir” que el narrador encontró y asumió en la poesía, como si su trabajo y continuidad se extendiese en un universo paralelo a lo rentable, lo eficaz y lo útil. El valor de la poesía, viene a decir antes de ser interrumpido por su mujer y por esa misma interrupción a la vez reafirmado, está en su no utilidad, en su alejamiento del valor del mercado, en su aislamiento blindado de simplemente justificar una vida.

El abandono de la tentativa por reconfortar gracias a su poemita de invierno a un hipotético lector futuro, consecuentemente, es abrupto y violento: “en bolas”, va a tirarse al pasto bajo los rayos del sol donde, una vez más, su lucidez le regala la continuidad del parentesco, ahora definitivo, con Proust: “con los ojos entrecerrados mucho tiempo soñé con esos pequeños momentos sin importancia que a veces marcan una vida para siempre, entonces me dije que era completamente como Marcel Proust: sin cesar en la búsqueda atormentada de algo, está claro, pero disfrutando mucho igualmente de estar tirado en los efluvios de menta salvaje y de heliotropo, como haciendo nada en definitiva”. El rescate de esos momentos pequeños sin importancia que a veces marcan una vida para siempre y que surgen intempestivamente mientas se está haciendo nada podría postularse como la poética que rige la colección de los pequeños textos que integran No soy un héroe y que descubren, por cierto, una visión de la escritura y su conflictivo lugar, entre otras cosas, en la vida y en el mercado.

Una breve noticia biográfica al comienzo del libro nos dice que Pierre Autin-Grenier, lyonnais, es autor de poemas en prosa, nouvelles, relatos y textos breves de autoficción. El uso de la primera persona y la repetición de algunos rasgos a lo largo del texto podría llevarnos a creer que No soy un héroe merecería la rúbrica de “autoficción”. La brevedad de los textos y su construcción circular, sin embargo y tal vez, instituiría la definición de “poemas en prosa”. Entre uno y otro, nunca excluyentes, se encuentra el texto y su potencia. El tono, entre jocoso, melancólico y leve, a nosotros, argentinos o sudamericanos, nos impulsaría a tildarlo, periféricos y borgeanos como somos, de cortazariano, siendo “cortazariano” un adjetivo para aprehender algo sin dudas de aires europeos, mejor dicho: franceses, con dejos surrealistas, del absurdo y del OULIPO. Que sea “cortazariano” implicaría no asumirlo o arrimarlo a lo real maravilloso (“Crueldad”, el primer relato, narra la caza que dio el bulldog del narrador a un ángel que se había quedado enredado en la verja de entrada), es decir, implicaría darle al espacio de la ficción un estatuto más ambivalente, con un mayor grado de crítica y menor de moralismo (esa es la diferencia, a priori, entre el fantástico en Cortázar y el realismo mágico de García Marketing). Autin-Grenier sitúa en el “carnaval de lo cotidiano” (como dirá en “Secretos bien guardados”) pequeños deslizamientos de lo posible para, desde allí, evidenciar el absurdo no de la ficción sino del estado de las cosas. Partiendo de lugares comunes, relatos de la tradición o anécdotas que ocurrieron o no (“Noticias de Montana”, sin dudas uno de los mejores textos del libro, describe lo que haría en Montana si alguien le escribiese desde allá y lo invitase a ir a pesar de que no conoce a nadie de allí, construyéndose el texto, así, sobre una cadena de informaciones, deseos y condicionales sumamente endebles que hacen, sin embargo, que todo casi casi ocurra), Autin-Grenier parece interesado en dar vuelta el orden de las cosas haciendo de la ficción un espejo deformante de lo que es.

Entre la melancolía, el absurdo y el humor negro se despliega una mirada ácida sobre el mundo. “Cuando llegan los monstruos es cuando más contento me pongo”, se lee al comienzo de “Los visitantes de la noche” que acaba preguntándose “¿Estos monstruos son acaso más malos que lo que mi ventana me hace ver del mundo y de la gente que lo habita?”. No es lo cotidiano lo que es invadido por lo monstruoso sino al revés: “De hecho, lo abrupto de la verdad quizá sea que nos hayamos resignado, hoy en día, a vivir para siempre en intimidad con estos monstruos” (“Intimidad”). La desautomatización que predicaban los formalistas rusos es llevada en estos textos al extremo al situar sus acontecimientos en el seno mismo de la intimidad o al mostrar la modificación que la mirada ejerce sobre ella, colocando allí una especie de virus invisible y expansivo que todo lo va tomando y modificando. Una capa leve y grisácea lo cubre todo y eso que parecía ubicarse entre lo extraño o fantástico y lo verosímil-realista no es sino la potencia de la escritura que modifica las posibilidades de aquello sobre – o de – lo que escribe, así sea la propia vida: “Algunas noches más románticas que otras, cuando afuera la lluvia deslava las persianas o la tristeza me encuentra simplemente mirando fijo la mina de un lápiz, llego a pensar que todas las historias horribles que imaginé para distraer a la gente de bien terminaron siendo mías y se volvieron, sin darme cuenta, mi propia biografía. (…) Sí, creo que las historias que contamos no sólo terminan siendo verdad, sino que, de hecho, no son más que la anticipación de la realidad; o si no, soy un neurótico total, o si no, es la lluvia contra las persianas…” (“Peces”)

“Mamá, obstinada como suelen serlo las señoras mayores, siempre rechazó saltar por la ventana como se lo aconsejábamos mi hermano y yo, con insistencia y ya desde hacía varios años”, empieza oscuro “Mamá”. “Todo el mundo sabe que Marina Tsvetáyeva agotaba a su entorno y amigos y que era prácticamente imposible de soportar. Cuando un domingo de verano se pone a freír pescado y tras abandonar su labor se ahorca, seguramente en Yelábuga, donde acababa de desembarcar, vecino ya incomodados con su fritura y sus modos se dijeron ¡Zafamos! y lanzaron un uf de alivio; porque el mero hecho de tener que existir en la proximidad de un poeta no es a veces tan sencillo, no”, es el comienzo de “Freír pescados o pedalear en el aire”. La mirada del poeta parece apenas desajustada del común y esa ganancia se evidencia en el humor negro y, por qué no también, en la autoironía. En los textos de Pierre Autin-Grenier pocas cosas quedan en pie, empezando por el oficio de poeta y terminando en las relaciones sociales o el mundo de acción. No ser un héroe, entonces, tal vez sea la única forma del heroísmo.

No soy un héroe (2015)

Autor: Pierre Autin-Grenier

Trad. Eugenia Pérez Alzueta

Editorial:Dedalus Editores y Editorial Cuarto Propio

Género: relatos, poesía

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