Reseña #802- Escribir teatro en la lengua del conquistador 1


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Por Adrián Ferrero

En esta obra de teatro infantil, Adela Basch pone en escena la conquista de América por parte de distintas naciones expansionistas europeas: España, Inglaterra, Portugal y Francia en una etapa de la Historia pero con remisiones a un presente que el final remata de modo contundente y superador a la vez. Ya el título de la obra resulta significativo: “hacen teatro en nuestro escenario”. Postulando con ese pronombre posesivo un afán inclusivo en el que estos pueblos no constituyen una alteridad ni del pasado ni propia de otra espacialidad sino de América, otorgándoles, literalmente, protagonismo.

La pieza consta de seis actos e incluye también a presentadores de algunos de esos pueblos, juega todo el tiempo con las temporalidades cruzadas o bien con retrospectivas y prospectivas, con anacronismos y proyecciones. Esto es: la autora pone en jaque la linealidad del tiempo y tal vez el fundamento definitivo de este recurso lo brinde el final de la obra por demás elocuente. Por ella circularán aborígenes con teléfonos celulares o que utilizan Skype, tendrán laboratorios y telescopios. Esta versión pone en entredicho precisamente la que ubica a estas civilizaciones en un supuesto estado de cultura y saberes primitivo y subdesarrollado. Metaforización a mi juicio de una evolución en muchos aspectos incomparable por su riqueza (pero también por su variedad), “En los orígenes, los aborígenes” constituye una obra que viene a discutir el socorrido lugar común de la ausencia de progreso en ellos, por un lado. Por el otro, el de que tanto desde el punto de vista temporal como espacial efectivamente fueron los legítimos dueños del territorio americano y tienen derechos inalienables son él. A la luz del presente histórico, esa afirmación resulta alarmante.

La presente pieza de Adela Basch elabora un relato que viene a desestabilizar y desmantelar el que la cultura oficial había consagrado durante siglos mediante la univocidad. Hay aquí otras. Voces por lo general disidentes y una misma voz al mismo tiempo, que las unifica. Esa voz que evoca las que en el orden de lo real de una ínfima cantidad de sobrevivientes aún pueden ser pronunciadas en su lengua nativa. También en el orden de real remiten a una serie de documentos y testimonios sobre dichos pueblos registradas mediante operaciones de mediación cultural, ninguna de ellas neutral. Y, en el plano ficcional, existe una lengua literaria que se hace eco de ellas en el plano de lo estético.  

La codicia por parte de los conquistadores abarca desde lo que no se tiene en el orden de lo alimenticio (cacao, maíz, papas, yerba mate, bienes deseados por los reyes según lo declaran en sus parlamentos en la obra) hasta los metales como el oro y la plata (ambicionados  por los conquistadores, quienes los exigen). Y luego se propagará esa codicia hacia la posesión de los territorios. Para conseguirlo se agravia primero y se inmoviliza luego a los gobernantes y los líderes de estos pueblos. Más tarde, se procede al fusilamiento de toda la población, incluidos los niños. De modo que se trata de una obra que, desde lo ideológico, no idealiza un proceso que fue cruento. Ese me parece un punto importante en una pieza infantil, un género por lo general habituado a concepciones edulcoradas. .  

Se alude a quienes poblaban las naves que llegaron del Viejo Continente: no precisamente almas nobles. Sino, por el contrario, “reos, delincuentes, malhechores y bandidos”. A los que sí, se sumaban algún “escaso explorador o técnico administrativo” o “hidalgo empobrecido” (cito a Basch). Esta ecuación invierte el friso moral de los atributos de quienes la Historia oficial refirió como axiológicamente virtuosos y como personas intrépidas y valerosas que se lanzaron a los mares cuando en verdad eran más bien personajes marginales, desesperados o bien perdedores de  dudosa reputación.

La presente obra nos remonta a una época de existencia constatable, motivo por el cual Adela Basch acude efectivamente al orden de lo referencial pero no abusa de ello. Lo imaginativo, lo creativo, lo sensible y lo lúdico no abandonan jamás el orden ficcional (puntos clave para el abordaje de un asunto de orden aflictivo como este dirigido al público infantil). El vuelo y la capacidad de invención son notables. Una ficción crítica naturalmente, que también dialoga con el otro relato, al que se opone, el de la virulencia agresiva bajo la declarada consigna de una llegada a civilizar a grupos bárbaros.

En efecto, la dicotomía civilización/barbarie, nos guste o no, atraviesa sémicamente como un metarrelato estas narraciones de la Historia americana, me parece, porque tiende a resolver de modo simplista (pero taimado) mediante una salida por añadidura objetable a procesos que fueron de índole compleja y de naturaleza precisamente inversa, producto del atropello. ¿En dónde estriba la civilización y en dónde la barbarie?, formula como una pregunta implícita esta obra invirtiendo sus términos. De modo comprometido y nombrando a las cosas por su nombre, literalmente (Moctezuma, Atahualpa, Valverde, Hernán Cortés, Francisco Pizarro, General Sheridan) Basch pone el acento en que los nombres de los sujetos remitan a figuras que, como en otras de sus obras históricas, no realicen peligrosas evasivas ni idealizaciones incongruentes con el orden de lo veraz. Y sin eufemismos, la dramaturga, atenuando sin embargo su carácter atroz, pone en escena, por ejemplo, mediante el procedimiento escénico del empleo de muñecos los fusilamientos de los pueblos originarios.

El dilema ético está planteado y el problema del eurocentrismo y el expansionismo, ligado a procesos socioeconómicos y geopolíticos de índole histórica, como es sabido durante esa etapa, es otro punto a tener en cuenta, por lo menos para un adulto.  Y no sólo está planteado sino que está puesto en cuestión porque lo están el imperialismo y el colonialismo. Leo esta obra de Adela Basch como el relato por la legitimidad de un coro de voces que habían sido amordazadas como si se tratara de modo descarado de civilizaciones sin alma (como se llegó a afirmar) cuando en verdad se trataba de culturas dispares, de una riqueza infinita, que además respondían a cosmogonías y cultos por completo diferentes, aún entre sí mismas. Basch los reúne, literalmente, en un diálogo fecundo en la pieza, otorgándoles el estatuto de semejantes pese a  pertenecer a distintos pueblos, porque todos han corrido igual suerte. Precisamente, de modo reparador recupera lo precioso de esa diversidad y le pone nombre a cada una de estas poblaciones que son amplias. Entonces: entre la multiplicidad de pueblos que pese a ello corren un mismo destino, se juega el despliegue imaginario de la obra. El punto en común incuestionable es el destino de la masacre.

Lo semiológico no sólo está presente en la obra de Basch mediante vestimentas, eventuales formas del habla (indicadas a través las acotaciones escénicas) y una escenografía sino también mediante carteles que distinguen a cada pueblo como si dijera, literalmente: “nosotros tenemos un nombre”. Autodesignan  y autorrespresentan a cada comunidad y al mismo tiempo lo hacen según el alfabeto del exterminador. Esta nominalización tiene consecuencias importantes porque construyen un universo imaginario alternativo.

Y este punto es uno de los grandes problemas que se le presentan a mi juicio a un escritor o escritora al abordar tramas como la  presente (problema que por cierto Adela Basch resuelve a mi juicio de modo acertado). Porque ¿cómo trabajar con la lengua española desde la escritura, que es la lengua de los conquistadores, un relato que impugne su propia hegemonía pero sin poder dar su voz originaria a los pueblos aborígenes? La respuesta de Basch, desde mi punto de vista es: desde el respeto y desde la toma de posición ideológica. Este punto me parece crucial y es uno de los más complejos y polémicos en el presente caso para una dramaturga. Que permanentemente por añadidura pone en contigüidad la relación entre estrategias formales y expresivas traducidas en la voz a través de  parlamentos. En efecto, en ellas la lengua adopta una relevancia aún más señalada.

Hay entonces un hablar en español (del aborigen cuya voz la escritora construye) que es un hacerlo en la lengua del invasor prepotente. Se trata, así, de una suerte de ventriloquia. Entre esa violencia física y simbólica que tuvo lugar y se desplegó en el orden de lo referencial de una manera brutal, la pieza incuestionablemente toma partido. No hacerlo sería un acto cínico porque si uno responde en tanto que sujeto ético a acontecimientos de esta índole hay actos que resultan inadmisibles. Aún cuando puedan alegarse dimensiones vinculadas al relativismo cultural o incluso la distancia histórica. En efecto, hay elementales leyes de convivencia de trato o destrato social con las que se ha actuado de manera cruenta durante la conquista.

Adela Basch, como en otras de sus obras, sin incurrir en la literatura de corte panfletario sí reescribe esa parte de la Historia que no puede serlo entonces sino de este modo si somos honestos. Hace falta narrar la Historia (o ponerla en escena, para el caso) de modo verosímil pero al mismo tiempo justo. En especial en tanto ha habido exterminios, violaciones, atropellos, quema de templos así como territorios que fueron tomadas mediante la fuerza.

¿Pero cómo construir un legado genuinamente americano si por nuestros cuerpos  circula sangre europea? Regreso con esta pregunta a la vinculada con la lengua literaria del invasor en la cual se escribe. Para el presente caso descender de europeos no es sinónimo de avalar su conducta ni su ética.  

De modo que sin acudir al agravio Adela Basch de modo propositivo da ese primer paso para que una escritura americana despierte. Alumbrando posibles y futuras salidas a un asunto que parece no tenerlas porque en el pasado se alojan las tramas del dolor y el presente histórico resulta ser pesimista, la autora no deja caer el telón sin la enumeración en un vasto catálogo de pueblos originarios de toda América. Entre esa violencia espiralada cuyo único afán fue el de la ambición depredatoria en este otro final abierto bajo una voz coral Adela Basch prescinde de consignas y propone que sean ellos, los pueblos originarios, los protagonistas de sus propias conquistas. Al igual que lo son de su pieza de teatro.

 

En los orígenes, los aborígenes: los pueblos originarios hacen teatro en nuestro escenario (2017)

Autora: Adela Basch

Ediciones: Abran Cancha

Género: teatro, literatura infantil

 

 Complemento circunstancial musical:


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Un comentario en “Reseña #802- Escribir teatro en la lengua del conquistador

  • Adela Basch

    Como autora me siento sumamente honrada por esta reseña de Adrián Ferrero, cuya capacidad de lectura y de análisis encuentro admirable. Le estoy muy agradecida y también a SOLO TEMPESTAD por esta publicación.
    Me pareció muy oportuna la inclusión del tema musical “Huelga de amores”.