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Reseña #49- Un viaje, todos los viajes

 

SOLOTEMPESTJUNIO-1

Por Ana V. Catania

Durante siete años, todos los días, ininterrumpidamente, hice el viaje Banfield-Constitución, Constitución-Banfield. Cuando miro hacia atrás, descubro que el tiempo, la cronología, se me resiste; esos años me llegan dispersos, caóticos, fragmentados. Mi yo temporal se disuelve en el espacio. Un espacio que es un entramado de relaciones anónimas, de secuencias, momentos, chispazos; de formas de la extrañeza y de la familiaridad. Un espacio en movimiento en el que voy y vengo, me acomodo y me inquieto, me siento y me muevo; recorro, con escalas, sin escalas, linealmente, más de quince kilómetros; a veces sola, a veces acompañada.

Esto ocurre en un universo que se impone; eterno, inmutable, bestial: el tren. Un vagón que me traga y me escupe, por una hora, cinco días a la semana, durante siete años; que se mantiene idéntico a pesar del cambio, de la diferencia. El tiempo se desplaza en un mismo lugar. Lo más definitivo, concreto e irrefutable, es el viaje en tren; un viaje que me aleja de algo para acercarme a otra cosa.

Entonces, cuando miro hacia atrás, este espacio es el único material que tengo para reconstruir una experiencia, una ilación de ideas y sentimientos, de relaciones y separaciones, de dudas y miedos; en síntesis, es lo único que me ayuda a dar cuenta del paso del tiempo. Hace varios años que no hago el recorrido Banfield-Constitución, Constitución-Banfield; reemplacé el tren por otros medios de transporte. Quizás sea una manera de dejar esos años de mi vida, tan preciados y lejanos, tan íntimos y extraños, suspendidos en una dimensión, material y simbólica, inalterable.

Furgón, la última novela de Ariel Bermani, en la que el autor no se detiene en el realismo áspero que cosechó casi como marca personal, sino que abre una grieta donde se cuela el extrañamiento y lo fantástico, vuelve a arrojarme a ese espacio. Me reconecta con mi historia personal, con la que mantuve cierta distancia prudente, y me pone nuevamente en viaje. Me sube a un viaje que parece ser el mismo, siempre, pero también el único; que parece repetirse infinitamente o ser una excepcionalidad, una anomalía, una rareza; que es un continuum pero también una fisura, un accidente, una singularidad. Un viaje donde el tren funciona como el río de Heráclito: lo permanente que guía el movimiento del agua, cambiante, errática e inestable; un río que puede ser y no ser el mismo. En este trayecto, en esta historia de furgón, los personajes parecen conocerse desde siempre y desde nunca; los vivos se mezclan con los muertos; el pasado y el futuro se cuelan en el presente; parece haber una estación de destino, un destino final, al que nunca se llega pero al que siempre se está llegando.

Este espacio es compartido por Rubencito, Cali, el Polaco, Marina, Negra y Ariel. Rubencito, mientras dice que capaz se ata un cohete para llegar al cielo, es testigo de lo de siempre, lo de todos los días: “los cuerpos, los colores, las bicis, el humo, y las puertas que se cierran. En este preciso momento, se cierran. El movimiento se traga los preparativos, la inercia, y muchos pasajeros se quedan dormidos. Incluso los que están parados, agarrados de nada, del aire”. Pero esta vez será, también, testigo de un hecho insólito, singular: un nacimiento en el vagón.

Para Cali, el viaje en tren parece ser un momento sagrado, como la misa de su infancia, donde transfiere un deseo carnal: “…se acaricia el pantalón, a la altura de la entrepierna, en forma casi permanente. Es una especie de tic lo que tiene”. Y sin embargo, Cali ya no cree; ya no tiene fe. Elije creer, pero le cuesta: cree pero no cree. ¿En qué?, nos preguntamos. ¿En un destino? ¿En una salvación?

El Polaco, del que dicen “ni él se acuerda cuál es su verdadero nombre”, es un extranjero, un sapo de otro pozo: un colectivero que viaja en tren; que a veces se pierde haciendo el recorrido de la línea que maneja, la 53, el recorrido más largo de Buenos Aires. Que parece cómodo con la idea de este trayecto también interminable, que no se resiste a este viaje que el guarda anuncia con destino al Cielo.

Marina, que es joven y es linda, aunque por dentro esté vencida, cansada; que se emociona y se siente bien muchas veces, pero también se enoja enseguida; que “necesita poco para enojarse y poco, además, para sentirse bien, para sentirse feliz”; que a veces miente y otras vomita verdades; que no cree en el amor, pero está siempre enamorada: “Sin amor no se puede vivir, dice. Pero con amor tampoco, dice”. Marina, como este espacio que, al principio, sólo al principio, parece serle ajeno, es un gran entramado de contradicciones y permanencias.

Negra, que viaja con sus bolsas como si cargara un pasado que teme, pero que no quiere soltar; que entra, baja, apurada, empujando; que parece querer salirse del tren en cualquier momento, llegar cuanto antes ¿a dónde?, pero que termina quedándose. Porque quizás sea este el camino que Dios eligió para ella: “Así es Dios. Cuando decide algo me avisa con tiempo, nunca me deja abandonada”.

Ariel, un espectador curioso; un testigo, a veces inocente, a veces irónico; un voyeur, un aventurero de la mente, a quien le gusta viajar en ese tren porque le gusta mirar a la gente; que sólo tiene fe en la única certeza de la vida: “que la carne se llena de gusanos”; y que, sin embargo, se baja en el Cielo, entre la bruma de los pastizales, donde lo recibe el calor del fuego y del vino, la música de una guitarra; y sin darse cuenta se queda ahí, con esos otros personajes. O esos otros fantasmas.

El furgón que comparten, durante ¿una hora?, ¿una noche?, ¿semanas?, ¿años?, es como el libro que lee Ariel: “Cada vez que lo abro hay una historia nueva. Y cuando quiero volver a encontrarla, ya no está”. Porque quizás ese espacio sea un holograma, una proyección de la mente, una proyección imaginaria, como asegura un vendedor ambulante, el vendedor de ilusiones. Una premonición, acaso, del devenir de este viaje en tren; de un viaje que puede ser y no ser; que es uno y muchos a la vez; de un tren que por momentos es lento y de repente parece que volara: de Remedios de Escalada a Merlo, a la velocidad de la luz, y de vuelta a Banfield. Y que una vez que cruza Temperley, Adrogué, llega a “El Cielo”. Llega, finalmente. ¿Pero qué es el Cielo?, se preguntan los personajes-pasajeros, dóciles, perdidos y abandonados. ¿Algo esperanzador? ¿Una fuga? ¿Una escala? ¿Un destino final?

Furgón (2015)

Autor: Ariel Bermani

Editorial: Paisanita Editora

Género: novela

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