Reseña #638- In Utero


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Por María Pía Cibrían

Creo no equivocarme si digo que todos probablemente vimos o compartimos vía red social algo referido al kintsugi. Para quien no lo vio, le cuento brevemente así no aburro con mi ñoñez nipona. Después de todo, esto es una reseña, no es que me convertí en blogger idiomática: kintsugi (金継ぎ) es la práctica en la que se reparan fracturas en cerámica de

manera que las roturas queden resaltadas en dorado. “Pero se ven, ¿cuál es la gracia?” Claro que se ven, esa es la idea, porque las fracturas también forman parte de la historia de un objeto.

De más está decir que las fracturas, cicatrices y cómo-lo-reparo-metafórica-y-literalmente también forman parte de nuestra vida. Celeste Blanco nos pone todo esto sobre la mesa en forma de un libro que parece pequeño pero tiene concentrado un enorme material para tejer durante largo rato. 

Kintsugi se compone de dos partes unidas por un hilo alquímico muy sutil. Estas partes son Aqua Regia y Lapis. La naturaleza corrosiva e inestable del agua regia (tiene ácidos clorhídrico y nítrico, no te acerques que te disuelve hasta el oro de los anillos que nunca te vas a comprar) me hizo pensar que en la primera parte me encontraría con una sucesión de situaciones cáusticas, sin embargo me encontré con un espacio, una concavidad que parece estar expectante viviendo un proceso entre dos momentos que no conocimos ni conoceremos. Algo así como ese stand by que tiene el arcano XII, el colgado, carta acuática a la que siempre se asocia con sacrificio pero también puede hablar de reparar lo dañado o reponer aquello que se ha perdido. Y es el agua, que así como fluye nos acompaña en cada página en forma de goteras, líquido amniótico, llantos, plomeros… “Dijo la ferretera: / no tengo así, con ese cosito / “perdón”, no lo conocía”.  Cuando te diste cuenta ya estás metido en una ceremonia de roturas y reparaciones que se encadenan desde lo cotidiano de una caja con recuerdos o la administración de consorcios hasta la muerte, el miedo, cosas intangibles que a vos sí  te tocan y no te dejan confirmar nada sobre si en realidad son o no son tan etéreas. “Nada ayuda a entender / cuando el miedo te toca / en la espalda, te sentís / igual que un perro / cuando tiene miedo”.

La segunda parte, Lapis es más breve y cierra el libro con once poemas que subrepticiamente van tiñendo de azul esa oquedad en la que estábamos peleando con goteras y revolviendo el barro, ya hay movimiento, circula el aire, el polvo se mueve: “La ferretera se ajusta / la faja levanta la persiana piensa / que debería pasarles el plumero / a los objetos de la vidriera y teñirse / las raíces”.

En verdad este libro es como el pigmento dorado que resalta pequeñas y grandes roturas que experimentamos, como para que no las borremos ni las disimulemos, como dice su recurrente administradora, “vamos a sellar las roturas / y a hacer que resplandezcan”. No les voy a decir cómo leer, considerando que en una de mis primeras reseñas en este espacio sostuve fervientemente que me encanta leer los libros de poesía en forma desordenada PERO (y va en caps así como doña Rosa comentando en Facebook) les digo que está bueno leer este libro en orden, sobre todo si me pongo a pensar en dos líneas de Kintsugi que me sacaron una sonrisa ahora que estoy terminando de escribir esto que parece como si hubiera mordido el libro en varios lugares sin sentido aparente, “Para analizar las cosas / ¿es necesario hacerlas pedazos?”

Kintsugi (2016)

Autora: Celeste Blanco

Editorial: SubSur

Género: poesía

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