Reseña #760- El ritmo de lo que se hunde


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Por Diego L. García

En unos primeros apuntes sobre este libro anoté: “Hay algo de Jim Jarmusch en la poesía de Diego Brando, algo de un ritmo que se va desintegrando, como un perfume que anticipa la añoranza. Cada vez que lo leo siento que me obliga a repensar la palabra “tradición” dentro de la poesía argentina. Como si pudiera haber habido otro camino mejor y no lo vimos. Como si todavía se estuviese a tiempo de tomarlo, aunque sea bajo el pasto que ha crecido para distraernos. Uno de los poemas habla de la derrota. ¿Cuánto hay ahí de lo que escribimos? ¿Y cuánto queda?”.

Quisiera desarrollar un poco estas ideas. La poesía de Brando es una rareza entre lo que se está publicando actualmente en Argentina. Puede tener cercanías, por ejemplo, con otras propuestas que retoman el ritmo como elemento axial, o con modos de observación post objetivistas, o con lo que el brillante Javier Adúriz llamó “posclásico”. Pero entre estas irradiaciones laterales lo que hace Brando tiene una matriz singular; en esa comparación con el director Jim Jarmusch (Brando es un gran conocedor de cine y ninguna lectura hoy puede recortarse en una sola materia del arte) pienso en la densidad de un relato que camina por la cuerda floja de los detalles hasta desaparecer por completo. Cuando el relato desaparece, antes de caer en la nota esperada, todo lo que es resto configura sentidos desde una falta que no siempre puede ser compensada por la añoranza. El desvanecimiento del hilo es, más que una sorpresa o una ruptura, una frustración para quien es gobernadx por la velocidad de una lengua automatizada. Es ahí donde el ritmo termina sosteniendo esa textualidad deshilachada desde los segundos planos.

Si desde mediados del siglo pasado para pensar el ritmo del poema empieza a ser suficiente “la viscosidad de nuestra saliva” (Charles Bernstein, Ataque de los poemas difíciles), las nociones clásicas de musicalidad y armonía terminan convirtiéndose en elementos inferiores a la materia lingüística. Sin embargo, en la poesía de Brando lo poético es derrotado como imitación, facilismo, doblaje, sin necesidad de una Orbis Tertius donde lo indecible tenga que exhibir continuamente los cadáveres de la gramática. Así, la pregunta final, cuánto queda por escribir en la derrota, convendría revisarla desde el poema que la motivó: “No tenemos ánimo/ para levantarnos y ver la nieve,/ derrotados como estamos/ en las camas del suburbio./ Un pueblo pequeño/ y la gracia de Dios/ de haber construido capillas/ por todas partes,/ aunque confesarse sea aquí/ una rareza, la piel extinta/ de un buey donde no hay bueyes./ El día en que mueran los viejos,/ la iglesia del centro será/ un museo de luces alumbrando/ las paredes descascaradas/ y los animales pedirán comida/ directamente en las perreras./ Con nosotros no hay futuro,/ como tampoco hay paraísos/ que cubran este suelo, lejano/ de tanta agua y tanta nieve”. Algo parecido a lo que el poeta Daniel Freidemberg pensó con el título-concepto de su libro En la resaca, Brando parece hacer con En la derrota. La productividad del No, de eso se trata. “El día en que se mueran los viejos”, dice, como si no hubiera ocurrido ya, como si la desolación no fuera necesaria, vitalísima y redentora de esa nieve donde el mundo se hunde con todas sus posibilidades perdidas.

 

Todo lo que se hunde (2018)

Autor: Diego Brando

Editorial: Vilnius

Género: poesía

 

Complemento circunstancial musical:

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