Reseña #645- La China Firon


 

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Por Ezequiel Bajder

Lo difuso, lo falto de contorno del presente nos dificulta la tarea de valorar un libro. Queda, a veces, la apreciación del gusto, que, en este caso, puede ser positiva. Me gustaron los circunloquios, los giros, a la innegable búsqueda de una poética (en el sentido de intersección que le da Jakobson, en un sentido axial la búsqueda en vez de la acumulación). También me gusta el arrojo de quien intenta medrar en la tradición literaria, intervenirla.

Por otro lado, la crítica ha sido unánime (¿cómo se logra lo unánime?): la novela es fabulosa, es una lectura queer de la literatura argentina encarnada en su personaje más canónico: el gaucho Martín Fierro; un atajo a esa literatura ya que la protagonista de esta novela es apenas una mención en aquella, la china, la esposa de Fierro que relata su historia, su búsqueda.

Lo difuso, lo falto de contorno del presente no impide del todo darle cierto marco a la demanda del libro, cierto enlace con los otros, cierta frontera (que parece estar en el Martín Fierro y parece borrarse acá y en otros libros. Sobre eso escribí unas notas (de la que esta es un desprendimiento) para una charla auspiciada por la Municipalidad de San Martín que di junto al amigo Ezequiel Dellutri). Mi papá me decía una pequeña broma: “Es el Martín Hierro de José Fernández”. La broma me acompañó mientras leía. Supongo que es en ese resquicio en el que se puede hacer una lectura crítica: traducción, elipsis, inmediatez.

Hay pasajes sin más al inglés en el libro, como si ambas lenguas se contaminaran, aunque la poética que se busca no parece ser la de la ilegibilidad. El pasaje, el intercambio es parte de la conformación de un mundo novelado, que, también, se vuelve automático: una traducción sin pérdidas, sin matices, sin intervenciones de un traductor: la lengua dócil del google translator.

Debo reconocer mi animalada. No leía “Iron” en inglés, sino “Irón”, con un tilde que inventé, en castellano. Supongo que porque, como en el chiste paterno, de traducir “fierro” no lo haría necesariamente como “iron” (hierro) o asumiría una falta o me reiría (como Clark de Kent, ese inglesito que se extraviaba en la pampa). Tal vez, la China Firon (si fuera posible esa forma del inglés) le haría justeza a la broma y a la traducción. En todo caso, en lo que se traduce debería haber una merma de la que el libro no parece dar cuenta. El pasaje de una lengua a la otra es absoluto, lo que, de algún modo, revela cierta tematización de la univocidad (¡como la de la crítica!) y hace más literales fragmentos en los que dice “we are savages”: “somos salvajes”, se aclara.

Los habitantes de la Argentina somos salvajes; la inglesa que acompaña a la China del título, el progreso, la cultura, el mundo que se abre, que se descubre, en una pauperización casi sarmientina de la posición enunciadora (eso por lo que algunos amigos me dicen que despotrico con el mote de “literatura sojera”) que tiene su reverso en el final del libro, en esa vida natural-salvaje (“hay que vernos”, impone el texto) de cierta candidez primitivista del litoral (el lado B de El entenado). Quizás, esta posición de la felicidad salvaje es algo que los escritores argentinos podemos ir abandonando, aunque no sea más que de a poco.

Se trata también, en la novela, de la elipsis como algo que debe ser subsanado. Así como la traducción es una decodificación, lo que se intenta es trabajar sobre la elipsis, adelgazarla como quien quiere entrar en un traje viejo para una fiesta. El gesto es del libro todo: contar una historia elidida en el Martín Fierro, tomar un personaje lateral, escondido, y partir de allí para desarrollar otras aventuras. La reivindicación de ese personaje es casi el objetivo del texto, el objetivo de la poética desplegada (hay algo en la condensación de lo que suponemos lírico también un angostamiento, un achicamiento del espacio, una supresión de la elipsis). Lo que no sabemos de la China, lo cuenta el relato. Lo que no sabemos del negro al que Fierro mata, lo cuenta el relato. También hay una historia de a quién quería la China: un hombre llamado Raúl. En el reencuentro con Fierro, es él mismo que se ocupa de llenar los blancos y canta que mató a Raúl porque se fue con la China, por miedo a que contara el vínculo que lo unía con Fierro, que también emborrachó al negro para ganarle a la China en un juego de cartas. La negación de la elipsis como tema está también en el coronel Hernández que le roba los versos automáticamente a Fierro: “Así que le di trabajo de artista al gaucho writer y yo a veces lo escuchaba y hay que ver los versitos que armaba el bruto: era, dejame decírtelo así, un poeta del pueblo la bestia esa. Algunos de sus versos puse en mi primer libro; no andaba del todo equivocado. También le puse su nombre en el título (…)” Fierro, sobre lo mismo, dice: “Pero Hernández es ladrón/ me empezó a afanar los versos/ hizo libro ’e mi canción”. (Acá la elipsis borrada es la distancia entre autor y texto, entre autor y obra como si fueran una un sucedáneo necesario del otro.)

Traducción, elipsis, inmediatez. Se traduce sin mediaciones. Se borra la elipsis que arbitra, que traza una frontera. El único que tematiza la frontera es el coronel Hernández que le asigna un valor nulo: les hace cavar a los levados una fosa no por trazar una frontera en sí, un espacio de permeabilidad entre dos zonas, de mediación, sino para doblegarles el carácter. La única frontera es entre insumisos y sumisos. Queda, claro, lo inmediato. Lo repentino atraviesa la novela: “y nosotras cuando nos metimos con Kauka en su cuerpo nos tornamos peces, me puse plateada y larga como un surubí”. Imágenes como esa están por todo el texto, le dan una poética de lo inmediato, como la traducción automática, como la continuidad a ultranza de la elipsis, como el lenguaje condensado de lo lírico, el texto tiende a la supresión. En la inmediatez (y en la inmediación: siempre parece estar tratando de llegar a un lugar al que no se arriba del todo, como en ese tango que se llama Rondando tu esquina que propone una acción imposible) lo que se agota es la polisemia. Sin zonas que delimiten un pasaje, sin una mediación propuesta, sino con la inmediatez contrapropuesta, es, como en la traducción automática o en rellenar los huecos de la elipsis, una codificación, un decodificar por parte del lector. La polisemia, en todo caso, implica un trabajo más arduo. Lo que me convoca, lo que me conmina es que en un texto de lo inmediato (como el de las redes sociales, por ejemplo) lo que queda apenas puede ser una enunciación de enunciadores. No importa qué se dijo porque lo que se dijo se vuelve indubitable: importa, entonces, quién lo dice. La novela, claro, intenta borrar todo el tiempo esta idea con las aliteraciones y repeticiones, con las imágenes genéticas de un mundo que se abre, con la inocencia cruel de quien descubre. La crítica unánime, tal vez, se incline más por esta idea del enunciador que por sobre el enunciado: leen antes que el texto lo que suponen que el autor habrá querido decir. (Igual que Hernández con los versos que le roba a Fierro: la obra es algo inmediato y contiguo al autor.)

Lo difuso, lo falto de contorno del presente nos dificulta la tarea de valorar un libro. Espero, entonces, que el pesimismo de estas líneas sea desmentido, que esté equivocado, engañado por el presente; espero que quede de la lectura cuando la mire con mayor distancia, la afición por los giros y los circunloquios que me gustaron.

 

Las aventuras de la  China Iron (2017)

Autora: Gabriela Cabezón Camara

Editorial: Randon House Mondadori

Género: novela

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