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Reseña #864- Tener claro un lugar en el mundo

apparatchikis

 

Si despierto, quiero ver la luz de nuevo

“La cobra”, El mató a un policía motorizado

Por Ángel Oliva

Estrechada, en apariencia, dentro del limitado espacio de la anécdota, renuente a la profusión memorialística que parece hoy gobernar toda retórica y definir con exclusividad todo cuestionario entre recurso narrativo y política; decidida sí, a un ritmo recursivamente espasmódico y vertiginoso, la escritura de Apparatchikis de Mario Castells resalta menos en resoluciones dramáticas como en la hipnótica necesidad de plasmar, con pinceladas de impresionismo gruesas, dos zonas jergarias infrecuentes en los cánones literarios actuales: la jerga militante y la jerga del reviente.

Déjenme explicarme:

Cuando en 1962 Anthony Burguess escribió la Naranja mecánica, el periodismo, la sociología, la teoría política estaban frente al desafío práctico del juvenilismo como problema, aún en pañales. Yo creo que Burguess arriesgó allí una hipótesis materialista que luego las reseñas de la época la perdieron por el camino, especialmente después de que Kubrick se llevó puesto casi todo el sentido con su extraordinaria adaptación. Burguess sostiene allí que si queremos encontrar una puerta de entrada al marco relacional que la juventud estaba plasmando respecto del resto de la sociedad tradicional debíamos entrar, para definirlo, por el lado de un jergario desde el cual iba constituyendo su distinción. La constitución de nichos de lenguaje fue el arsenal que primeramente la juventud empuñó contra las casamatas culturales de la sociedad conservadora, mucho antes que la respuesta explícitamente bélica de autodefensa contra los marcos represivos. Además de lo más obvio, de ser una herramienta para la demarcación de una divisoria entre nosotros y ellos, la jerga le otorga sentido y dirección consiente a lo que podríamos llamar la experiencia del juvenilismo: la contradictoria conjunción entre un entretenimiento a decodificar proveniente de los círculos enlatados del sistema y el ahogamiento existencial producto de los dispositivos de control propios del fordismo.

De este modo y ya hace tiempo, el relato posfordista se da de bruces con el siguiente dilema: o se construyen arquetipos elegíacos de un tiempo “titánico” emplazados en una dramaticidad, fabricados a través del ensamblaje de fragmentos memorialistas en donde pivoteamos sin descanso entre la heroicidad monumentalista y la victimización generalizada o, a la manera de una verdadera desterritorialización, se vuelca el combate narrativo hacia un epicentro estrictamente verbalista cuyo cauce obliga a depreciar la trama por sobre la experiencia lingüística. Las enormes dificultades que ha tenido la narrativa tanto literaria como cinematográfica para constituir plataformas realistas en donde estructurar el relato, principalmente allí donde se pretende contornear al sujeto político juvenil militante en épocas previas a la dictadura y durante el terrorismo de estado, son una muestra cabal del dilema. Los parámetros ideológicos post-dictadura fijaron vallados estructurantes para con las representaciones sociales de ese sujeto que se volcaron a la narrativa de forma acríticamente entusiasta. El resultado fue un retorno solapado del espiritualismo literario que no solo tiene como consecuencia la proyección falsaria de los valores de una época pos festum a otra infinitamente distinta, sino que además manifiesta claramente que la principal representación donde el elemento moralizante de la trama se antepone a todo relato es precisamente allí donde en ella debe hablar y actuar ese sujeto político. En este sentido la batalla por una representación realista, como soporte de cualquier dramaticidad de la Argentina pre-dictatorial, dictatorial e incluso post-dictatorial es una batalla centralmente lingüística en el sentido de la captura lo más fiel posible de verbalizaciones socialmente construidas, es decir, permítanme el neologismo, contradiccionalmente construidas.

Dicho esto, vamos al caso que nos ocupa.

Concedámosle a esta escritura lo que ella busca: la constatación, se lo quiera o no, tenga esta la eficacia social que tenga, se ponga en contacto o no con los grandes temas nacionales, de un nicho social llamado militancia revolucionaria en el trotskismo. Aceptada y no renegada o decodificada su constatación nos obliga, si está bien enfocada, a que aceptemos sus propias reglas motivacionales, sus específicos trampolines emocionales, su particularizada emocionalidad. Hay ahí también una historia del habla. ¿Débil? ¿Abstrusa? ¿Cadavérica?  Poco importa si hemos dado con su presencia y es posible con ella y desde ella enarbolar una experiencia. Apparatchikis no se propone hablar de ella sino dentro de ella. Apparatchikis da testimonio. Primeramente, de una jerga desde donde se ejerce el habla social, de una posición discursiva diría De Certau, e invita a sostenernos a nosotros los no trotskistas, los no revolucionarios, los no militantes en la incomodidad de sostener su toldo narrativo. Me encanta la incomodidad en el que esta escritura nos implica. 

Aceptémoslo, del mismo modo que los viejos que juegan a las bochas en el parque Urquiza, los estudiantes de ingeniería, los cultores de noise, los pasteleros o los periodistas deportivos, esta escritura invita, repito, no a que conozcamos su jerga sino a que la habitemos e intelijamos desde ella un rincón del mundo, para que el aspecto tanto emocional como político del hecho literario ocurra. 

Ahora bien, como no todo vale lo mismo, lo reconozcamos o no, esa jerga se erige desde una zona marginalizada del habla social, porque si no haríamos la operación Grondona: en mi mesa habla desde el fascismo hasta el anarquismo, pero el programa lo cierro yo. Apparatchikis habla también desde esta marginalización, y al sustantivizar la jerga, combate, en un plano estrictamente verbal y no narrativo, toda la carga moral que se ejerce contra alguien que se define trotskista. Entiéndase, esto no está en la trama, sino en la posición.  A partir de allí cualquier argumento que se encabalgue en acusar de jergoso el detritus discursivo de este relato deberá preguntarse porque aceptamos miles y miles de acantonamientos lingüísticos bien ávidos como “normales” y no éste, si en todo caso no hay razones pragmáticas a la determinación verbal que aquí se presenta, que marcan la historia de nosotros mismos con el trotskismo, con la revolución, o con la posición militante en general; y por último si no es allí en esa zona del habla social que no vacilo en llamar lengua estratégica, donde los cañones de la dictadura apuntaron centralmente al punto de volver todo atisbo de retoño estratégico revolucionario  en un animal renegatorio dentro nuestros actos morales.

Peques, troskear, stalino, línea, etapa, cheka, fraccionalsmo, kerenkista, bonapartismo, renta, cuadros, frente, célula, burocratear ¿Qué decir de estos términos? ¿Cómo no reconocer en su uso, literario sí, pero primeramente social, algo de lo que la mayoría de la sociedad se encuentra sustraída? ¿Cómo no reconocer en ellos, por supuesto, un cierto legado verbal?; pero principalmente y digámoslo sin tapujos: ¿qué es lo que hace que en su uso narrativo y en su unidad expresiva tendamos a volcarlos hacia una zona de rechazo y hacia la elocución peripatética? No se trata solo de adjudicarle extrañeza a la lengua estratégica militante, que la tiene, se trata de un repudio no elaborado, en el sentido psicoanalítico del término, que de manera inmediata se expresa en el lenguaje de la moral adquiriendo un arco de sentido que va de la connotación de peligroso a la connotación del clown. El rechazo reúne las dos actitudes sociales ante la posición militante: el temor expresado en una línea histórica que nos lleva directamente al terrorismo de estado y la parodia conformista que parece señalar la ineficacia social de la posición y que es el reverso moral de la anterior. Pero además si esto se encuentra en una trama ficcional el rechazo se decodifica en pseudo-crítica literaria, la sola presencia de este registro del lenguaje pareciera depreciar su valor ficcional y volverlo desasertivo.

La escritura de Apparatchikis batalla en este terreno, lo hace corajudamente y por qué no exageradamente. Pero no exclusivamente. Del otro lado del campo de batalla, se encuentra otro registro jergario que puja también por interpelar la moralidad lectora: la hemos llamado la jerga del reviente. Debe apreciarse, otra vez, en la demarcación social que produce un nicho lingüístico una función dramática y no solo un juego verbal. Uno podría decir: bueno este relato trata de la agujereada experiencia existencial de los jóvenes militantes universitarios en la Argentina pos 2001, y cómo se conjuga de forma dramática su experiencia militante con sus zonas de vacío vital en cuanto a una representación de futuro colectivo rodeados y rodeadas de violencia social inorgánica, etc, etc, etc. Pero lo que está deliberadamente minusválido en la trama (lo digo principalmente en referencia a su función ficcional), lo que aparece en el relato bajo la forma de secuencias anecdóticas inflamadas expresadas en recuerdos, se sustenta en la necesidad que tiene Mario de convertir al elemento verbal en una función dramática. El modo variado en que los dos registros jergarios se entrelazan dinamiza la forma narrativa hasta conseguir que el lector, si se ha permitido incorporar este reto lingüístico, aprecie el fondo existencial que rodea a esa juventud. No hay violencia dramática sin términos específicos que la convoquen, no podemos aquí delimitar el papel del consumo de drogas y su función social supletoria del vacío si no se lo rodea primero de un vocabulario que antepone estratégicamente un pequeño universo verbal a su carga moral. Y aquí se juega casi todo el pellejo literario del relato porque este registro jergario, en tanto posición, también tiene una mirada social que lo vigila, que lo señala, que lo impele a la autoconsolación o a la moral regenerativa.

¿Qué es el reviente? ¿Qué es la limadura? ¿Ese estar tenso y alerta  con la mano en el gatillo? ¿Acaso esta escritura puede confrontar su experiencia con las oleadas que provienen de la configuración tan elegíaca como arquetípicamente heroica que proviene del pasado y se ha instalado (también por la vía literaria) en cualquier configuración militante? ¿Qué escritura política puede absorber el abismo erigido por la consagración de la memoria vivida por sobre la trasmitida? La verbalización del reviente es la posibilidad escrituraria del heroísmo hoy, habla más desde Luca Prodan que desde Che Guevara. Habla del tránsito efectivo por el espacio existencial que el extraordinario epígrafe de Victor Serge que Mario pone en el comienzo señala preguntándose en qué se convierte el revolucionario ilegal ante la pérdida generalizada de las certezas. 

Es una pregunta por la identidad que se juega en un espacio existencial y que aquí la escritura YA LO RECORRE, no hay tiempo sino apres coup para las preguntas, ese recorrer un espacio sin certezas aferrado tanto a la ambigua unidad que le confiere una zona restringida de lenguaje como a pequeñas unidades transitorias de comunidad afectiva demarcan el contenedor imaginario del reventarse contra la sociedad.   

Si la escritura transita esta tensión y se acelera y respinga y se endurece y bardea es porque el universo militante post-dictadura no ha tenido casi literatura, no ha podido aun elaborarse EN LITERATURA. Y aun así sumida en la tensión esta escritura deja un pequeño resquicio de su selvática zona para la historia de amor. Fugaz, subrepticio, inorgánico, el amor tanto tribal como sensual se hace un pequeño lugar en la vorágine anecdótica. La fiesta universitaria, esa unidad básica del reviente juvenil, es la oportunidad para que esta escritura (que aquí adquiere figuración poética) signe qué lugar y modo tienen las relaciones eróticas en esta desasosegada experiencia social: 

“Nadie podía desmembrar aquel destello de unidad conseguida. Y el nogal, como un mandala, nos protegía del señalamiento careta. La noche nos unía por los labios, por el aliento cojudo de las ideas que saltaban como piojos de unas coronillas a otras. Todavía el entendimiento no era barroso. Allí estábamos los compañeros, cansados de nuestras rutinas de apparatchikis, al borde del cinismo algunos, y los más, a orillas de la desilusión. Abroquelados por el deseo, ajenos por pocas horas a las noticias, las tareas de campaña electoral, lo reproches y exigencias de los cuadros de dirección, nos prendíamos a la cola del fugaz cometa, holograma festivo que construíamos con toda esa gente triste.

La horda danzaba bajo el tinglado y abarrotaba las barras en procura de cerveza. Nuestro campamento, bajo el aura del nogal, era un coágulo de rostros brillantes, músculos rígidos y risas amistosas. Compartíamos la bolsa y la vida, huidos del exhibicionismo sensual y la histeria; yo flasheé que la curiosidad nos interrogaba por el lado del amor, en la ruptura con la soledad. Como un caracol sin casa, en el ablande vaso dilatador, me despejé los jirones de bruma y me madrugué sintiendo que quería a Virginia.”

Así es el amor aquí, un escueto y ajado lazo melodramático indefectiblemente destinado a romperse ante la más nimia eventualidad, pero aun así (y creo que de acuerdo a mi lectura este es un rasgo sólidamente coherente en el relato) su presencia nutre a la narración de un contraste prolífico y envolvente aun sabiendo que el hilo mortecino terminará por sobreponer sus artes.

Por último si aquella terminología estratégica de la que hablamos al principio abraza la dramaticidad del relato ningún otro término comanda mejor esta función que el título de la obra: apparatchikis  cuya definición nos remite a los funcionarios partidarios rentados de la burocracia soviética cuya tarea desplegaban y expandía en metabolismo social y político de la centralización estatal, tiene aquí una connotación que se mueve resumiendo un encierro: quien es “rentado” en un partido de base leninista señala por un lado ciertos rasgos y virtudes integrales del “saber hacer la revolución”, es decir principia el rasgo lo profesional partidario y de inteligir en términos prácticos el “qué hacer” en función de una línea política, en este sentido, la renta incorpora un pequeño sesgo de distinción entre el rentado y el resto de los militantes. Pero a la vez es aquel que de acuerdo a la suerte táctica y organizativa del partido puede convivir con un rasgo alienado respecto de los deseos personales y colectivos que habita. La tradición troskista señala con el nombre de apparatchikis esta encerrona ética y en el relato de Mario condensa en la medida en que atribuye y es atribuido la dramaticidad de los personajes. Su drama se mueve ante la permanente acechanza de lo políticamente injustificado ante una realidad social y generacional que soporta un horizonte aciago de certezas. Hacer la revolución en una fase de retroceso sostenido no es un problema teórico, es existencial y debe ser, por ello, literario.

 

Apparatchikis (2018)

Autor: Mario Castells

Editorial: Caballo Negro

Género: novela

Complemento circunstancial musical:

 

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