Reseña #584- Una pátina de tristeza ucrónica


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Por Hernán Dominguez Nimo

Algo está mal, equivocado. La Segunda Guerra terminó de otra manera. Ganaron los aliados, sí. Alemania y Japón perdieron, también, pero no como lo aprendimos en la escuela. Una bomba atómica cayó en Berlín e Israel nunca se formó en 1948…

No, no es eso.

Una descripción tan vívida, la vida de millares de judíos apretujados, ya no en una franja de la ribera sudoriental del Mediterráneo, en Medio Oriente, sino en la franja del Pacífico de Sitka, Alaska, refugiados “provisorios” por más de sesenta años, un guetto —como Little Italy o Chinatown de NY— transplantado a la tundra fría de los indios del norte americano…

No, tampoco es eso.

La trama fría policial, sazonada con la intromisión de poderes más altos, escondidos, los dedos infectados de la política rozando cada paso de la investigación, buscando entorpecerla, hacerla fracasar, desaparecer, como si ni siquiera el investigador hubiera existido…

No, tampoco.

La profunda personalidad del detective de homicidios, Landsman, típico perdedor que ni es tan típico ni tan perdedor, un tipo que no parece avanzar en su investigación sino más bien tropezar hacia delante, pura casualidad sistemática, una especie de Tandarica Noir en su acto de borrachera circense, impulsado solamente por su necedad y terquedad a dejarse caer de una buena vez…

No, no y no.

No es nada de eso lo que vuelve atractiva la novela de Michael Chabon. Muchos de esos elementos ya los vimos, ucronías del final de la guerra, novelas negras con detectives caídos en desgracia.

Puff. Estamos hasta acá de eso, ¿no?

Lo atractivo —y vuelvo a usar el mismo adjetivo, aunque me quede corto— es que todo eso es anecdótico y, al mismo tiempo, no lo es. Porque lo más importante es que todo está allí, junto, pero desmenuzado y sazonado con un crudo y exquisito empleo del lenguaje.

Nada sobra, nada está de más, en esta novela que en dos palabras es capaz de describir un personaje hasta la profundidad de sus huesos y su historia, como un tomógrafo sádico, impiadoso y lleno de resquemor. Metáforas secas y certeras, poco elegantes —siempre con el traje manchado y la camisa fuera del pantalón— que te dejan sin respiración.

Vengo de leer a Palahniuk. Chabon no es Palahniuk. No es experimental, pero sí experimentado. Y todo el mundo que crea para nosotros, está revestido con esa pátina de tristeza que tienen las despedidas que nunca terminan de resolverse.

Como pasa con las buenas novelas en nuestra memoria.

El sindicato de policía Yiddish

Autor: Michael Chabon

Editorial:

Género: novela

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