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Reseña #450- A veces los infiernos no son dantescos

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Por Maielis González

Todavía hoy hay quien mira con asombro o levanta una ceja ante un texto que se introduzca en los dominios de la ciencia ficción o la fantasía y haya sido escrito por un latinoamericano. La conmoción se agudiza si sus personajes osan hablar como latinoamericanos, usan argot, frases idiomáticas y ostentan una idiosincrasia indudablemente “latina”.

En los imaginarios populares se ha asentado la idea de que la literatura de estas latitudes nada tiene que decir respecto a la ciencia, la tecnología o los moldes de la fantasía más clásica. Nuestro subdesarrollo y aislamiento nos ha condenado y privado de la capacidad de extrapolación. No se nos niega, sin embargo, el poder de fabular en los terrenos del realismo mágico, lo real maravilloso u otras manifestaciones de lo fantástico. Esta errónea percepción quizás sea responsabilidad de ciertos autores enmarcados frecuentemente en el fenómeno del mal llamado boom de la literatura latinoamericana (Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Alejo Carpentier), que fomentaron, con el éxito de sus obras, la idea de lo que “debía ser” la literatura escrita en estas tierras.

Sin embargo, en los últimos tiempos, y cada vez con más frecuencia, es posible encontrar ejemplos de novelas o relatos en los que no solo se reivindican los espacios del continente para el desarrollo de las tramas, sino que también se utilizan las cosmogonías y las mitologías propias de la región como materiales para la creación de micromundos, inscritos en los géneros de la ciencia ficción y la fantasía. Estas operaciones de sincretismo han dado al traste con propuestas muy novedosas y bien logradas. La más notable posiblemente sea el denominado ciberchamanismo del chileno Jorge Baradit que hace converger de manera magistral los presupuestos del ciberpunk con el espiritismo y la magia ancestral amerindia.

Los Señores de Xibalbá (La Otra Gemela, 2016) de Patricio Chaija es una novela que se inscribe en este corpus de obras que han apostado por la recreación de mitos precolombinos y su hibridación con una historia de claros tintes cienciaficcionales. En el mundo post-apocalíptico, donde se erige la ciudad de Golfo Claro, los aspectos más elementales de nuestra actualidad son muy diferentes: el cielo no es de color azul sino rojizo, no existen las estaciones del año, la Tierra ha perdido a su satélite natural y en su lugar está rodeada por un cinturón de ataúdes espaciales en que descansan las conciencias de los muertos, repitiendo en bucle infinito el último día de sus vidas. Pero la gente no parece tener memoria de un estadio anterior y diferente a como es el mundo que habitan. A Golfo Claro han llegado dos extraños visitantes que, a través de sospechosos interrogatorios, parecen querer resolver el misterio de la década de los pájaros: episodio siniestro que marcó la desaparición de muchos niños en la ciudad.

La narración, entregada de una manera coral, desde la perspectiva de varios de sus protagonistas, permite que el lector se adentre poco a poco en un microuniverso en que rigen leyes, no físicas pero sí éticas y morales, diferentes a las nuestras. El horror es suministrado de una manera precisa y efectiva, y en ello colabora la cercanía que experimentamos con sus personajes y sus modos de comportarse; pues, si bien viven en un mundo harto diferente, continúan llamándose Marta o Rodrigo, comen choripán, toman cerveza, sienten celos, odio, amor y padecen por la soledad y la incomprensión de sus semejantes.

Hay que decir que, aunque Chaija tiene ya publicadas varias novelas, es esta una obra de juventud, como el propio autor aclara en la nota final del libro, y surgió prácticamente de un pie forzado cuando era aún estudiante de Letras en la universidad. De aquí que percibamos que la obra se resiente en varios aspectos como la caracterización estereotipada de algunos personajes (sobre todo los femeninos), una cierta tendencia al patetismo o un final que acontece de manera demasiado precipitada. Aún así, es una obra entretenida y de fácil lectura que prefigura una zona de nuestra narrativa con un enorme potencial para crear historias que rompan los esquemas de lo que se entiende o se espera tanto de la ciencia ficción y la fantasía, como de la literatura latinoamericana en sí misma.  

Chaija, como lo hace Baradit, como lo hacen autores como Erick Mota en Cuba con su “orichapunk”, demuestra que si bien nuestras literaturas (la argentina, la cubana, la latinoamericana) se insertan por derecho propio en eso que llamamos la cultura occidental; y beben de la tragedia griega, y se benefician de las corrientes estéticas europeas, y vernaculizan movimientos foráneos al tiempo que los enriquecen, también pueden aprovechar un valioso arsenal proveniente de las culturas prehispánicas o del legado africano o del componente que sea que haya colaborado en la conformación de este crisol de razas que nos define y nos diferencia como cultura. Con Los Señores de Xibalbá constatamos, regocijados, que existen otros mapas para descender a los infiernos.             

 

Los señores de Xibalbá (2016)

Autor: Patricio Chaija

Editorial: LaOtraGemela

Género: novela

 

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