Reseña #300- Cuatro Chilanos para la eternidad


 

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Por Matías Bragagnolo y Pablo Méndez

Dos reseñadores se encuentran una tarde de domingo lluviosa en un bar de Constitución.  Putas, paqueros, locos, algún fantasma, un enano que despelleja mandarinas en la barra y un periodista de TyC Sport lamiendo los restos de maní de una mesa, los escrutan. No se sienten intimidados y se acomodan en una mesa en el ángulo más oscuro del establecimiento. Uno pide cerveza, el otro una Seven Up free para bajar el complejo vitamínico que endurece sus músculos. Cuatro libros desparramados sobre la pequeña mesa y una misión: comentarlos. Riña de gallos (Ediciones B 2010), Tan lejos que es mentira (Letra Sudaca 2013) Méndez (Vestales 2014), En tres noches la Eternidad (Vestales 2015), todos de Sebastián Chilano, serán analizados por estos dos weird reviewers.

-Hay una historia de amor- enfatiza El reseñador de remera ajustada, levantando el libro de portada amarilla y con un gallo en posición de ataque.

-Todas las historias son de amor, boludo, el mundo gira alrededor de las historias de amor. Que no te extrañe que Hillary tenga sueños mojados con el misógino de Trump -sentencia El reseñador de camisa grunge, como si su ironía fuese esputada por el oráculo de Delfos.

-Una historia de amor que, a fuerza de anomalías, se vuelve unilateralmente obsesiva. Imaginate, aquellos que llevan años en pareja, que de pronto la línea de tiempo que concibieron conteniendo el pasado, el inaprensible presente y lo que creen que será el futuro planeado se rompe, se disrumpe, se altera, se desarregla -replica El reseñador de remera ajustada, con ánimo de explayar una temática como quien ajusta su pensamiento con tornillos inamovibles.

Seguí, creo que captaste mi atención -dice El reseñador de camisa grunge. Entiende que la cosa viene con una densidad que lo atrae.

Imaginate de novio con una persona que te ha dejado y ya recompuso su vida en otra ciudad con otra persona sin que vos lo hayas percibido, simple y llanamente porque un rato antes estuvo con vos haciendo el amor, simple y llanamente porque en un rato te estará esperando en un bar como si nada hubiese pasado – continúa El reseñador de remera ajustada, amplificando la frase con su voz, con los ojos bien abiertos.

-Me estoy imaginando la historia y claramente podría convertirse en un guión cinematográfico -argumenta El reseñador de camisa grunge que ya piensa en contactarse con el autor para vender el libro a alguna productora de cine independiente yanqui y competir en el Festival de Sundance.

-Imaginate cómo intentarías encontrarle un sentido a esa pesadilla y tejé un punto de partida para una más que interesante novela sin género -dice El reseñador de remera ajustada, mientras se tira sobre el respaldo de la silla con la satisfacción de haber dicho algo que su interlocutor no esperaba.

-Es una historia que me encantaría escribir -arguye El reseñador de camisa grunge con un dejo de impotencia.

-Ni se te ocurra, Riña de gallos ya fue escrita por Sebastián Chilano.

La fauna del bar no cambia y las miradas son cada vez más incisivas. Una mujer alta, de piel morena y trencitas de playa mira a El reseñador de remera ajustada de manera sugerente, quien no puede contener su timidez y agacha su cabeza, sus mejillas se enrojecen del mismo tono que el top de la mujer dominicana. Justo en ese instante El reseñador de camisa grunge interrumpe esa comunicación visual imperfecta golpeando la tapa de Tan lejos que es mentira.

-Me encantan las novelas en las que el escritor se personifica en la historia, ya sea como protagonista o como un actor de reparto. Tengo que hacer notar que el doctor Chilano de la historia es un como  Kevin Spasey. Es la voz del orden, de lo socialmente correcto. Mejor dicho: es la voz de la sanidad -comienza El reseñador de camisa grunge, que intercepta en el aire una mosca mientras habla, mientras entrecorta las palabras para sorber los últimos tragos de una Quilmes barrosa.

-Me jodés que Chilano se puso como personaje de la novela. Un riesgo narrativo importante, ¿no? – dice El reseñador de remera ajustada, anticipando una línea de análisis.

-Claro, de alguna forma funciona como alter ego del protagonista con un discurso que implica un deber ser. Porque el protagonista es el que salta la barrera de lo común y acá te tiro lo que más me llamó la atención: a pesar de que es una historia que le puede pasar a cualquier hijo de vecino, no vas un encontrar ningún lugar común. Ahí radica la originalidad del texto -se explaya El reseñador de camisa grunge.

-¿Pero de qué carajos va la historia? – se entusiasma El reseñador de remera ajustada mientras traba su espalda para acomodarse una contractura inexistente.

-Un enfermo terminal que decide no tratarse como una forma de ser algo más que lo que los demás esperan que sea. Es un ejemplo de unicidad existencial llevada al paroxismo de la transgresión -argumenta El reseñador de camisa grunge que sigue tomando del vaso una cerveza invisible.

-¿Un Sartre nadando en las páginas de un autor marplatense? -pregunta El reseñador de remera ajustada, con la intención de encontrar algún link literario.

-Yo creo que lo que ayuda a entender ese grado de auscultación del ser es el narrador que a través de Chilano escritor (dejemos de lado por un momento al Chilano médico de la historia) personifica su enfermedad con una prosa simple pero sumamente contundente. Porque esto es harto sabido, la prosa es potente más por su simpleza que  por la invasión de ramilletes sintácticos – explica El reseñador de camisa grunge que con un silencio da por finalizada su exposición del libro.

El bar ya está colapsado y la cerveza y el vino en pingüino son el elixir que la mayoría elige para apaciguar el domingo. El reseñador de camisa grunge alza el próximo objeto de análisis. Pide otra cerveza que esta vez tomaran los dos. Méndez al lado de una botella helada como si el ardor del libro hiciera transpirar el vidrio color caramelo.

-¿Qué se siente leer un libro que se llama igual que vos? -pregunta El reseñador de remera ajustada -¿Te sentiste interpelado?-.

-No, pero eso no quiere decir que en algún momento no me haya confundido y sintiera simpatía por ese catador de mierda hijo de puta. Hay un punto en la novela que intercepta lo mundano de una forma interesante. Es cómo si la historia fuese un fresco exagerado de la vida del argentino promedio pasado por el filtro del policial noir – dice El reseñador de camisa grunge y remataEste Chilano es piola, te va tirando información como le da la gana, y vos terminás mendigándole más, pero él no hace más que histeriquearte y cuando menos te lo esperás te suelta una moneda. Hace guerra de guerrilla argumentativa-.

-Pero pará, ¿quién es Méndez? -se exaspera El reseñador de remera ajustada.

-No es uno solo Méndez, son muchos -arremete El reseñador de camisa grunge, con un halo de fastidio, como si inconscientemente fuera parte de la novela y Chilano no le hubiese avisado.

-Una ensalada creada a propósito para que el lector no despegue su atención -reflexiona El reseñador de de remera ajustada tratando de apaciguar el desdoblamiento de su amigo lector.

-No, o sí, pero creo que la mejor metáfora que se puede usar es la de estar en la escena de los espejos de La dama de Shangai de Orson Welles. Varios Méndez multiplicados, pero que son uno solo. Poné atención al primer párrafo del libro: “Méndez es un apellido común. No sé qué mierda significa, pero no debe de ser nada bueno. Nada importante. Los apellidos importantes son raros o compuestos. Los simples no llegan a nada. No hay ni habrá un presidente en este país con un apellido tan insulso. Aunque los apellidos más comunes también pueden cagarnos la vida” –El reseñador de camisa grunge intensifica su discurso, sabe que no puede dejar de ser Méndez.

-Todavía no me dijiste de qué va la historia -increpa El reseñador de camisa ajustada haciendo caso omiso a la tribulación de este Méndez.

-Te lo cuento en pocas palabras: Road movie literaria, un fiambre en un baúl, un contador, Méndez, el hijo del contador tonteado por un Ipod, una pareja de hermanos mantenidos (la hermana parece que esta más buena que comer pollo con la mano), otro Méndez, y otro, y otro más. Bueno, a decir verdad, perdí la cuenta de cuántos son -dice El reseñador de camisa grunge como perdido en su identidad.

Los dos reseñadores ya son presa de los animales de la noche, los que salen cuando la zona liberada  se anuncia por los altos parlantes de la luna. Terminan la última cerveza, no quieren que el lunes los corte al medio.

-No quiero incomodarte pero me parece que te tenés que apurar -comenta El reseñador de camisa grunge que cruza un paneo por el bar.

-Este es el último Chilano, En tres noches la eternidad. Siempre hace gala de una versatilidad más que interesante, eso ya lo hablamos. Y, creo, la clave quizás radica sobre todo en la impersonalidad que caracteriza a su prosa, un carácter en parte lacónico que se vuelve en sí un sello característico de autor (pienso en Houellebecq, en W.S. Burroughs, en el propio Kafka) -comienza El reseñador de remera ajustada.

-Vos siempre con Houellebecq y Burroughs. Para mi que te encantaría disecar alguna parte de sus cuerpos y tenerlas como centro de mesa -bromea El reseñador de camisa grunge.

-Tengo el dedo meñique de Ian Curtis en la billetera y… –El reseñador de remera ajustada no termina la frase ya que ambos comienzan a reír desmesuradamente.

-Dale, seguí que se nos viene la noche en serio –El reseñador de camisa grunge nota a los parroquianos del bar mucho más cerca.

-Chilano da un paso al costado (solo uno) y camina por el territorio de “lo extraño” (lo weird, si se quiere) con un estilo, como corresponde, alambicado, repleto de figuras retóricas, enumeraciones descriptivas y descripciones intencionalmente esquivas, precisamente lo opuesto a lo que vos comentás de Méndez  -se extiende El reseñador de remera ajustada que con total impunidad le mete el dedo en el ojo a la medusa que gráfica la portada del libro.

-Seguí -inyecta El reseñador de camisa grunge que comienza a contar la cantidad de personas con las que se deberían pelear para salir vivos de ese lugar.

-Frente a la lucidez de la prosa de sus otras novelas (más allá de esos contenidos con personajes al límite de la razón), las tres partes que componen En tres noches la eternidad parecen narradas por dementes seguros de sí mismos, por perturbados. Así, asistimos en la primera a la noche del dramático encuentro con un ser abyecto al que se le adjudica la inmortalidad. En la segunda, dos aprendices, un posadero y su hija, una prostituta y un mecenas asisten a la noche oscura del alma de un pintor criminal, una noche que remite a un Satiricón de Petronio despojado de humor, sin ironía, con un erotismo trastocado en depravación decadente. Por último, en la tercera parte, Chilano se permite imaginar la última noche del beneficiado por el más majestuoso y arriesgado de los milagros de Jesucristo. Una noche en la actualidad, otra en el Renacimiento (¿o en la Baja Edad media?) y otra en los primeros años de la Era Cristiana. Y, acechando a las tres, la más inquietante, incierta y contradictoria eternidad -se extiende El reseñador de remera ajustada como para que su amigo no lo interrumpa. Ya se dio cuenta de la situación para nada favorable en la que se encuentran.

-Podríamos decir que Sebastián Chilano está construyendo una obra sólida, donde la heterogeneidad es su marca distintiva. ¿Es así? –El reseñador de camisa grunge ya está parado mientras dice las últimas palabras que le quedan.

-Exacto. Che, nos vamos sin pagar, ¿no? -exclama El reseñador de remera ajustada que mete rápidamente los libro en la mochila.

-Sí -se le escucha decir a El reseñador de camisa grunge cuando los primero botellazos comienzan a volar.

Riña de gallos (2010)

Tan lejos que es mentira (2013)

Méndez (2014)

En tres noches la eternidad (2015)

Autor: Sebastián Chilano

Editoriales: Ediciones B, Letra Sudaca, Vestales

Género: novela

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