Skip to content

Reseña #151- Convertini’s way

20160210_015506

Por Pablo Méndez

Día 1 o La arquitectura íntima del asesino

Me sentía muy solo cuando todos estaban ahí”.

Ernest Hemingway

Corrientes y Bartolomé Mitre. Llevo mas de la mitad del libro. Dos horas de viaje con el solo objeto de plantarme en una pizzería de esas que en horarios donde no se come se sirve café, y leer. Montarme dentro de las páginas y rastrear la lógica del personaje. Escucho Nick Cave, dejo el volumen en termino medio porque quiero que los ruido de la ciudad se mezclen con la oscuridad del australiano: los pasos sobre el cemento, las bocinas inclementes, el metal de las cucharitas que astillan la porcelana tratando de seguir la perfección de la circunferencia del café. La soledad del mal de Horacio Convertini, capítulo doce, página 75. Continúo, porque Baéz Ayala continúa, no va a parar. Se come el boludeo del mimo, coge con una puta y busca la mejor forma de hacer mierda a ese pelotudo. Así el capítulo doce, así la maquinaria que pone en marcha en cada asesinato: un floreo de condiciones y variables, el contexto necesario porque para él no hay un crimen simple. Busco en las caras que pasan esa nimiedad que puede descolocar y acercar al perfil indicado. Y la pregunta no para de menguar en mi cabeza: ¿quién de todos los que se untan en el placer de lo cotidiano es un asesino serial? Tal vez el mozo peinado a la gomina, tal vez la universitaria de anteojos que amontona libros en su mesa, tal vez el cadete que se lastra una porción de pizza extemporánea en la barra. Cualquiera puede serlo. Y la historia trazada por Convertini pincha la piel: la acupuntura familiar, la que no sana, la que no se ahuyenta, la que filtra el deseo y lo disloca de su esencia. Y así Báez Ayala asesina, con premeditación, con la voracidad de una metodología implacable. Cada oración es la antesala de otra que golpea como una maza. Un estilo ágil, que nos lleva de las narices hacía un personaje que opera su interior como un pinball en busca de una redención definitiva. Pago el café que casi no toqué, apenas dos sorbos que me bastaron para saber que las pizzerías solo saben hacer pizzas. Salgo con la sola intención de caminar y fumar, porque a veces es necesario imitar a los personajes de las películas argentinas de los ochenta que solo saben caminar, fumar y envolverse en dudas existenciales. Una sola pregunta me asalta mientras tomo fuerte el libro: ¿Qué tan cerca estamos de ser asesinos? No dudo en responderme. Estamos a un solo paso.

Día 2 o Baile entre hombres

«En la calle la buena gente derrocha sus guarangos decires más lisonjeros, porque al compás de un tango que es ‘La morocha’ lucen ágiles cortes dos orilleros”.

Evaristo Carriego,  El alma del suburbio

Me instalo en la casa materna. Mi habitación huele a mi cuando era adolescente. Los pósters de rock, los libros que nunca volvería a leer, la camiseta de Boca que ya no me entra. Saco del bolso New Pompey, de Horacio convertini, paso las páginas del libro y me quedo en frases marcadas, en pasajes que resaltan. Segundo día con un libro del mismo autor. Me faltan pocas páginas y el resultado es interesante. Convertini no se repite nunca. Cualidad admirable y una metáfora demasiado arriesgada se me cruza: Lothar Matthäus, jugador de la selección Alemana que participó en cinco mundiales. Jugó haciéndole hombre a Maradona en el 86, jugó como un 10 clásico en el mundial de Estado Unidos 94 y en las últimas participaciones jugó hasta de defensor. Convertini es un todo terreno y lo demuestra en esta novela donde fusiona el barrio, el sentimiento homo erótico instalado en cada uno de los personajes principales y el acto delictivo que configura una novela negra. Pienso en esa escena de la película La calesita de Hugo de Carril donde una melodía tanguera es bailada por hombres. Pienso en la suerte del Loco Cepeda, autor de los primeros cinco tangos de Gardel, malevo y anarquista que murió a manos de otro compadrito  de un cuchillazo en la ingle en una disputa por el amor de “un pendejo”. La novela tiene como eje la historia de Cali, el presente en la casa de sus padres ya fallecidos, flashbacks que nos adentran en su infancia y juventud y el derrotero de su sexualidad, y sobre todo la aparición de un amigo del barrio que le ofrece un atraco al club Nueva Pompeya. Convertini contextualiza la trama con las obscenidades económica de la historia reciente de nuestro país. La versatilidad de Convertini se nota en ese registro tan arraigado al barrio que pinta a la perfección cada escena. El estilo del autor  propone que cada oración se convierta en un holograma , en una representación visual. New Pompey fue una de las novelas más celebradas del 2015, escalo en los rankings de los libros más vendidos de factoría nacional. Covertini deja la estela de su oficio de periodista en una prosa que combina  con la respiración del lector. Miro por la ventana y veo a “Los pibes de la 5” con las camisetas de River y el vino en cajita saltando de mano en mano. Los imagino detallando con precisión los pasos de su próximo golpe, fantaseo con la posibilidad de que alguno alce la mano para hablar y se confiese puto ante la mirada atónita de sus colegas malandras. Cómo dije antes, Horacio Convertini transforma en imágenes lo que escribe, o nos facilita una forma cómoda de usar nuestra imaginación.

Día 3 o Las trompadas, la madre, el fútbol… la literatura

Las personas siempre han contado cuentos. Mucho antes de que la humanidad aprendiera a leer y escribir, todo el mundo escuchaba cuentos. Y había narradores que los contaban mejor que otros, es decir, que la gente les creía más sus mentiras”.

Gunter Gräss

Último día de mi experiencia Convertini. Tres días, tres libros. El experimento es simple: subirme a un bondi, bajar y tomar un tren, bajar y caminar hasta un subte, bajar (subir) y tomarme otro colectivo y así. La idea es viajar mientras leo, que no es lo mismo que leer mientras viajo. Tomo el 720 y comienzo con El aguante, último libro de cuentos del autor de los dos libros arriba reseñados, Horacio Convertini. El primer cuento es el que da título al libro y allí nos encontramos con los engranajes de una barra brava, sus personajes, la operación corajuda de apoderarse de la bandera enemiga y sus consecuencias. “El Aleph de Doyle” es una parábola del futbolista ilustrado ante una secuencia decisiva e ineludible. El tren no sufre demoras, subo en Tigre y dejo que el aire acondicionado se me acomode en el centro de la cabeza, sigo leyendo. “Los fósforos” es una manifiesto existencial de una persona que por una mala decisión cursa el destino de la mediocridad.“Tan viejita y tan sola” es la tribulación de un hijo que esconde un recuerdo brutal sobre su madre. La gente sube apresurada las escalinatas cuando el tren se arrima al andén de la estación San Fernando, hay un rigor en la velocidad que excede la duración de los segundo en los relojes. El pitido que anuncia la partida y las puteadas generalizadas cuando las puertas se cierras a centímetros de las narices. “Uru” es una historia de iniciación: el grupo de amigos se junta para ver al Uru y rememorar golpe a golpe a su amigo de la adolescencia. “La propina”: una sesión de fotos a Divina Diva que termina en masacre. El asalto a un supermercado chino que no sale como lo planeado construye la trama de “Chinos”. En “Spam” un hombre entra en la desesperación en un edificio maldito. “El quejido de la mecedora” es un relato que crispa los nervios de los protagonistas y de los lectores ante el suave rechinar de la madera meciéndose. Bajo en Belgrano, camino cuatro cuadras por Juramento y emboco la boca del subte, paso la SUBE, me apiño entre las personas, mantengo la lectura a pesar de la incomodidad. “Veinticinco”: todos sabemos que las reuniones de ex compañeros de colegio siempre ocultan historias. El cuento “Bestia” lo escuché en el ciclo Siga al Conejo Blanco hace unos meses, no paré de reírme, ahora tampoco. Salgo del subte y veo la ciudad fundirse en ruido, gris y monotemática. Camino por Córdoba hasta encontrar la parada del 60 en una de las calles que la atraviesan. Acomodo mi espalda en el poste de luz y sigo con los dos últimos libros cuentos del libro. “La cadencia del final”: un escritor en busca de que el final de su novela no se desvanezca. “Lo que sea, cuando sea” y una historia sacada de la mente de Michel Gondry. Ya en el 60 con destino de vuelta, anoto apresurado en mi libreta de apuntes algunos items: Convertini nos deja sin la puntada final, nos borra de un plumazo el desenlace de los cuentos, nos deja impacientes ante el rulo conveniente que pretenden los lectores de herencia cortazariana; y así nos elide la posibilidad de lo convencional. Convertini juega con los espacios, los silencios, nos lanza el anzuelo con una carnada suntuosa y posible. Convertini escenifica la mayoría de sus cuentos en las inmediaciones de Pompeya. El fútbol, las peleas, la madre, la bandita de amigos, el escritor/periodista: elementos ficcionales recurrentes que nunca se convierten en lugares comunes. Las historias tan disímiles, tan distantes unas de otras, permiten que cada libro de Convertini sea un pequeño suceso de atención. El 60 gira y gira por calles inundadas de fierro y olor. Me duermo con el libro en la mano. El día terminó para mí.

La Soledad del mal (2012)

New Pompey (2015)

El aguante (2015)

Autor: Horacio Convertini

Editoriales: Eduvim, Extremo Negro, Notanpüan

Género: Novela y cuento

Se el primero en comentar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *