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Reseña #162- La poesía de la inocencia

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Por Janice Winkler

Tal vez esta sea mi última reseña del verano 2016 y por un tiempito. También había dicho esto —a mí y a Pablo Méndez — antes de que llegara CHUAN (Editorial Conejos, 2015). Pero venía con muchas ganas de leer este libro y la paloma mensajera de Solo Tempestad me lo trajo directo a casa, todo muy bacán. Las ganas venían por tres vías. Hace unos meses me encontré con su autora, Luciana Czudnowski, en una fiesta y me contó que la novela estaba por salir al mundo. Me alegré; me pone contenta cuando alguien que conozco, aunque solo de vista y un par de holas, publica su trabajo. Me alegra, en sí, que se publique, que haya producción editorial. En este sentido viene el segundo motivo de ganas: me gusta la tapa. Sí, soy repetitiva como una abuelita. Cualquiera que me conoce y que ha charlado conmigo sobre estos temas, y cualquiera que haya leído alguna de mis reseñas, sabe que el libro como objeto es importante para mí. El contenido, claro, es lo que cuenta, pero un lindo 19×13 cm como CHUAN para tocar, observar y oler antes de empezar la lectura es de lo más atractivo, alimenta las ganas de leer. Y el tercer motor era que sabía se trataba de una novela de aprendizaje o iniciación, como se las suele llamar, género que a mí y a infinitos lectores nos conquistó a través del gran y misterioso Salinger.

La narradora protagonista de CHUAN tiene el condimento esencial que me conecta con este tipo de novelas: su voz no tiene filtro y, por eso, me arrastra con su ímpetu pre-adolescente a través de las páginas. Esa falta de filtro, ese pensar y decir lo que se le ocurre, la lleva a expresar ideas discriminatorias, asquerosas, ofensivas; pero el lector no se horroriza, se sonríe, se enternece. La narradora tiene derecho absoluto a tal desfachatez, que se revela por medio de sus observaciones de niña, sus recuerdos y su mayor deseo: encontrar a Chuan, el dueño del supermercado chino amigo. La tiene loca de amor.

La panza me hacía ruido. Bajé las escaleras. Pasé por un lugar donde había personas sentadas esperando. Algunas sostenían frascos. No sabía si el pis de chino sería más amarillo que el nuestro. O tal vez, como el nuestro era amarillo el de ellos era blanco. Una señora salió apretándose el algodón del brazo. Tenía cara de buena, tal vez porque era gorda. Las gordas tienen cara de buenas, casi siempre.”

Li se quedaba todo el día en la casa. Al viejo que había llegado con ella no lo veía nunca. Quizás había desaparecido igual que Chuan. Ella me aceptaba la comida como si fuera dios. Yo la alimentaba y ella alimentaba a Mien con su leche. Era hora de pedirle algo a cambio. Se me ocurrió que si probaba la leche de Li tal vez me podría salir leche a mí. Entonces agarré un vaso y se lo acerqué a la teta.”

Los capítulos de CHUAN son cortos y marcan el ritmo de la protagonista, a paso rápido, dinámico, y muchos cierran a la manera de pequeños relatos autónomos, con finales armónicos como pasos de baile.

Las novelas de iniciación suelen ser como las road movies porque, aunque no haya una ruta, hay un viaje, una intención en movimiento de transformar estados, de pasar de la adolescencia a la adultez. La protagonista de CHUAN está entrando en la adolescencia y quiere andar con rapidez por un camino que ella se inventa en soledad. Tiene la ternura que, de vuelta — y porque soy repetitiva — hace que le perdonemos cualquier barrabasada que escupa así como así, siempre con la poesía de la inocencia que brota en todas las páginas.

Chuan (2015)

Autora: Luciana Czudnowski

Editorial: Conejos

Género: novela

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