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Reseña #62- Lydia Davis y yo, un viernes

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Por Ana V. Catania

Esta mañana fui a sacarme los puntos de la cirugía de mi muela de juicio. Debería dejar de llamarla cirugía. Al fin y al cabo no hubo corte, no hubo bisturí. La muela ya estaba afuera. Cariada, destruida; pero afuera. Sin embargo, hablar de cirugía lo hace parecer más urgente, brutal. Tampoco fueron puntos; terminó siendo uno solo. Horas después le diré a mi marido, cuando me pregunte cómo estoy, cómo salió todo, que resulta más incómodo sacarse los pelitos del entrecejo con la pinza de depilar.

Cuando me despidió, el cirujano, lo hizo con un beso y su mano apoyada en mi otra mejilla: un gesto que suelen tener algunos hombres y que me resulta tremendamente irresistible. Estoy segura de que mi marido me besó de la misma forma la noche que nos conocimos. El cirujano, a quién vi por primera vez hace dos semanas, y ese día se convirtió en mi premio Nobel de Medicina, y de la Paz, me dijo: que tengas un buen día, preciosa. Creo que toda mujer se merece un saludo así de vez en cuando. Sobre todo viniendo de alguien como él, que ejerció su oficio en mí de forma precisa y encantadora. Sin provocar trauma o dolor. Casi como un piloto que debe aterrizar su avión en una situación de emergencia, un tipo de aterrizaje forzoso, y logra desplegar su arte con maestría. Hace su trabajo como debe hacerlo.

Su mensaje, el mensaje del cirujano, resultó una promesa y una anunciación. Este viernes de junio, un día que nada tuvo que ver con el otoño, se volvió, a pesar de lo espeso, gris, y pegajoso, en uno de esos grandes días. La sincronización arrancó temprano: salí de casa a la hora que había dicho que iba a salir; llegué al turno puntual; no tuve que esperar la combi ni el subte; en la radio sonaba una canción que hace mucho tiempo no escuchaba; el café con leche tenía la cantidad justa de leche y espuma; salí del consultorio a las 10 30: una de mis horas perfectas.

Entré a la librería de la esquina sabiendo qué pedir. Rara vez me sucede esto de meterme en una librería con una decisión ya tomada. Pero esta vez fue una excepción. Horas antes había visto, en el perfil de Facebook de uno de mis contactos, una foto de una página de un libro de relatos de Lydia Davis. Recordé que era una autora que tenía pendiente hacía tiempo. Y ahora aparecía la foto de ese micro-relato, que me convocaba tenaz e íntimamente. Sabía una sola cosa de Lydia Davis: estuvo casada con Paul Auster. Nunca leí a Paul Auster. No me avergüenza decirlo; tampoco me preocupa demasiado no haberlo hecho. Intuí que iría a sucederme lo mismo que con muchas autoras mujeres, esposas o ex esposas o amantes o discípulas de autores hombres: se los terminan devorando. Y con ella, con Lydia Davis, no iba a ser distinto. Supe que iba a amarla antes de conocerla.

A las pocos minutos de lectura, ya estaba prendida. Fue una sensación similar a la que tuve con Lorrie Moore: también norteamericana; también ingeniosa y punzante y conmovedora. También extrañamente hermosa. En la librería me habían dicho que quedaba un solo ejemplar de No puedo ni quiero, el libro de relatos de Lydia Davis. Y era mío.

En el restorán voy de las páginas del libro a la porción de tarta y bocaditos de ensalada de tomate y verdes. Muchas veces sonrío. Otras, dejo descansar el libro entre mis manos y miro hacia arriba, perdida en alguna idea que acaba de entrar, como un rumor, por uno de mis oídos. Como, por ejemplo, que debería ser más disciplinada con la escritura. Debería volver a escribir algo cada día: una carilla; o veinte, diez, tres líneas. Alternar el cuento largo, en el que avanzo lentísimo, las reseñas mensuales, con escritos diarios. Un ejercicio, una gimnasia, que recomiendo a mis alumnos de taller, y que yo evito desvergonzadamente. Debería empezar a prestarme atención.

Pronto descubro algo en común con Lydia Davis. En un cuento sobre comer pescado afuera, Lydia Davis dice que, para que pase algo de tiempo antes de comer otro bocado o tomar otro sorbo de su copa de vino, trata de leer. Pero le es imposible. No logra entender lo que dice la página porque lee muy poco por vez. A mí también me ocurre lo mismo. Comer se vuelve más urgente. Termino dejando su libro a un costado, y llevándome porciones de tarta y de ensalada a la boca, en sincronía con la mujer de al lado, que pidió el mismo menú. No dejo de pensar, como hace Lydia Davis con su pez espada, que debería comer más despacio o el plato se acabará demasiado rápido. Es siempre la misma historia cada vez que salgo a comer y llevo un libro conmigo.

Quiero pegar un grito de alegría cuando descubro otro ejemplo fortuito, otro ejemplo inesperado de coincidencias, entre Lydia Davis y yo. Porque quizás, querida nueva amiga Lydia, no seamos tan distintas. Leo su relato sobre Flaubert y una visita al dentista. Antes de que me saquen la muela de juicio pensé en cómo harían, siglos o años atrás, para pasar por dicho trauma, por dicho dolor. ¡Qué atrocidad! Sin drogas, sin anestesia, el dentista arranca el diente de un Flaubert acobardado. Pero antes, en el camino, cruza el mercado de Rouen, y después una plaza donde, de niño, volviendo de la escuela, vio una ejecución. La guillotina estaba ahí: lista para caer sobre una pobre cabeza.

Entonces Flaubert piensa en cómo, años atrás, aquellas personas condenadas a muerte solían entrar a la plaza aterradas por lo que estaba por sucederles. Al igual que él, ahora. Sólo que para ellos era muchísimo peor. Mi madre me dijo, semanas antes de la cirugía (insisto en llamarla así, sobre todo a efectos de este relato) que pensara en las mujeres y los hombres que tuvieron que pasar por torturas, por vejaciones. Poné las cosas en perspectiva, insistió. Sin embargo, yo estaba demasiado ocupada en mi boca, en mi muela rota. En la idea de dolor en mi propio cuerpo.

Suena Feist en el Starbucks; una canción que me encanta y que se llama My moon, my man. Qué cosa más perfecta. Sigue la sincronicidad de viernes; la alineación de planetas para generar algo bello y placentero. Pienso con cuán poco soy feliz a veces. Con este café helado, por ejemplo. Con la música. Con el libro que me espera dentro de la cartera.

Cargo con varias bolsas a la vez. Decido poner las dos bolsas más chicas dentro de la más grande para no ir molestando a la gente a mi paso. Mi marido suele llamarme la atención con esta manía de cargar bolsas de más. Con esta insistencia mía en la torpeza y la incomodidad. A menudo tengo la fantasía de que abandono el mundo, o me mudo una noche, intempestivamente, después de guardar la mayor cantidad de cosas posibles, no en bolsos, no en una valija con rueditas, sino en bolsas. Atravieso la puerta de casa con mis pertenencias dentro de bolsas de diferentes colores, tamaños, y texturas. Me da la sensación de que cargo con diferentes pesos distribuidos, un poco caprichosamente, en distintos recipientes: a cada cosa le toca su espacio, un lugar. Así salgo de casa, aferrándome a mis pesadas bolsas, tres en cada mano, calculo, no más, golpeándose entre ellas; las bolsas chocando contra mis piernas.

Estoy cansada; se me cierran los ojos. Lo hago: cierro los ojos, por momentos, un par de segundos. Debe verse como si disfrutara de la música de un modo concentrado e íntimo. Le doy sorbos a mi frapuccino caramel: un homenaje a esta tarde de otoño que se ha metido con la primavera. Vuelve Lydia Davis y mi reciente convicción de escribir algo todos los días, a modo de ejercicio necesario y obligatorio, con la extensión que le corresponda. Sin mínimos ni máximos. Empiezo a escribir, entonces, veloz, en mi cabeza.

Lydia Davis dice que le negaron un premio literario porque dijeron que era perezosa. Tranquila, somos dos, querida nueva amiga Lydia. En su caso, lo que querían decir con perezosa era, simplemente, que usaba muchas contracciones: una maravillosa pornografía sintáctica que tiene el idioma inglés. Es decir, no escribía las palabras enteras cannot y will not, sino que en su lugar las contraía a can’t y won’t. No puedo ni quiero. Y pienso, cuando me subo al colectivo que me lleva de vuelta a casa, con el atardecer cayendo a mis espaldas, un cielo rosa surcado por anchas bandas moradas, ojalá yo tuviera ese mismo problema, Lydia. Ojalá.

 

No puedo ni quiero (2014)

Autora: Lydia Davis

Editorial: Eterna Cadencia

Género: cuento

 

 

 

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