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Reseña #106- Uno es el número más solitario

 

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Por Martín Sancia y Matías Bragagnolo

Ya no está bueno desde que te fuiste” (It’s just no good anymore since you went away), escribió allá por 1967 el cantante norteamericano Harry Nilson con el tubo del teléfono brindándole el intermitente tono de una línea ocupada, el mismo sonido que se emularía en la base minimalista de la canción que en ese mismo momento estaba componiendo, One, más tarde versionada por otros hasta el paroxismo. Con quién intentaba comunicarse Harry, quién se había ido, lo desconocemos, porque una libre traducción del verso citado, eludiendo el contexto, podría también ser “Ya no está bueno desde que se fueron”, obedeciendo a la ambivalencia del pronombre “you”.

Ante tal alternativa, surge una pregunta similar: ¿quiénes se fueron?

La misma pregunta que nosotros (Sancia y Bragagnolo) nos hicimos al comenzar a leer Postales de Río (Eduvim, 2013), la extraordinaria novela de Martín Doria.

Estamos en plena debacle post diciembre de 2001, y uno habrá sido el número más solitario para Harry Nilson pero aquí solitarios son los aberrantes números que pueblan los medios de comunicación argentinos: los de los índices de desocupación, de criminalidad, de pobreza, los del frívolo “riesgo país”…

Y el autor no tarda en brindar una respuesta a nuestro interrogante:

Todos se fueron.

Al menos para Luna, el apellido que denominará durante toda la novela al médico cirujano protagonista de “Postales de Río”. Todos se fueron, el mundo entero se fue de su cabeza, de su corazón, de su libido. El sexo extirpado al espacio exterior, la vocación ahogada en el síndrome de burn-out, el amor de una hija mutilado, el matrimonio acabado, las amistades ausentes, el bolsillo vacío, la amante en coma…

Postales de Río posee, en su cualidad noir, un claro nivel de intriga, una implícita búsqueda imperiosa de resolución, pero esa intriga tiene tanto de policial o detectivesco como podrían tenerlo clásicos del género como La bestia debe morir o El cartero llama dos veces. Porque en la etérea investigación que de la intriga se deriva, aquí el rol de la ley es superfluo: lejos de llevar adelante, de arrastrar en medio del caos el argumento en las clásicas sucesiones acción y reacción del hardboiled, las fuerzas policiales son un personaje más (con frecuencia superfluo), circunstancial, tan sucio como “los malos”, esos para quienes la vida ajena ya no tiene valor y ahora rodean a Luna en una vorágine de violencia y frenetismo cocainómano.

Leer Postales de Río nos remite a La muerte en Venecia (T. Mann, 1912), nos remite a La Peste (A. Camus, 1947). Porque Postales de Río es, también y precisamente, una relato sobre un mundo apestado. No por el cólera, no por la peste bubónica. Aquí es la peste de la miseria económica y espiritual la que enferma, la que carcome cada palabra de la novela, y Luna solo puede moverse como una sombra apestada entre las demás sombras apestadas que intentan escapar de lo que ya impregna incluso los huesos.

No hay aquí nada que pueda salvarnos. Ni siquiera una vacuna milagrosa, un Tadzio que nos ahogue con su belleza suprema. Y las drogas que quedan a nuestro alcance no sirven para anestesiar el dolor, no sirven para calmar el mundo. No dan alivio. Nada da, aquí, el más mísero alivio.

Porque estamos a la deriva en un país apestado, a merced de la música apestada que los apestados tragan como si tragaran sangre, de soluciones que solo traen pus. Más pus.

En ese universo se mueve Doria.

Ese es el universo al que Doria, el único sano, de a ratos salva con la contundencia de su prosa y al que, de a ratos también, con la contundencia de su prosa aniquila.

Postales de río (2013)

Autor: Martín Doria

Editorial: Eduvim

Género: novela

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