Reseña #717- Olvidar el tiempo, perdonar la vida


reseña

Por Miguel Sardegna

Hay una persona que flota, los amigos la visitan como a un fenómeno de circo. Hay una niebla que lo come todo, puertas adentro de una casa. Incluso hay un cavayo que germina en una maceta, el cráneo enorme, las orejas, los relinchos. Suceden cosas extrañas en los cuentos de Acá el tiempo es otra cosa, de Tomás Downey. Pero entre esas atmósferas enrarecidas, bajo la pátina del fantástico, asoma un hilo subterráneo y fatal: la familia. ¿Habrá notado esto Downey? ¿Estará de acuerdo con que su libro explora el horror de los vínculos familiares? Creo que no importa demasiado. Un símbolo excede siempre a quien lo emplea.

El primer cuento, “La nube”, mueve a pensar en la felicidad de la familia tipo: Martín en primer grado, Clarita en cuarto, papá, mamá. Hasta que llega una humedad pegajosa que hace saltar el parquet. Los hongos que lo sitian todo, volviéndola una casa tomada. La nube, la niebla en el living, en las habitaciones, la lluvia que marca un nuevo comienzo. ¿Soy el único que lee los libros de cuentos en riguroso orden? Se me ocurre que esta historia opera como una suerte de clave, sentando las bases sobre el modo de leer los cuentos que siguen. Hay algo de profecía o de castigo en esa lluvia puertas adentro. No estoy seguro de entender del todo sus implicancias filosóficas acá. Es bueno eso, me quedo pensando. Quizá ya no existan familias como esta, en tiempos de deconstrucción. Acá el tiempo es otra cosa. Como en “Quinta”. El argumento del cuento es sencillo y perturbador: se juntan dos parejas, enseguida adivinamos un encuentro swinger entre ellos. Lo único que nos llama la atención es el nene en el asiento de atrás del auto, acompañando a una de ellas. Bien peinado, arreglado como un muñequito de torta. Al fin entendemos, o creemos entender: una pareja comparte por un rato a su hijo con un matrimonio sin hijos. El tema de un niño como algo disruptivo, y deseable, vuelve a aparecer en “Ver a un niño”. Una distopía en la que un niño es una rareza que se exhibe y convoca curiosos. Corre el rumor de que apareció un niño en un barrio periférico. Deciden ir allá, a verlo. No saben qué es exactamente un niño. Ya no quedan niños en el mundo. Encuentran una cama de un tamaño desconocido, tendida. ¿Será una cama matrimonial?, pienso yo. Y un camioncito, también encuentran un camioncito. Se ponen a jugar, lo hacen ir y venir.

Dice Tomás Downey: “Un cuento no remata. Dispersa y confunde. Sedimenta despacio. Si el sentido colapsa y se agota en la última línea, está mintiendo”.

Downey muestra, jamás explica nada. Su literatura se construye a partir de imágenes cargadas de sentido, y de peligro. Descifrar esas imágenes corre por cuenta nuestra. Hay un riesgo en ese descenso. Oscar Wilde lo sabía. Quienes se quedan en la superficie, lo hacen a su propio riesgo. Quienes buscan debajo, también lo hacen a su propio riesgo.

Así, al narrador de “You Make Me Dizzy Miss Lizzie” le basta hablarnos del grosor de las paredes para pintar la complejidad de los nuevos vínculos familiares. Dice: “Las paredes del departamento nuevo eran mucho más finitas que las de la casa donde habíamos vivido con papá”. Eso es todo. No nos cuenta de separaciones o rupturas traumáticas, tampoco de mudanzas. Apenas esa línea, precisa y aguda.

Una cita más. En “Lobos”, a Mariela, la narradora, le cuesta reconocer a Luisa cuando la ve con la panza de seis o siete meses. Pasó mucho tiempo desde que fueron compañeras de primaria, los años cambian a la gente. La tía dice: es muy linda esa chica, pobre, podría haber hecho cosas. Un prejuicio feo. ¿Quién puede saber qué preparó la vida para cada uno? ¿Cuándo es un buen momento para pasar de ser hijos a ser padres? Estas preguntas me las hago yo mientras leo. No son del texto, o por lo menos no aparecen en la superficie. Ya dijimos que Downey se cuida de no dar explicaciones. Luisa vive sola, pero no le gusta vivir sola. Y entonces leemos: “Cuando abrió la puerta escuché un televisor. ¿Está el papá?, pregunté. Mi papá está muerto, dijo, y me miró raro por un momento. Pero enseguida abrió la boca, se señaló la panza. Ah, el papá. Se rio y sacudió la cabeza. No hay papá, vivo sola. Dejo la tele prendida porque no me gusta entrar a una casa en silencio”.

Acá el tiempo es otra cosa obtuvo el Primer Premio Fondo Nacional de las Artes 2013, y resultó finalista del Premio Hispanoamericano de cuento Gabriel García Márquez 2016.

 

Acá el tiempo es otra cosa (2015)

Autor: Tomás Downey

Editorial: Interzona

Género: cuento

 

Complemento circunstancial musical:

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