Reseña #827- Una ética del mar   ¡Actualizado!


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Por Adrián Ferrero

Libro plagado de ecos, de reverberaciones, de inminencias, Noche cerrada, mar abierto (2018), de Juan Bautista Duizeide, al ser abierto (precisamente) los potencia y los deja en libertad tanto como en suspenso. Es como abrir una suerte de caja de música porque logramos asistir a aquello que pocos libros nos permiten: los aromas, las intensidades, la furia, las mareas y los movimientos del mar. No sólo es un libro para ser leído sino, ante todo, para ser escuchado y presentido. En canon y contracanon, las voces se van relevando y, por turnos, dialogan. En esa polifonía estriba a mi juicio uno de sus mayores aciertos. Hay ritmos, cadencias, sonidos, métricas y una partitura  cuidadosamente compuesta, lo que permite admirar la eficacia de su arquitectura musical. En efecto, Juan Bautista Duizeide no sería tan temerario como para afirmar que escribe prosa poética. Eso no sería cierto. Pero sí que escribe historias en una prosa tan cuidadosa, artesanal y reflexiva en su composición que está atento al efecto también lírico además de fáctico de las tramas que refieren sus historias. Ese lirismo de orfebre le confiere a la prosa una densidad sémica más próxima a la poesía que a la narrativa en su acepción más convencional (pese a que no la paraliza en modo alguno su progresión ni menos aún en sus sorpresas). Escapa a esas gimnasias de la prosa habitual, más atenta a contar y razonar o a provocar de modo ruidoso que a percibirlas en todos sus rasgos perceptivos un instrumento tan rico como lenguaje que permite si es trabajado con sutileza percibir sus zonas más decisivas. Juan Bautista Duizeide está tan pendiente de narrar como del modo más elaborado y exigente de hacerlo. Este punto resulta crucial porque denota conocimiento y manejo del instrumento con el que se trabaja. Diestro, Duizeide confiere al lector el privilegio de ingresar en sus historias de modo atento a la materia en la que habla, por un lado.  Con conocimiento del oficio del que hablará, por el otro. Porque es piloto mercante graduado y ha recorrido el océano Atlántico, el Mar Báltico, el Mar del Norte, el océano Pacífico y numerosos ríos. Esto es: conoce de mareas.

Acontecen conflictos o sucesos inquietantes y enigmáticos que en ocasiones permanecen velados. Los narradores, con reticencia, de modo esquivo se guardan (pero insinúan) ciertas informaciones. Personajes que, a la vez que narran (a un auditorio, por solo citar un ejemplo), son narrados, en una deliberada puesta en abismo, lo que dispara una lectura y una reflexión metanarrativa profunda (pero no insistente) acerca de los mecanismos formales de la literatura en general y de ese cuento o de este libro en particular.  Y también disipa toda idea de que se puede tratar de un libro crédulo ingenuo en el que su autor no ha meditado a fondo sobre su concepción y su confección.

Sin la épica grandilocuente y afectada de un Hemingway (que se nota Duizeide tiene bien leído sin haberse dejado impresionar por sus hazañas pesqueras) pero asumiendo quizás algunas de sus premisas, de sus desafíos narrativos y de sus tretas, este libro llega también para contar historias de navegantes de un modo y no de otro. Habla y calla para producir su efecto más letal. Los silencios son primordiales en Noche cerrada, mar abierto. Tanto como lo son sus sonidos. Y eso también es una forma de referir una historia. A partir de lo que, de modo sofisticado, el narrador administra desde las ausencias o la sustracción de informaciones. Ello naturalmente induce en el lector a un cierto suspenso producto de lo que aspira a adivinar o espera le sea revelado en algún momento. Está a la espera. Y eso no siempre tiene lugar. A eso llamo buena literatura.

El libro de relatos dibuja una zona más interesante aún. Se suma a la música del texto arriba mencionada otro coloquio: el del discurso verbal con el discurso icónico de las artes visuales. Porque la artista plástica Fabiana Di Luca fue la responsable de brindar, mediante ilustraciones de interiores, el anclaje visual de las historias: su trama perceptible mediante otro código. Esta colaboración constituye también una cierta clave de lectura, desde otro lenguaje igualmente fecundo de las tramas de Noche cerrada, mar abierto. Permite que el blanco y negro del dibujo establezcan un coloquio con el blanco y negro de la tipografía. Y que las representaciones visuales, que no son estrictamente figurativas, adopten la posibilidad de leer desde la ambigüedad tanto como desde una cierta manera de dibujar zonas inciertas. El blanco y negro, por lo demás, al igual que el sepia, quién lo ignora, son tonalidades sobrias. Así, el libro no pierde jamás su carácter elegante (pero no snob).

El mar y la vida de los marinos que, como sombras chinescas, se recortan sobre él y muestran su soledad devastadora, su desolación, su desarraigo, el mundo festivo de las prostitutas, la camaradería, la distancia de los afectos, el placer de la bebida, el léxico náutico, las historias que se narran y las que llegamos a adivinar se narran a sí mismos producto de esa soledad irreductible que en un mundo demasiado masculino en principio no admitiría demasiadas sensibilidades sino más bien un pensamiento nervioso que busca siempre la compañía debido al posible susto de quedar a solas en un monólogo que podría atraer a los fantasmas más temidos. Si bien, como es sabido, los marinos pueden llegar a ser grandes solitarios sin impedimento alguno. Suelen acostumbrarse a esa soledad y hasta llega un punto en que la buscan.

Un personaje que, como un letimotiv, va migrando de relato en relato, cuya identidad conoceremos en todo su alcance (y quizás en todas sus repercusiones) en el último de ellos, como quien dice: “en el capítulo final”. Así es: Noche cerrada, mar abierto se deja leer (y prosigo con esta hipótesis) como una novela en relatos. Una gran ficción en episodios imbricados por armonías y disonancias, por la pasión, el destino o la fatalidad que suele ser casi siempre el mar para quienes a él se consagran. Entonces: entre episodios con autonomía e interdependencia a la vez, estas ficciones tal vez configuren una sola ficción total. Un coro, también. Una suerte de friso en el que mediante ciertas pinceladas, operaciones complejas y una urdimbre sonora la pintura de ciertas siluetas que realizan determinados actos (algunos previsibles a bordo, otros por completo inesperados) de ciertos marinos van tramando historias que en ocasiones remiten a su pasado mediato o inmediato también. A su vida reciente, distante o inminente.

Un aporte sustantivo de Juan Bautista Duizeide a la literatura argentina contemporánea. Llega también, con una extensa tradición por detrás tanto nacional como universal respecto de la literatura de navegantes, para proseguirla. El novelista del mar por excelencia, al que no haría falta casi ni evocar, Herman Melville, adopta sin embargo un “tono mayor” al que Duizeide es reacio. Más bien elige cierto perfil bajo, como quien dice. Una humildad a mi juicio sabia porque no habría de tener sentido alguno a esta altura de la vida del mundo erigir semejantes monumentos en caso, además, de disponer del genio para hacerlo. En ningún momento Duizeide se muestra negligente con la tradición de la literatura de navegantes. Muy por el contrario, diría más bien que le rinde un permanente tributo en primer lugar porque la honra, la realiza con respeto y la evoca con homenajes. Y es estricto en su manera de aludir a sus costumbres tanto como a sus estilos de vida sin por ello faltar a la imaginación narrativa. Duizeide Llega para decir cosas nuevas, con formas no diría radicalmente nuevas pero que sí que por sus temas introducen en el contorno de la ficción nacional un panorama a esta altura del milenio renovador o, en todo caso, prosigue su proyecto como escritor que a esta altura resulta por demás coherente. En ese contrapunto entre lo que antes se ha dicho y lo que se aspira a pronunciar de manera difícil  subyace el gran desafío. En hacerlo de un modo novedoso estriba el punto culminante que su inteligencia y su sensibilidad deben resolver. También su experiencia. Hay evidentemente un trabajo reflexivo a partir de lo que se ha vivido, de lo que se ha leído y de lo que se ha imaginado. Todo ello se traduce en una obra a mi juicio sobresaliente.

Y llego, al final de esta reseña, al título del libro, como en un oxímoron. Procuro atar un cabo. Ese mismo cabo que suelen tener que atarlo marinos a menudo en alguna zona del navío y que un narrador a la hora de titular su libro procura condensar sémicamente en una palabra o unas pocas. Lo hace porque la convención así lo dicta naturalmente (hasta la industria del libro) pero también para, de modo definitivo, decir lo que aspira a producir en los lectores (que puede ser precisamente lo contrario de lo que se propuso). De noche se suele dormir pero también de noche se suele soñar o velar. En los navíos por lo general hay personas que velan para mantener la nave en su curso tanto como para estar al tanto de las novedades meteorológicas o la información acerca de las aguas. Invocar a la noche y predicar de ella que es cerrada indica que durante la clausura de los ojos o la más íntima imposibilidad de desentrañar objeto o panorama alguno todo a lo largo de lo que ella dura, existe sin embargo, de modo subterráneo, algo que sostiene a ese navío y cuya sensación de apertura es también la amplitud del sentido o de los sentidos. Si en la oscuridad no se puede asistir prácticamente al espectáculo del mundo, sin embargo  ese mundo no ha dejado de existir ni perdido un ápice de su plenitud. Lo constatará la luz del día siguiente. La cerrazón y la apertura, como dos antónimos que desde el orden de lo semántico se plantean como clave de lectura del libro son entonces una forma de pensar los sentidos. Pero también, me parece a mí, ese mar abierto que se postula de modo afirmativo, constituye una apuesta a lo que tanto Duizeide en particular como la buena literatura en general se vienen proponiendo desde siempre. La posibilidad de abrir los significados y los sentidos en orden a producir las condiciones indispensables para vivir y pensar auténticamente y plenamente. Un universo de significados y sentidos, para el caso que Duizeide ubica en la escena del mar, que propone, ya como tema del libro una amplitud mediante la cual la apertura sea sinónimo de libertad subjetiva. De una ética del mar. Y de una ética a secas. Porque abrir los sentidos es dejarlos en libertad.

 

Noche cerrada, mar abierto (2018)

Autor: Juan Bautista Duizeide

Editorial: Leteo

Género: relatos

 

Complemento circunstancial musical:

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