Reseña #198- Apología al desplazamiento ficcional


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Por Ignacio Barragán

El viaje siempre implica un desplazamiento, un movimiento en el espacio físico-temporal que permite la incorporación de nuevas experiencias y momentos que normalmente no forman parte de una rutina. Beatriz Sarlo sostiene una teoría, en su ultimo libro llamado Viajes, ella habla del concepto de “salto de programa”, es decir, refiriéndose a la novedad del viaje, que uno “viaja buscando esa intensidad de la experiencia, algo que asalta de modo inesperado y original, fuera de programa y, por lo tanto, imposible de ser integrado en una serie” en síntesis, se busca la ruptura de lo cotidiano.

El último libro de Carlos Martín Eguía, La cueva de Anvers, tiene como punto de partida un viaje. Su personaje principal, Marcos, es un poeta a el que le encargan un libro y su tarea es terminarlo prudentemente antes de cierta fecha limite, para eso, no solo crea un personaje principal llamado German que después se diluye y desaparece de la historia sino que recrea todo un mundo ficcional en el que variados actores entran y salen de escena a su antojo como una buena obra de Chejov. La cueva de Anvers no es una obra literaria lineal en el sentido estricto de la palabra sino mas bien el conjunto de distintas realidades ficcionales que se van pisando unas a otras hasta el punto de unirse en una sola historia.

Pienso que la escritura de Eguia tiene mucho de Néstor Sánchez. Esa prosa experimental que juega con metáforas y se alarga en encumbrados juegos de palabras es un clásico del famoso escritor argentino. Néstor Sánchez, al igual que el autor de La cueva de Anvers son poetas que coquetean con la constancia de la prosa sin dejar de lado las grandilocuencias del verso. Son escritores que tienen que darle una vuelta de rosca más al texto, una coma de más, un gerundio irresponsable. Es así como se va desarrollando la lectura del texto, entre los ribetes rabiosos de la poesía y la linealidad de acciones de la prosa.

Además, existen otras influencias literarias en la obra de Carlos Martín Eguia, ellas son en principio Paul Auster en la costa oeste y Michel Houellbecq en la costa este ¿Por qué el escritor norteamericano y el escritor francés? Por un lado, Paul Auster en “La trilogía de Nueva York” realiza un mecanismo novedoso por el cual hay una dialéctica tanto con el personaje como con su narrador, en el cual el propio escritor es un personaje que confecciona la historia de él mismo en su propia novela. En la obra de Eguia pasa algo similar, el autor crea un narrador que a la vez inventa un personaje que convive tanto en su libro como en su vida ficcional, es decir, el autor sigue a su personaje principal por los distintos caminos del libro. Por otro lado, tenemos al Michel Houellbecq de “Las partículas elementales” que, al igual que el autor, involucra en su literatura conceptos y terminología propias de las ciencias duras como lo son la matemática y la biología y así poder reducir toda emoción o sentimiento a meras funciones vitales del sistema endocrino. En este punto, no podemos culpar Carlos Eguía por esta singularidad. Varios autores contemporáneos realizan esta misma operación últimamente, casi como tendencia inofensiva.

En conclusión, “La cueva de Anvers” de Carlos Martín Eguía es un ejercicio de ficción bien realizado pero que no carece de defectos. La insistencia con la que la realidad se cuela por los pequeños espacios del texto, como lo son las referencias al kirchnerismo, la inflación y variados amarillismos, desvirtúan el texto con esos mecanismos. No por eso su escritura deja de ser agradable y funcional a la lectura. Es un texto indudablemente vertiginoso, efusivo y poco predecible sin dudas, digno de una literatura argentina en la que convergen distintos puntos de inflexión.

La cueva de Anvers (2015)

Autor: Carlos Martín Eguía

Editorial: Años Luz

Género: prosa poética

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