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Reseña #203- Lo que aúlla y late

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Por Ana V. Catania

Desde chica tengo fascinación por el terror. He visto casi todas las películas que se produjeron en el género, en todas sus variantes. Desde los clásicos (Hitchcock, Argento, De Palma, Carpenter, Cronenberg, Craven) hasta las películas clase B, que en los 80 y 90, en VHS, sonaban infinitamente mejor.

Si busco definir la causa de esta fascinación, diría que es el gusto a sentir miedo y punto. A sentirse vulnerable, desafiado, perseguido, expuesto. Y sin embargo, no recuerdo correr a refugiarme entre mis padres después de Freddy, Myers o Jason; no recuerdo haber admitido el temblor. Recuerdo, sí, haberme ido a dormir llorando, enrabiada, cuando mamá pausó El silencio de los inocentes en la mejor parte: la escena de la autopsia y la mariposa de noche bajo el paladar. Presionó pause y me mandó directo a la cama. Cuánto me subestimaban, mamá y papá.

Del terror me gustan los climas, la música incidental, los gritos, los silencios; lo previsible y lo inesperado, lo que se esconde bajo la cama, lo que se agazapa y ataca.

Puedo aguantar dos horas de cine slasher o snuff; lo retorcido del terror balcánico. Podría ir más lejos, incluso. El dulce, dulce morbo. Claro que me controlo, me contengo. Como si esas películas estuviesen en el estante más alto del videoclub, las cajas de VHS tapadas con papel rojo, por la mitad: el estante prohibido, el que no se alcanza ni en puntas de pie. Mi único reparo  son los zombis: nunca pude terminar de ver una película de George Romero. Me aburren terriblemente los muertos vivos.

David Lynch llegó a mi vida a los 9 años, con Twin Peaks, y fue la revelación de un mundo. No sabría bien cómo explicarlo. Se acerca al más puro y lúcido sinsentido. A los 20 fue Michael Haneke: horror frío, metálico; la punta de una pistola invisible contra la nuca. O el efecto de una droga sintética que nunca probé. Es que el terror es, para mí, justamente, algo así como una droga. Eso: una inyección de adrenalina que, aún a los 36 años, necesito una vez al mes. Y si es con auriculares y a oscuras, mejor.

Con los libros del género debo decir que no he sido tan fiel ni tan constante. Estuvieron los clásicos libros de cuentos de la infancia y la temprana adolescencia: monstruos, fantasmas, muertitos. Hasta que llegó Quiroga, con sus animales sigilosos y su selva malvada. Y Bradbury, en inglés, con su feria de las tinieblas, un siniestro carrusel y el macabro juego de espejos. También hubo algo de Poe: tan oscuro como romántico. Mi primer coqueteo con lo gótico, al tiempo en que soñaba con bailar en Requiem Depeche Mode, The Cure o The Bolshoi.

Tengo dos cuentos de terror favoritos: “La lotería”, de Shirley Jackson, y “Dónde vas, dónde estuviste”, de Joyce Carol Oates. Cada vez que los vuelvo a leer me estremezco. Siento la frase que se convirtió en cliché, o lugar común, a nivel físico: el escalofrío que sube por la espina dorsal. O acaso la descarga eléctrica que produce un golpe en el codo.

Hoy me reencuentro con el género de la mano (y los dientes y la boca) de Mariana Enriquez, y su singular forma de terror, “que se desliza como un jadeo de agua negra sobre baldosas al sol” (Leila Guerriero). Y tengo la certeza de que este libro va a completar la tríada, la Santísima Trinidad.

En mis viajes de ida y vuelta del trabajo, sobre todo cuando cae la noche, me acompaña Las cosas que perdimos en el fuego, su último libro de cuentos; un libro que me esclavizó desde el nombre: el que alguna vez fantaseé con usar para un cuento mío, a propósito de la película de Susanne Bier, con Halle Berry y Benicio del Toro. Creo que casi todos conocen de qué va la historia. Pero hace poco descubrí, gracias a un artículo, que lo que inspira el título es, en verdad, la música (¿cuándo no?): un álbum de Low, banda shoegaze que he escuchado siempre de soslayo.

Completo el ciclo de lectura, esta experiencia única e intransferible (pero acá me tienen, haciendo lo imposible), con el corazón arriba del estómago y un escozor interno, milímetros debajo de la piel.

Subrayo e insisto sobre imágenes: huesos sin piel, pieles chamuscadas, degolladitos, muñones y dedos como colitas de calamar, hikikomoris, chicos encadenados y chicos-gato, chicas que se arrancan mechones del pelo a manotazos, altares de magia negra en Constitución, ¿espectros?, ¿brujas?, ¿vampiros?, el mito de un pequeño asesino serial, petiso y orejudo, puertas que se golpean brutalmente, que casi se vienen abajo, una casa que zumba, un doberman negro llamado Infierno; amenazas visibles e invisibles (acaso uno mismo como amenaza, siempre).

Recorro el miedo al otro, a lo otro: lo ajeno, lo extraño; así como el miedo que se desata cuando lo cotidiano se vuelve pavoroso: el unheimlich freudiano, del que he escrito a propósito de Heidegger, de los poetas románticos alemanes, o de Silvina Ocampo.

Vuelvo, con cada historia, a un mundo en el que me siento a la intemperie; pero, paradójicamente, en casa. A salvo.

Me fascino, nuevamente, con la posibilidad de encontrar el monstruo bajo la cama, donde siempre ha estado. Donde, por un instante, creí haberlo olvidado.

“Todos caminamos sobre huesos, es cuestión de hacer agujeros profundos y alcanzar a los muertos tapados. Tengo que cavar con una pala, con las manos, como los perros, que siempre encuentran los huesos, que siempre saben dónde los escondieron, donde los dejaron olvidados”, dice Mariana Enriquez en el cuento “Nada de carne sobre nosotras”.

Es que el terror es, para mí, insisto, una experiencia física. Como bailar fuerte, hacer ejercicio, o dar un paseo en montaña rusa.

Es una sensación en la boca del estómago, parecida al hambre. Al ansia. Un cosquilleo debajo del ombligo, muy parecido a la excitación. Es la entrada a un universo tan inverosímil como posible; un campo minado de posibilidades.

Es lo que aúlla y late.

Las cosas que perdimos en el fuego (2016)

Autora: Mariana Enriquez

Editorial: Anagrama

Género: cuentos

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