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Reseña #92- Lo que un tipo deja de decir cuando dice

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Por Verónica Pérez Arango

Ciento cincuenta gramos es una selección de algunos de los libros de Carlos Martín Erguía, como Phylum Vulgata, El sacatrapos, u Oso no hay nieve acá, a los que se sumaron cuatro extensos poemas inéditos, acompañados por un prólogo de Carlos Battilana.

En la antología preparada por Zindo&Gafuri aparecen las preguntas por la poesía a través de la poesía. Los poemas son acá, para la voz que enuncia, un lazo que no amarra, así de insustancial, tejiéndose alrededor de contradicciones, en el decir y des-decir.

Erguía, que se sumerge en los registros de la oralidad, experimenta en estos poemas conjugando la mezcla de expresiones populares del habla cotidiana con juegos con la materia sonora del lenguaje, como en el hilito/ lo tensan/ y resiste/ lo cortan/ y se anuda./ Lito, el hilito, nooo, el de Ariadna no,/el de las bolsas de arpillera,/ el sisal, ese, sí, el sisal; o en los paseitos al palo/ con las pendejas de la UES.

La prueba de diferentes combinaciones y discursos, y la posibilidad de convivencia de materiales y voces provenientes de ámbitos disímiles, vuelven a estos poemas un poco extraños o, quizá, un idioma del que sí reconocemos formas pero al que no podemos comprender del todo bien: siempre algo crucial se nos escapa. Los poemas de Erguía parecen querer evitar el establecimiento de lo legible. La claridad es engañosa. Entonces no hay reglamento perceptible/ extensión ni sueño/ realizable de antemano./ Hay a gatas un rudimento/ de sintaxis para admitir/ que el punto negro/ que se agranda es la zorra. Las roturas y la opacidad desestabilizan el sentido y es ese corrimiento hacia las zonas borrosas de la razón lo que provoca una especie de incomodidad en el lector. Porque Ciento cincuenta gramos no es fácil, no nos lleva de las narices hacia un lugar seguro y definitivo, sino que establece su misma resistencia: un dique para el sentido: el ángulo en que/ la significancia se deshace./ El ángulo desde donde un palo/ se ve quebrado por el agua.

El lenguaje no establece verdades ni la poesía construye una epopeya, dice acá el poeta; por el contrario: es un instrumento que muestra el quiebre de la lógica realista, incapaz, pese a todos sus esfuerzos, de describir, sistematizar, establecer, definir, casi casi incapaz de “decir” con éxito. ¿Cómo hacer entonces? ¿Cómo confiar en el lenguaje que heredamos? Quizás sean estos poemas largos de Cientos cincuenta gramos los que trabajen poniendo en crisis la gramática del sentido, los que abran un espacio donde sea posible deslizarse hacia la multiplicidad y la vitalidad de los significados mutables y de bordes imprecisos.

A diferencia del discurso académico que busca un reconocimiento de su palabra porque esa validación lo constituye y lo retroalimenta, con los versos de Carlos Martín Erguía tomamos conciencia de que el poeta se coloca mucho más allá que “del lado opuesto”, pues es la voz de quien no quiere ser reconocido, sacralizado y alimentado por especialistas habilitados para canonizar. Todo lo contrario, es la voz de quien no acepta transar con verdades unilaterales y, por eso mismo, usa la ironía para tomar distancia de todo, incluso de la propia poesía. Nada puede ser tomado en serio ni ser demasiado importante. No hay lugar para la vanidad, como si la poesía fuera ese bebé informe y gelatinoso que habla en el extenso poema “Beckett para principiantes”. Así: lo siento man/ no seré nada.

Ciento cincuenta gramos (2015)

Autor: Carlos Martín Erguía

Editorial: Zindo & Gafuri

Género: poesía

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