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Reseña #887- Este libro se parece a la palabra siempre

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Por Pablo Méndez

Lo que me une a Josefina Fonseca es algo extra literario. O por lo menos pareciera ser que lo es. Ella es licenciada en Ciencias de la Comunicación. Y los que pasamos con mayor o menor éxito por esa carrera sabemos lo que significa. Somos bichos raros. Nos percibimos, nos olemos, nos reímos, nos juntamos como si de una secta incomprendida se tratase. Es que muy bien no entendemos qué significa ser un cientista social. Principalmente, porque una a vez finalizados los estudios no sabemos de qué vamos a trabajar. En la carrera de abogacía, en el mejor de los casos, salen abogados, en el peor, presidentes. La carrera de Ciencias de la Comunicación escupe seres extraños que pueden trabajar de muchas cosas: periodistas, investigadores, community managers, docentes, expertos servidores de cafés y sobre todo grandes jugadores del Carrera de Mente (el famoso “Preguntados” para las generaciones virtuales). Somos una especie de comodín académico que puedo hablar de muchísimas cosas sin saber para qué necesitamos toda esa información. Sabemos de cine, literatura, teatro, política internacional, números fractales, pero al terminar el día desconocemos cómo es posibles que nuestra SUBE se encuentre en menos 40. Nacemos en la indefinición, patinamos en la nebulosa del conocimientos, somos los capitanes del barco de la incertidumbre. Una vez una escritora, me reservaré su nombre, me dijo que los Comunicadores Sociales éramos los primos hermanos del campo de los egresados en letras. Teníamos la teoría, la metodología en investigación, el espíritu crítico, pero nos faltaba ese roce citadino que otorga la sofisticación. Algo así como un Walter Benjamin en ojotas dándole de comer a las gallinas, o un Ferdinand de Saussure cruzando la 9 de Julio con miedo pueblerino de que lo pise un auto. Esto a grandes rasgos es una aproximación general. Vayamos a lo particular. Hace aproximadamente dos años, Josefina Fonseca me pidió la posibilidad de reseñar libros en Solo Tempestad, reseñar libros de poesía. Dato a tener en cuenta, los reseñadores de poesía son tan infrecuentes como encontrar a Martín Kohan vestido con ropa de Nike. Por supuesto, si hay algo peor que los comunicadores sociales son los editores de medios culturales. En pocas palabras, exploté (en el sentido más neoliberal del término) a Josefina Fonseca. En la primera entrega le di prolijamente guardados en un sobre marrón diez libros de poesía para reseñar. Por supuesto, porque si hay algo que resaltar es que Josefina es muy aplicada, entregó las diez reseñas respetando las fechas que habíamos propuesto, situación que me extrañó aún más, si hay algo que los reseñadores, no ya de poesía sino de cualquier género, no hacen es entregar las reseñas en fecha. Luego de esa maratón de lectura y escritura, Josefina me dijo que tenía que hacer un viaje y que no podía seguir reseñando por un tiempo. Por supuesto no le creí y supuse que necesitaba respirar y salir de manera elegante del yugo de su editor. El viaje era cierto y las ganas de seguir participando en Solo Tempestad también lo eran, una vez regresada del viaje le entregué en otro sobre marrón prolijamente cerrado nueve libros más. En total Josefina reseñó diecinueve libros de poesía para solo Tempestad. El rigor analítico, la sintaxis impecable, la mirada distinta, eran características que mantenía en todos sus textos. Como sabrán los editores somos gente despreciable e insegura que intenta por todos los medios encontrar errores gramaticales, reflexiones ambiguas, insustancialidades conceptuales, para sostener su lugar jerárquico en la pirámide de obligaciones. Nunca pude corregir una coma en ninguna reseña de Josefina. Hay algo que aquellos que escribimos anhelamos con profunda pasión: encontrar el estilo. Así como Kubrick filmaba bajo la estricta simetría de Leonardo da Vinci, así como Glenn Gould hacía propia la respiración de Bach, así como el Chelo Delgado hizo infinidad de goles con sus famosos tres dedos, Josefina Fonseca increpa lo que escribe con la cadencia de su personalidad: la naturalidad en estado de exaltación. Es por esto que su primer libro: Sara Gallardo, La mujer de humo, es imprescindible. Entra dentro de la lista de libros, junto con Escritos en el viento y Macaneos, necesarios para visibilizar la geografía de una autora inconmensurable. Porque más allá del compromiso intelectual con un personaje de la literatura negado por la prepotencia de género, más allá del rastrillaje de datos posibles e imposibles, más allá de convertir una tesis de grado en un libro disfrutable para todo el mundo, la escritura de Josefina Fonseca se aleja de la pose del ya remanido campo literario para condensar la autenticidad de su pasión. Las elecciones nos definen. Y Sara Gallardo es el primer eslabón de su producción, es salir a la cancha con la responsabilidad de quien debe demostrar su talento. No en vano eligió retratar a una mujer adelantada a su tiempo, que fue contra la tradición y resistió el mandato castrador. Desde el punto de vista más formal podemos decir que este libro no es una biografía en el sentido más estricto, Josefina aúna géneros, como pasos de baile en una calle mojada. Así como la contemporaneidad suscita una renovación de géneros, Josefina hace menguar la estructura a su antojo, con la seguridad que da el capricho creativo. Cada capítulo de Sara Gallardo, La mujer de humo, tiene vida propia, y aquí es donde la biografía despeja su plumaje para volverse algo superior: un ingente ornitorrinco de la prosa (entrevista, crónica, dramaturgia, poesía, enumeración de datos inmodificable). Y en esa épica de la conjunción es que este libro, editado por Años Luz, editorial acostumbrada al riesgo y a la apuesta sin medir consecuencias, se libera del condicionamiento académico para ser simplemente un libro. No toda tesis termina en un libro. Natural ante la complejidad, auténtica ante ese fantasma que es la mirada que avala o condena, Josefina orbita en el universo de la intelectualidad como una supernova cuyos rastros serán vistos en la posteridad. Quizás uno de los grandes desafíos de los trabajadores de la palabra sea darle voz a los personajes, y en este libro escuchamos brotar desde el filo de las páginas la voz de Sara. Pero no solo su voz, también su enigma y esa belleza que Gelman aparentemente retrató en Gotán: Esa mujer se parecía a la palabra nunca. Permitámonos ir más allá: esta no es la ópera prima de Josefina, es la contemplación de su futuro. Porque Josefina es comunicadora, poeta, biógrafa, reseñadora, pero será cuentista, novelista, ensayista, astronauta, arqueóloga o cualquier cosa que se proponga.

Sara Gallardo, La mujer de humo (2019)

Autora: Josefina Fonseca

Editorial: Años Luz

Género: biografía, crónica

Complemento  circunstancial musical:

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