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Reseña #520- Pantalones tan lindos como poesía

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Por Miguel Sardegna

Pantalones azules, de Sara Gallardo, comienza con un haiku. Una de  las  formas  tradicionales  más  extendidas  de  la  poesía japonesa. ¿O es una impresión mía?

El haiku es un poema de diecisiete sílabas, distribuidas en tres versos de cinco, siete y cinco  sílabas. Pero en realidad no importa tanto la cantidad de sílabas, sino el espíritu, la respiración de los versos.

Dice textualmente el primer renglón de Pantalones azules, aunque yo me permito acá cortarlo en versos:

En la estación

el olor del verano y la gente

formaban un río bajo las cúpulas oscuras

Ezra Pound fue el primer occidental en escribir un haiku. Y su haiku también tiene una estación y una multitud. Quizá de ahí viene esta asociación.

En la revista “Vorticism”, Pound cuenta que una tarde al salir de la estación de La Concorde, vio repentinamente una cara hermosa, y entonces otra y otra y otra más. Cuenta que intentó encontrar las palabras para expresar lo que había significado aquella vorágine, pero no lo consiguió, o al menos no consiguió dar con palabras que merecieran la pena, o que fuesen tan hermosas como aquella repentina emoción. Recién un año después escribió:

En una estación del metro

La aparición de esas caras en la multitud

pétalos sobre una húmeda rama negra

¿Habrá conocido Sara este haiku? Rastreo la fecha de publicación. 1913. Curioso cómo Japón me persigue, incluso en una novela tan Argentina. Aunque quizá no sea arbitraria esta relación con Pound que arma mi cabeza.

A primera vista, Pantalones azules es una historia de amor. Los enamorados se han comenzado a alejar. Quizá no fue buena idea postergar tanto el matrimonio, esperar a que él se reciba de arquitecto. Se achacan mutuamente estar raros. ¿Me habrá dejado de querer?, piensa Alejandro. Vos también estás raro, dice Elisa. Y cuando uno se convence de que la historia va por ahí, que no encontraremos nada que no tenga que ver con ellos dos y, claro, con otra mujer (de hermosos pantalones azules), aparece una pistola. Leemos que Alejandro tiene el impulso de llevarse la pistola a la cama y dormir con ella bajo la almohada, pero después de abrirla y cerrarla y de apretar varias veces el gatillo vuelve a meterla en el cajón, entre la ropa. ¿Para qué es esa pistola?

Brizuela cuenta que en esa clave de amor fue leída la novela por sus contemporáneos, hace más de cincuenta años. Pantalones azules fue publicado por primera vez en 1963. Ese es un movimiento que provoca la novela: obliga a pensar en hoy y en hace cincuenta años. ¿Qué cambió? ¿Qué no cambió? Hay un Buenos Aires reconocible en la novela. La Buenos Aires de los trenes, las cúpulas, la playita de Olivos, Tigre. Una Buenos Aires de saco y corbata, y de máscaras.

Resulta agradable encontrar el coloquialismo del che. Hay palabras que refuerzan una nostalgia, a pesar de la atemporalidad que impregna cada página: cinematógrafo, por ejemplo. Qué hermosa palabra que es cinematógrafo. Pantalones azules podría haber sido escrita esta misma mañana, pero entonces aparecen esos destellos que nos sitúan en el pasado, como cinematógrafo. También vemos que cuando la chica de pantalones azules se desnuda para Alejandro, deja a un lado de la cama su corpiño con hombreras. ¿Siguen existiendo los corpiños con hombreras? O se menciona al tranvía. O un bar en el que no todos conservan el saco puesto. Solo ahí, en estos intersticios, se filtra el tiempo de Sara Gallardo.

Alejandro está enamorado de Elisa, dijimos. La quiere al punto de aguantarse a su familia. Pero también es capaz de atentar contra el frente de una sinagoga o contar balas como distracción. Pantalones azules no es simplemente una historia de amor. Sino que pone en escena un mecanismo mucho más sutil.

Pantalones azules

Autora: Sara Gallardo

Editorial: Fiordo

Género: novela

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