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Reseña #144- De cómo convertirnos en los Glass de un conurbano profundo

 

 

 

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Por Josefina Saffioti

Voy a decir lo impronunciable, lo que ni yo podría creerme. Si Houellebecq en su poética reunida puede escribir “No le temáis a la felicidad: no existe”, acá viene Sagrada con sus cuentos a transmutar las palabras y sus significancias: como una tapa de Clarín, podría animarme a declamar “la felicidad estaría existiendo por antonomasia”.

Uno: vení, tomá, agarrá el libro, abrilo, leelo en el 343 de Tigre a Liniers, recorrelo de nuevo porque ese trayecto te sobra, descubrí la magia de un dibujo que hace llorar, choreale el arma a unos canas, creete la vida feliz de una caja de playstation llena de guita, viví la especulación de un pañuelo que siempre te da moneditas de un peso devaluado, desordenate la cabeza pensando en que podés sostener un arma y matarlo a tu viejo. Delirate.

Dos: Gálvez Romano destila fantasía alucinógena en sus relatos y traza una contienda familiar al estilo Salinger con menos glamour, más hiperrealismo y borderline. Una familia desmantelada, una hipoteca de cara al riesgo de los desechos noventistas. La parábola, o el oxímoron de la realidad y a pesar de eso, sabiduría eficaz. “A veces la diferencia entre estar viva o simplemente morirse es pura suerte”, nos suelta en “Dibujito”, el segundo relato ficcional –pongamoslé-, del libro que tengo hace un mes en la mochila tumbera. Refleja la caridad de la existencia de cuán evidente es todo lo que no nos estaría saliendo bien.

Tres: en su mismo relato poético, un francés cínico contemporáneo nos redime solidarios: “Un poeta muerto ya no puede escribir. De ahí la importancia de seguir vivo”. Es entonces cuando Gálvez Romano nos eleva hacia un materialismo formal, cual pintada de San Telmo rezando “no nos vamos a morir, nos da paja”. Sabiduría táctil y concreta, haciendo caso omiso elegíaco. “Que no pase nada- dije sin pensar- Dios, que nunca pase nada”, homilía residual de “Chicharra”, cuento cinco de este mismo libro que me mantiene persignada ante lo revelado: placer por matar-muerte-morir, pulsiones neuronales y específicas de la especie humana.

Cuatro y basta: seguimos vivos a fuerza de aguante. Y nos vamos a morir porque las razones sobran, pero nunca por fuerza hospitalaria. Sagrada describe no un páramo perdido sino una reloaded de la poesía carcelaria, un “pintó el arrebato” pero en prosa sabia y desteñida de amores sufragados. Se coge de parado en la cocina mirando a tu marido desde la vereda de enfrente. Se trafican drogas en un espacio que sirve para coger con alguien que no es tu marido mientras lo mirás por la ventana. Se caga a palos a alguien para dejarlo pelotudo, pero nada de hacerlo morir por nada. Se tienen códigos.

Pero cinco, para redondear: todo lo podría resumir en “vivimos en el mundo de Salchichas Marca Dia” pero no de forma contemplativa, sino con la felicidad amparada en un Siempre vamos a tener qué comer, con el plus glorioso de una sentencia esperanzadora: “todos nos pasamos de merca alguna vez, pero este se bajó a dos ratis” y saber, exactamente, que la felicidad era eso.

Sagrada (2014)

Autor: Gonzalo Gálvez Romano

Editorial: Wu Wei

Género: cuento

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