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Reseña #103- Música para oficinas

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Por Lucía Alvarez

Hipotecar la vida de 9 a 6 en un cubículo cerrado es el costo de supervivencia y status de clase media en la vida moderna. Las oficinas fabrican un tiempo fuera del tiempo. Son inmunes al frío y al calor. Establecen una rutina en la que entes uniformados cumplen su rol, adaptados a una estructura de poder impuesta. Dentro de los cubículos grises, los androides se enamoran, lloran, se enferman, mueren. El sexo de oficina es parte del juego. O parte de la burocracia del aburrimiento.

En Workaholic nadie tiene nombre. La Nueva. La Obesa Depresiva. El Gerente Financiero. La de Contaduría. Todos son personajes estereotipados, y por eso mismo, reconocibles en la vida real. Los roles que los empleados adoptan en el medio laboral son rótulos asumidos, nadie va más allá de lo que se espera de cada uno.

La protagonista de Workaholic es una chica rubia sofisticada, cínica y abiertamente antipática. Se sabe inteligente y atractiva. Autómata posmoderna inmersa en el nihilismo plástico, no aspira a la revolución de las masas oprimidas, sino que propone una resistencia individualista y pasiva: el esfuerzo mínimo. Y marca un límite: Lo único corrompible es el cuerpo.

Ella encarna su propia filosofía. Elabora una estrategia para sobrevivir en el ajedrez corporativo. Es irónica y filosa con sus compañeros. Es amable y dulce si debe serlo, pero no tendrá reparos en mostrar su cara maquiavélica para alcanzar sus metas. Establece un juego de seducción con sus jefes. Nunca se enamora. Su única debilidad es el poder. Cuando se siente agobiada, se refugia en fantasías en las que se ve como una Jessica Rabbit siglo XXI. Está obsesionada con el jefe máximo de la clínica: El Doctor. Un ser omnipotente del que poco se sabe, al que todos temen y obedecen.

Parte de la premisa de que las relaciones de trabajo son más libidinosas que intelectuales. El sexo es el escape animal a las presiones laborales; es el acto de rebeldía dentro de un entorno robotizado y servil. Porque lo último que nos pertenece es el cuerpo, ella lo utiliza como herramienta de sublevación.

Hambrienta de un poder que no sabe manejar, su alma corrompida se corporiza cuando empieza a enfermar. Aquí habrá un quiebre, porque de repente la chica material siente. Sufre. Llora. Hace cálculos y planea el día de su renuncia. Se imagina una vida sin compromisos, sin límites de horario. Escribir, hacer cursos, terminar una carrera inconclusa, hacer danza, teatro, cocinar. Se pregunta si es posible vivir al margen de la estructura demoníaca de cubículos. Y acepta el desafío. La incertidumbre económica será el costo de la libertad.

Workaholic o la rebelión de los mediocres (2015)

Autora: Natalia Gauna

Editorial: Milena Caserola

Género: novela

 

 

 

 

 

Un comentario

  1. […] Hipotecar la vida de 9 a 6 en un cubículo cerrado es el costo de supervivencia y status de clase media en la vida moderna. Las oficinas fabrican un tiempo fuera del tiempo. Son inmunes al frío y al calor. Establecen una rutina en la que entes uniformados cumplen su rol, adaptados a una estructura de poder impuesta. Dentro de los cubículos grises, los androides se enamoran, lloran, se enferman, mueren. El sexo de oficina es parte del juego. O parte de la burocracia del aburrimiento. Continuar leyendo. […]

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