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Reseña #899- Reescrituras del Rey Arturo

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Por Adrián Ferrero

     Es sabido. Toda historia cuenta muchas otras. Precisamente, esta adopta la forma de una constelación. O, mejor, de una estructura arborescente. Porque rodeando a la figura troncal del Rey Arturo (que sería su hilo conductor), son referidas toda una serie de otras vinculadas a algunos de sus familiares, magos del reino y caballeros de la corte que le son leales o bien conspiradores al trono que él detenta. Hay otro caso: su mito de origen.

     En efecto, en dos paratextos contenidos al comienzo del libro, Pablo Gianera da cuenta de cómo este remoto guerrero de las Islas Británicas, que afirma vivió “por el siglo VI, llegó a convertirse, con el paso de los años, en el rey más famoso de todos los tiempos” (p. 8). Agrega que “Estas aventuras aparecieron mencionadas por primera vez en el siglo XII, en la Historia de los reyes de Britania. El autor de esa Historia, un clérigo galés llamado Godofredo de Monmouth, reunió en su libro algunos elementos de las leyendas folclóricas locales, que hablaban sobre un guerrero, y los vinculó a menciones de los historiadores referidas a un valiente rey” (p. 8). Concluyendo que hubo continuadores que sumaron episodios y recrearon la historia originaria. Entre ellos, el que más destacó fue Chrétien de Troyes,  quien en la segunda mitad del siglo XII, escribió una serie de novelas sobre Arturo y su universo narrativo. De modo que, ya demos, ha habido toda una labor de investigación y rastreo por parte de Gianera de este rey que ha actuado de modo tan protagónico en la literatura occidental, en especial la europea. Las aventuras de caballería dieron lugar a un género: las novelas de caballería. Se trata precisamente del género que El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha (1605) viene a parodiar con su célebre personaje, cuando llega al punto de leer tantas que “pierde el seso”. Y confunde ficción con realidad. Estas novelas,  palpitantes, plagadas de avatares y peripecias, de brujos y embrujos, narran también aventuras y romances con damas, princesas y reinas. Justas y luchas entre caballeros o contra la hechicería de los magos o magas, algunos de los cuales son sin embargo bienechores, como Merlín. 

     Fundamentalmente encontramos en estas historias de Gianera ciertos rebrotes del amor cortés, de las justas de caballería, de la aventura, de la magia y los hechizos,  los conjuros, las lealtades y las traiciones, las disputas por el poder por el trono de un reino (el que Arturo conquista pero también sostiene). Y naturalmente, esa tradición que hizo famosa a la trama central de la historia legendaria de la espada clavada en una piedra de la cual Arturo a sus quince años, fue el único capaz de extraer sin el menor esfuerzo y devenir monarca. Luego de similares e infructuosos intentos en vano de los caballeros más poderosos de la corte.  

     Cada capítulo del libro, sin embargo, como adelanté, no tiene por protagonista a Arturo. En algunos casos eso sí ocurre. Pero en otros se trata de su sobrino, de su hermana Morgana (por momentos malvada, luego devenida amistosa pariente), de un caballero leal o bien del comienzo de la historia que se remonta a su nacimiento y cómo fue criado. Este es un punto interesante y algo oscuro. El Rey Uther, un rey justo, y la reina Igraine, logran su unión merced a la intervención mediadora del mago Merlín, que es convocado para realizar un conjuro y de ese modo lograr el enamoramiento y más tarde el nacimiento. Merlín también profetiza la llegada a este mundo de Arturo y asiste al modo en que la serie de episodios se consuman. No obstante, Merlín impondrá una condición en virtud de la función que oficiado en esta cadena de sucesos: que le sea entregado el bebé recién nacido. El responsable de criar del bebé será el caballero Ector, “uno de los hombres más bondadosos de todas Inglaterra”. Aquí, en este preciso instante, con este nacimiento, es donde da comienzo la historia de Arturo, si bien no estamos en las primeras líneas del libro, sino en las últimas del capítulo Uno. La historia “del rey más famoso de todos los tiempos”. 

     Las historias narradas en el libro bajo la forma de capítulos o partes, si bien se amplifican, no son dispersas ni tampoco excesivas. Más, bien, por el contrario, tienden a la economía, a la condensación de sentidos, son breves, no hay dispersión ni extravíos en los significados de cada aventura, si bien algunas de ellas están conectadas. Están narradas según una sintaxis blanca, un estilo simple y diáfano pero no simplista, llano y su decurso es ameno. Recordemos también que al tratarse de un libro de aventuras los episodios resultan sumamente atractivos. En parte por lo que se va lentamente revelando de la historia originaria. En parte por los sucesos mismos que selectivamente van teniendo lugar que evidentemente Gianera recorta de una historia mucho más frondosa. No descarto de todas formas que el trabajo de reescritura de Gianera haya integrado nuevos elementos al argumento. No en lo sustancial naturalmente. Pero en este “volver a narrar”, es mucho lo que un autor es capaz de aportar sin traicionar por ello la historia: los puntos de vista, los narradores, las formas y el lenguaje literario que es trabajado en un sentido o en otro según las decisiones estéticas que cada escritor aspire a otorgarle a su obra traducida en una poética. 

     Pablo Gianera diera toda la impresión de realizar algo que los estadounidenses denominan el “retelling” y que autoras como Ana María Shua en libros como El libro de los pecados, los vicios y las virtudes (2002), El libro de la sabiduría (2003), El libro de las mujeres (2005), Todo sobre las mujeres (2012) o del que otros autores han declarado servirse como operación creativa. En palabras sencillas, consiste en contar con las propias palabras del autor pero concibiendo siempre con pinceladas singulares su versión de una trama previa, tramas populares o anónimas o bien incluso de autor. Gianera juega todo el tiempo entre lo que ha sido escrito, lo que se ha dicho sobre Arturo y lo que se ha escrito a partir de lo que ha circulado. A lo que él, en una posición en abismo suma su propia versión y revisión. En este caso existe una fuente escrita, una pluma de autor (o más de una), por lo que podría afirmarse que a partir de ese texto-fuente llegamos a este otro texto-meta que sería Historias del Rey Arturo y de sus nobles caballeros de Gianera mediante operaciones de mediación y reescritura. 

     Pienso que si bien existe esta idea parcial del “retelling” (que no es la fundamental) hay también un intertexto literario explícito que no solo se declara como antecedente, tiene autor (no es anónimo, si bien las fuentes originarias que le dieron origen sí lo fueron). En estas reescrituras interesantes de Gianera se percibe una pluma ágil, culta, erudita, preparada y que evidentemente está familiarizada no sé si con la literatura infantil bajo una forma profesional pero sí con un perfil de autor que es perfectamente capaz de adaptarse con ductilidad a ella y de hecho lo hace con sabiduría, destreza, conocimiento de su lectorado, pericia y capacidad de transposición literaria. También de coherencia estética entre sus principios de un trabajo con la altura cultura tanto en su labor para adultos como la de, en este caso puntual, niños. Quiero decir: Gianera sabe a la perfección cómo conmover a un niño. Por el otro, cómo volver accesible y comprensible un pre-texto édito que fue originariamente escrito para adultos. Y lo hace de modo cautivante, mediante tramas que podrían ser pensadas, en un punto, tal como lo fueron en su origen, para un público de otra edad y de otro continente con otros referentes culturales. 

     En esta idea de Gianera de que solo selectivamente solo las historias más seductoras quizás de la gran historia de Arturo sean narradas, hay un criterio acertado y hay un objetivo claro respecto de cuál es el fin último del libro. No es un resultado pasatista. Pero tampoco una propuesta de índole erudita (si bien es evidente que Gianera ha realizado una documentación sobre los materiales o pre-textos éditos). Más bien Gianera abandonará sus saberes eruditos para ir al encuentro de mayor plenitud del arte de narrar al igual que el lector, mediante esa misma operación, se abandonará especularmente al más puro placer de leer. Las operaciones se terminan por implicar recíprocamente entonces.

     El autor bajo la forma de un palimpsesto reescribe lo escrito. Esto resulta siempre sugestivo pero también complica al autor en una serie de operaciones no siempre fáciles de resolver. Porque lo ya escrito supone no ser ni repetido ni desmerecido en su jerarquía, por un lado. Por el otro, exige diría yo también ser “desviado” de su orientación originaria. No en lo sustantivo. Pero si el autor aspira a lograr una cierta identidad estética que lo singularice, así debe ocurrir. Por eso resulta tan valioso el aporte de Pablo Gianera. Porque a partir de una historia antiquísima construye un cuento infantil (o varios bajo la forma de vertientes de un mismo cauce). Reescribir lo escrito importa siempre una práctica social desafiante. Para quien la va a ejercer porque lo sitúa en un lugar de demanda. No puede traicionar al original, tampoco copiarlo ni menos aún reproducirlo. Porque escribiría una suerte de “Pierre Menard, autor del Quijote”, al estilo de Borges. Si bien sabemos que esa operación dista mucho de ser insincera tampoco sería la más acertada para el presente caso. Su tarea es y deberá ser otra. Más original, más radical, más entusiasta en su intensidad. Eliminará, dado que está dispuesto a trabajar con el público infantil, todo lo accesorio, toda información prescindible que pueda no ser funcional a la narración fáctica. Y, a mi juicio, con inteligencia reduce la narración a sus capítulos primordiales. Esos episodios remiten ineluctablemente a momentos culminantes de acción. De este modo, también actualiza la historia, le atribuye vigencia, le quita toda remezón antiquísima, le confiere modernidad, la agiliza, la vuelve dinámica y galopante, al igual que esos corceles que, precisamente, por ella cabalgan al galope. Y sin ser un conjunto de narraciones de ritmo trepidante, sí diría que cabe en ella el cambio de suerte, el golpe de timón. Se trata de un conjunto de historias en el que ocurren muchas cosas. Y cosas importantes.

     El verosímil es fantástico y se rinde al propio de la tradición maravillosa, porque son habituales en ellos la presencia de la magia, las hechicerías, los embrujos, como dije, la presencia de la espada que solo puede ser retirada por una sola mano.  Una mano real o, en todo caso, en ese caso principesca. La existencia de objetos como talismanes que se vuelven protectores de enamorados a través de secretos poderes. Pero toda la imaginería de caballeros, príncipes y princesas también remiten a un universo sémico del cuento maravilloso por excelencia por dentro del cual la magia es un componente más, entre otros.No se trata, eso, está claro, de los cuentos que la convención da en llamar “realistas”. Tampoco “de hadas”. Ingresa por supuesto a esta altura del milenio en la ficción histórica dada la índole remota de la trama y su ambientación antigua.

     Esta narración del Rey Arturo y sus caballeros, además de quienes habitan su reino, con distintas jerarquías, o habitan reinos vecinos y aspiran a destronarlo, está dividida en siete capítulos o partes y algunos paratextos. Dos referidos a la obra, sus pre-textos éditos o no y sus referencias intertextuales explícitas. Una semblanza biobibliográfica del autor, de quien, precisamente, me gustaría mencionar algunos datos relevantes referidos a su vida, su formación y sus trabajos. Nacido en Bs. As. en 1971, estudió Letras y Filosofía. Es crítico literario y musical,  su pluma se ha dado a conocer en colaboraciones con el Diario de Poesía y la revista Las ranas. Ha escrito notas sobre libros y discos. También es periodista y publica artículos en medios de nuestro país y de España. Es traductor del inglés y del alemán y ha volcado al español a autores como Jack Kerouac, Günther Grass, Andreas Huyssen, W. G. Sebald, Immanuel Kant y Georg Büchner. Por la traducción de la obra de Georg Tabori Variaciones Goldberg recibió el premio “Teatro del Mundo”. 

     Las ilustraciones, en blanco y negro, trazan un interesante contrapunto con el texto, introduciendo un diálogo fecundo entre lenguaje verbal y dimensión visual o lenguaje visual en blanco y negro y pertenecen a Silvana Florio. Más que sugerir escenas de movimiento dieran la impresión (o a mí me la da) de un trabajo que plasma estados, en especial estados anímicos o aspiran a provocarlos. Momentos que quedan registrados con intensidad y que por eso mismo inspiran el espíritu más de una fotografía que de un desplazamiento. Ello no va en desmedro ni de su calidad, que es magnífica y de espíritu figurativo. Ni tampoco de su expresividad.

     En este libro, que es clausura y apertura sin precedentes, desde otra clave, a relecturas y reescrituras de la historia del Rey Arturo y sus caballeros Pablo Gianera viene a inscribirse en una tradición de escritores. Esa de los que se remontan a interextos literarios o históricos remotos explícitos (también de tradiciones populares) y los recrean a la medida de una cultura literaria nacional para elaborar un producto estéticamente logrado, como éste. Simultáneamente, toma por asalto un legado propio de una nación central, motivo por el cual hay una apropiación que no me parece inofensiva porque evidentemente deja sentadas las bases en una batalla por el poder de decir, en palabras de la crítica estadounidense Jean Franco. Más bien socava la tradición occidental desde la subversión del canon europeo a partir de una lectura estrictamente argentina. Desde un país del Tercer Mundo, un argentino narra con palabras en español una trama de siglos atrás y, es más, la hace devenir materia de una ficción infantil, “una literatura menor”, para muchos. La interviene, realiza una multitud de operaciones complejas sobre ella hasta dar por resultado una obra cuyo receptor naturalmente ignorará todas estas circunstancias y sus repercusiones, pero sí accederá, de hecho y por derecho, a ese capital simbólico que comenzará a ejercer en él toda clase de rebotes e influjos. Hay otra operación interesante de Gianera, seguramente vinculado a su quehacer laboral, y es el de la  traducción. En efecto, Gianera traduce de un código semiótico a otro. De una lengua a otra. De un género a otro. De una literatura para un público a otro. Quiero decir: la traducción como operación que es metaforización de muchas otras prácticas. En esta prestidigitación hay mucho de pericia y mucho de conocimiento profundo acerca de lo que se está haciendo, de las destrezas que se deben poner en juego para hacerlo. Del punto exacto y más acertado a partir del cual empezar y dónde detenerse. Pablo Gianera es un hombre culto, preparado, evidentemente inteligente, atento a la buena literatura y desprejuiciado en muchos sentidos respecto de lo que es y debe ser la buena literatura. Y la literatura para todos los públicos a secas. Y de que debe existir, nada menos, una literatura infantil realizada con seriedad. Todo ello redunda en un producto magnífico como este, que retorna en un movimiento progresivo y regresivo, del pasado al presente.

Historias del rey Arturo y de sus nobles caballeros (2019) 

Autor: Pablo Gianera

Editorial: Estrada

Género: literatura infantil

 

Complemento circunstancial musical:

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