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Reseña #138- El peligro de la quietud

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Por Narciso Rossi

La literatura argentina resulta nutritiva —en lo que a costumbres, paisajes, historia y personajes se refiere— cuando el lector que está de este lado del mundo quiere ver reflejado su universo, con sus encantos y todas sus miserias. Los que crecimos en los ochenta y noventa fuimos nutridos de una gran cantidad de obras extranjeras, bajadas para este rincón en una época en la que lo importado era mejor que lo nacional. Hoy, los autores latinoamericanos comienzan a pisar más fuerte, hacen escuchar sus nombres, sus voces, sus cargas. Federico Girón es uno de esos escritores que cuenta cuando tiene algo que contar. Detrás de cada relato breve hay una historia enorme que se alcanza a vislumbrar desde la lejanía y que, si no se la asimila, se pierde por la distancia, igual que esos escritores que nos llevaban a Maine, a la rue Morgue o a los suburbios ingleses.

En los cuentos de Girón la sorpresa está siempre al alcance de la mano. Se la puede apreciar en el roce de la página que gira y sepulta un cuento tras otro, en el renglón que se aleja ascendiendo infinitamente hacia un pasado inamovible y en la palabra oculta, tímida, que casi se pasa por alto. La sorpresa se va tejiendo en el libro entero a lo largo de su narrativa, surcando palabras, diálogos, reencuentros, soledades y caminos una y mil veces transitados. Sus personajes son humanos, con sus virtudes y sus miserias. Lloran, esperan, prometen, buscan, se preocupan, cojen y, sobretodo, tienen esperanza. Así, el lector encuentra en las aguas de su libro un universo que es muchos y que también es ninguno, que refleja ahora, siempre o nunca, las dolencias del alma.

“Río quieto” es un fluir sereno de historias que no se parecen entre ellas. Historias que son partes de un todo tranquilo que descansa con la misma humildad con la que el autor se refiere al libro que parió. Así, “Polenta con nueces” abre la antología con una historia realista y pícara que pone al protagonista y al lector en jaque desde las primeras líneas. Dos amigos, una revelación y un relato breve e intenso, cargado hasta el final de una sensación extraña, entre relajada y sagaz, muy difícil de superar; “Tres puñaladas” da un paso más y desdibuja los límites entre la realidad y la ficción llevando al lector por el sinuoso camino de la locura. Los seguidores de Horacio Quiroga y Abelardo Castillo encontrarán una realidad desencajada que tanto encantan; “Las tardes con Barty” regala humor al tiempo que deja un manto de pesadumbre sobre las palabras, de esperanzas rotas, tiempos mejores, ausencias eternas y tragos amargos; “Amuleto”, por su parte, entra en un terreno oscuro a través de una típica tarde de domingo. Es el relato con el que el libro alcanza a mostrar el lado más perturbador e inquietante. Lo imposible sucede sobre lo cotidiano y lo cotidiano es esa costumbre que ya empieza a asustarnos. Mientras para Stephen King el terror está siempre a la vuelta de la esquina, para Girón está dentro de la propia casa; “Iñaki volador” deja la oscuridad pero no las sombras y salta hacia un terreno fantástico, cuasi-maravilloso donde la tranquilidad toma un ritmo divertido e insoportable; “Mundo suspenso” es un cuento atípico en el cual la ausencia de un narrador tradicional hace que el lector tome un papel detectivesco al intentar hilar por su cuenta los hechos que se presentan con el fin de desenmarañar la verdad; “Íbamos a ser felices” es una historia tragicómica de lo que podría haber sido y no es, de los deseos íntimos y de las idealizaciones platónicas; “Bruno” aparece en el momento justo, cerca del final, y propone un juego nostálgico y efectivo durante una tarde de pesca. Girón, el escritor, se transforma en Girón, el personaje, y será trabajo del lector intuir cuánto de verdad y cuánto de ficción hay en lo que será mejor llamar cuento; “Un fémur en el parque” es un relato conspirativo del mejor estilo nacional que sofoca al lector y a los personajes; “En la espesura del lote” se atreve a jugar con la mente del lector y a convertir la mirada pasiva en una compasión que supera cualquier barrera; finalmente “Río quieto”, el cuento que da nombre al libro, cumple cualquier expectativa. Es la mirada más sabia, la más dulce y humana. No hay nada que se pueda decir de él sin opacar su plenitud. Es el que se debe leer al final.

Cada cuento abre con una pintura de Juan Augusto Girón, dibujante, fotógrafo y  hermano de Federico, anticipando de algún modo todo eso que el cuento traerá como una cachetada rápida. Porque eso son estos cuentos que uno ve tan apacibles, guardados por la cubierta del libro. Son golpes, lector, golpes al alma y a la razón.

Río Quieto (2015)

Autor: Federico Girón

Editorial: Cienflores

Género: cuentos

Un comentario

  1. Los que me conocen, saben que no me gustan los cuentos pero pareciera que Rio quieto no son eso, sino cachetadas y aunque suene mal, las cachetadas de este tipo si me gustan!

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