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Reseña #334- Maneras de padecer

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Por Pamela Terlizzi Prina

El día que me llevé Doliente, estaba en una feria de editores con Matías Reck, editor de Milena Caserola, quien publicó varias veces a Patricia González López. Cuando vio que me hacía de este libro, me conminó: “si vas a reseñarlo, el texto tiene que empezar así: Patricia me violó con sus letras”. Leo Doliente y, asumo que, más que violarme, Patricia me sedujo. Aunque ella dice “No confío / en las personas que se enamoran en enero”, sí, corre enero y me enamoro.

Doliente está dividido en cuatro secciones: Demolición, con una aguda mirada social, No queda bonito quererse, Sobre ejercer el derecho al mal gusto y Ternura inútil. Pertenece a la Colección “Insumisas” de poesía contemporánea  de Cospel Ediciones, y no imagino un mejor espacio para este libro. La editorial dice, al presentar el libro, que la colección “parte de una necesidad urgente” y que las poetas que la componen “se declaran en estado permanente de insumisión”. Y ese estado de urgencia y esa insumisión están presentes en la obra de Patricia. Y también están la dureza, la cuestión de género, la conciencia de clase, el resentimiento. Porque hay, sobre todo, una verdad que no utiliza artificios ni impostaciones. Patricia sabe, primordialmente, hacerse preguntas, y en ese proceso es inevitable que el lector se pregunte, junto a ella, sobre las propias miserias, los propios indeseables, y las propias mentiras. Sabe poner a la vista la culpa, la vergüenza, o el miedo, por dar ejemplos, pero con el objetivo de que el lector pueda determinar el culpable, lo vergonzante o quién es el que teme.

Tanto los temas que aborda Patricia como su identidad para decir, ubican a Doliente en un retrato de esta época: la pobreza que toma formas caprichosas según a quien acorrale, la lucha femenina por la soberanía del cuerpo, la siempre escurridiza criminalización de la víctima, el patriarcado, las miserables preocupaciones del ciudadano pequeño burgués, la autoestima; la voluntad, a veces grotesca, de escapar a la caricatura del inmigrante, al cliché del pobre. El ruego de amor en tiempos de vínculos volátiles, las crisis, el cuerpo como terreno de todas las batallas, las ganadas y las perdidas, las pequeñas, cotidianas, y las otras, que se dan entre cuestionamientos y diálogos internos. En suma: la idea incontrastable de que se aprende a ser padeciente de un sinfín de versiones del dolor.

Lo importante: Patricia conoce como ser dura, mostrar la carnadura del dolor, sin refugiarse en el golpe bajo. Sabe decir la carencia sin echar mano a la frase edulcorada. Es mujer hasta la médula sin ser rosa ni frágil ni previsible. Y no porque las mujeres lo sean, cabe la aclaración, sino porque no cae en ninguno de los recursos que le abrirían un atajo hacia el resultado. Patricia sabe que la trampa, en realidad, es parecerse al verdugo, construir una dignidad hecha de equivocaciones y silencios. Dice, “…la misión: /no darnos por humillados aun humillados / la violencia, no es personal /¿cuántas familias viven / de ejercer su derecho /a ser bolsas de maltrato? /hacer (y hacer y hacer) / calladitos comprensivos del poder…”. Otro: “Soy un ser profundo /convertido a la hipocresía.  /Me esfuerzo por ser desprolija /cojo como una puta /y soy libre como un varoncito.”

Algunos libros, me parece, están destinados a ciertas manos, a ciertas urgencias. Y es cierto, a mi me urgía leer algunas de las cosas que Patricia escribió; me atraviesan, me interpelan en mi honestidad y en mi propia intemperie. Por eso quiero resaltar estos versos: “vienen a mi /los padrastros de todo nuestro árbol genealógico /los papás que se fueron por las ramas /los papás que nunca quisieron ser /los papás de oficio /los papás de prestado /otros fantasmas /y la desforestación de la risa. //Pienso / cuánto falta /para que papá se dispute a sí mismo /la casilla de la abuela al costado del arroyo / a ver cuántas víboras se anima a matar /la próxima inundación.”

Cuando se han llenado ausencias con una misma, cuando la imagen posible de la ternura se completa con el propio reflejo, cuando se ha sido juez y parte de los hechos y las omisiones, ¿qué me van a hablar de amor? Queda leer a Patricia para saber que nunca se puede estar en paz.

Doliente (2016)

Patricia González López

Editorial: Cospel Ediciones

Género: poesía

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