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Reseña #123- Hacer hablar el silencio esencial

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Por Fernanda Mujica

El libro de Daniel Guebel publicado por La Bola Editora cuenta con tres obras de teatro – Padre, Ella y Él, El mundo de Uno y de Dos– y dos conferencias, con prólogo y postfacio de Nancy Fernández. Si bien pueden leerse de manera independiente, los textos que conforman este volumen están atravesados por una constante de la escritura guebeliana: un lenguaje que –en una intensidad que roza la violencia- da lugar a la pregunta, al movimiento, al olvido de las comodidades que suponen las posiciones dicotómicas y absolutas.

En Padre, se escenifica un diálogo imposible: el de un hijo que busca el reconocimiento paterno y sólo encuentra las variantes propias de una súplica –pero una palabra tuya bastará para sanarme– y la mudez calculada de un padre que ya no puede sanarse y, en su suplicio, articula solo las formas del maltrato, la humillación, el cinismo, la crueldad. Entre el silencio y el discurso psicotizado de quien se sabe cercano a la muerte, se constituye el verdadero drama: el hombre que agoniza en el hospital, el cáncer de garganta, la tiranía de la enfermedad y del enfermo, el sexo, lo escatológico, las voces en off de las enfermeras que nunca vienen y sus conversaciones desquiciadas, la fascinación de Hijo por la palabra de Padre, el incesto: el horror. En diálogo con el discurso religioso y el absurdo, Guebel pone en escena lo que no pude decirse: hace hablar un silencio esencial. Sus didascalias en mitad de parlamento obligan a preguntarse ¿quién habla? ¿quién –además del hijo- llama “Padre” al personaje que da título al volumen? Una voz que quiebra el diálogo y permite distanciarse, ver desde fuera las escenas que en sus mutaciones y obscenidades envuelven al lector en un lenguaje llevado al extremo.

Un lenguaje que insistirá con su violencia en Ella y Él –la primera de Dos obras inconclusas– para dar lugar a un diálogo maquinal o –quizás- a una máquina conversacional que obliga a los personajes a hablar, en un automatismo que dice mucho de un vínculo de pareja desgastado, quebrado. La infidelidad, el divorcio, la cotidianeidad, el sexo, son algunos de los temas que se tocan, a partir de líneas dialógicas que se confunden e interrumpen. Ella y Él pierden su voz en el otro, se dejan llevar por la voz del otro: por momentos no se sabe quién habla. Se trata de diálogos que –en la paradoja de lo mecánico, previsible, y al mismo tiempo espontáneo- hablan de un vínculo y de una subjetividad. El tema de la conversación es al mismo tiempo aleatorio e insistente -un argumento lleva a otro y siempre se termina, de algún modo, hablando de lo mismo: lo inevitable, el final. En los distintos registros de lenguaje de Ella y Él, en los momentos de clímax y anticlímax de una relación atravesada por la palabra, se escenifica una rutina. El simulacro –Ella se disfraza de su propio amante-; la necesidad de poner en escena otros personajes, de triangular para poder decir; el patetismo, la trivialidad y -al mismo tiempo- la intensidad de las situaciones; la imposibilidad de conocer al otro y el enojo como una de las formas del entusiasmo, configuran la cotidianeidad de un matrimonio que se sabe al mismo tiempo tan particular y universal como una marca de calefones que ya no existe.

El mundo de Uno y de Dos llevará, por su parte, al límite la pregunta por la posibilidad del diálogo y del conocimiento del otro, que ya se vislumbraba en las obras anteriores. Dos personajes de género indefinido, que no saben dónde están, quiénes ni qué son, ni están seguros de tener un cuerpo o de ser personas o sustancias, indagan sobre sí mismos y lo que los rodea. La interrogación filosófica, la autoconsciencia extrema y su cuestionamiento, parecen condenar al quietismo: Uno y Dos no pueden moverse de tanto preguntarse. En sus diálogos hay reflexiones sobre la felicidad, la verdad, la soledad, la muerte; pero el eje de la conversación se va corriendo de lugar de tal modo que el centro no puede ser más que la absoluta incerteza –siempre hay, como en la carrera de la tortuga y Aquiles- una pregunta anterior, incluso cuando la violencia de la palabra se declara como único argumento posible. Entre el tono trágico y la risa, El mundo de Uno y de Dos puede leerse como una versión actualizada de Huis-clos, en que –en la pugna de los personajes por sustanciar una subjetividad-el infierno es el otro.

Después de leer Padre y Dos obras inconclusas las conferencias de Dos charlas sobre teatro plantearán nuevas claves de lectura y confirmarán otras. En “Los secretos del teatro”, Daniel Guebel se pregunta qué sentido tiene escribir y cuál es el significado de la escritura teatral para él. Recurre al mito de origen de lo teatral -el paso de la narración originaria al diálogo, es decir, de lo singular al vínculo- para explicar su propio recorrido como escritor. Para Guebel, la estructura dramática funciona bajo el supuesto de que no existe una verdad única e incontrastable. Entonces, de sus representaciones, el espectador no debería salir con “el alma partida” ni con una verdad revelada, sino conmocionado, revuelto. Porque en el teatro de Guebel todo se funde y se confunde, se combina y muta: en los sentidos que se escapan, en lo que es y no es al mismo tiempo y por eso se dificulta nombrarlo, en la imposibilidad del diálogo. Hay algo excesivo en su lenguaje, que coincide con la definición que él mismo hace de su escritura: “el espacio de todas las combinaciones y mutaciones, la zona del goce más puro y elevado”.

Finalmente, “Apuntes hamletianos” plantea nuevos interrogantes sobre Hamlet, príncipe de Dinamarca. Daniel Guebel lee en la obra shakespeariana un doble dispositivo: de investigación policial, por un lado, y de indagación íntima y psicológica, por otro. Su análisis sirve, a su vez, como disparador de otras reflexiones, siempre vinculadas con el teatro y con su propia escritura: las ficciones escénicas y su funcionamiento dentro de los textos, la pregunta por la verdad, la violencia del lenguaje y la interpretación, las angustias de una existencia aleatoria, las relaciones entre padres e hijos y los matrimonios quebrados –según Guebel, Hamlet “muere en el nombre (ausente) de su padre, como Cristo” para luego, quizás, juntarse en los cielos con su “sagrada/degradada familia”.

Guebel habla, al comienzo de “Los secretos del teatro”, de una voluntad inicial que se va transformando en el camino de su escritura. Quizás ese movimiento también pueda leerse como una constante en la lógica de sus diálogos: lo que se va corriendo de lugar y evita el centro, lo esquivo, lo que se transforma (las conversaciones entre Ella y Él, entre Padre e Hijo, entre las enfermeras, no tienen un tema definido, van cambiando el eje aunque –por momentos e insistentemente-vuelvan a lo mismo). Los personajes, por su parte, también quieren deshacerse de su rol, cambiar de posición, forzar la posición de los demás –Padre quiere que Hijo muera en su lugar, Ella se disfraza de su propio amante. En la violencia del lenguaje, en la pregunta por la posibilidad de ver al otro, de dialogar con él, de irse –pero siempre quedarse- los textos de Guebel fascinan porque pueden leerse como ficciones teatrales parte de un gran relato en que el lector es protagonista y se deja persuadir por un estilo que –al menos en un sueño imposible- puede agotarlo todo.

Padre, seguido de dos obras inconclusas & dos charlas sobre teatro (2015)

Autor: Daniel Guebel

Editorial: La Bola Editora

Género: teatro

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