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Reseña #222 – Llueve sobre los trenes de una intuición para la espera

lluevesoleado

 

Sobre Llueve sobre los rieles, de Alejandro Hugolini, Baltasara, 2014

y

Sobre Páginas críticas. Formas de leer y de narrar de Proust a MadMen, de Martín Schifino, Fiordo, 2014

 ¿Por qué escribir sobre libros leídos y publicados hace algún tiempo? ¿Y, sobre todo, cómo? A la primera pregunta, esta nota bicéfala contesta lo siguiente: la distancia temporal produce sedimentos en la escritura, porque las sensaciones sobre lo leído han decantado, se han mezclado, se han hecho difusas pero, en su núcleo, siguen siendo perfectamente diáfanas. A la segunda pregunta, esta nota contesta con dos formas distintas de escritura, pero enlazadas. Y con un título acaso demasiado agramatical.

 Por Débora Mundani y Yamila Bêgné

1

Un hombre al borde la vejez. El Mago, para unos. Ingeniero Bruschi o Antonio, para otros. La fantasía del regreso: ya llega el Mago, ya trae la lluvia que esperaban. La realidad incontrastable ante elretorno posible: un linyera y sus perros como anfitriones en aquel pueblo al que el tren ya no llega más. Un bar llamado El olvido donde, Armando, el hombre al que le salvara la vida, no lo sorprende su aparición después de treinta años de ausencia. Iberluxease le presenta al Ingeniero a la sombra de una sucesión de recuerdos encadenados a aquel septiembre del ´55. Un hombre salta de su caballo empuñando un facón, empuja a Armando contra la puerta del bar, el cuchillo se apoya en su garganta, entonces sucede, casi sin darse cuenta: Antonio saca un revolver y dispara a la cabeza del hombre.

Oriundo de Entre Ríos, el Ingeniero llega a Iberluxea, por primera vez en febrero del ´54, a pedido del General Perón. Hace tiempo que no llueve. La sequía ha alcanzado vastas zonas. Solo él, el Mago, puede hacer que de un cielo abierto surjan, no se sabe cómo ni de dónde, tormentas.

No importa, ya, si no cedió, poco tiempo atrás, los derechos de patentamiento al servicio de la Nación.

No importa, ya, si no pudo darle respuesta a la voz de esa mujer, rogándole, al menos, un sí o un no, al pedido de su marido, el General.

 

I

“Un prólogo a un libro de crítica corre el riesgo de estar de más. Difícil eludir la lectura de la lectura”. La advertencia con la que Graciela Speranza abre su prólogo para Páginas críticas. Formas de leer y de narrar de Proust a MadMen, de Martín Schifino, sirve también para las líneas que siguen: nunca es fácil leer a alguien que está leyendo, nunca es fácil leer y después escribir sobre una escritura que surge de la lectura. Pero el esfuerzo, en este caso, bien vale la pena, porque leer los textos críticos del libro de Schifino no sólo nos acercará a sus reflexiones sobre, por ejemplo, la cualidad de annusmirabilis literario de 1913, o sobre la constante incertidumbre de las traducciones y ediciones de Borges, o sobre los rasgos textuales que pueden (o no) identificar a un bestseller, o sobre por qué el formato de las series de tv es, hoy, lo que más se acerca a la novela como género. De esto y de mucho más nos enteraremos a lo largo de los diez ensayos del libro. Pero, sobre todo, y mucho más importante, mientras escribe sobre temas a la vez actuales y atemporales, Schifino va definiendo su propia práctica de lectura y escritura de crítica. Y eso es hermoso de leer: la metodología intuitiva y a la vez rigurosa que alguien erige para sí mismo y sus lecturas y escrituras.

¿De qué está formado un texto crítico? O, para ser más específicos, ¿de qué formantes están hechos los de Páginas críticas? En este sentido, la “Introducción: memoria crítica” que el mismo Schifino escribe para abrir su libro aparece como clave. Schifino plantea allí para la crítica un método que encuentra sus bases en la claridad del lenguaje, en la distancia como modo de la mirada y en una vida entera dedicada a la lectura. Pero Schifino también rescata otro elemento clave para hacer crítica: la espera. “…gran parte del trabajo del crítico consiste en esperar: esperar hasta dar con el tono justo, esperar a que aparezcan conexiones relevantes, esperar a veces un milagro…”. Después de la espera, sigue un momento de intuición pura: “En mi caso, me muevo en un plano de ideas confusas hasta que oigo una primera oración. De nuevo, no tengo ni idea de qué la provoca, pero cuando aparece es tan ineludible como un cartel de neón que dijera: ´hacia allá´. Y hacia allá se lanza uno”. Lo bueno de esta memoria crítica es que a la vez se cumple y se supera en el libro que sigue. En los diez textos del libro, la metodología que plantea Schifino en su introducción se ve en acto, acompañada a la vez de muchos otros elementos, siempre ricos, siempre refrescantemente frescos.

 

2

Ya nada de eso importa porque esa mujer ha muerto, un pueblo la ha llorado mientras muchos festejaban. No importa nada de eso porque el General sabe que, lentamente, se avecina su noche. Y la noche lo encuentra al Ingeniero, nuevamente de visita en aquel pueblo, al año siguiente. El pueblo al que le había devuelto el curso de las lluvias. Pero ya nadie es el mismo en aquel lugar después de las bombas de junio en la Plaza de Mayo, luego de esa infausta noche. Cada chacra se transformó en una fortaleza, cada molino en un mangrullo […] Como en la advertencia bíblica, el hijo se levantaba contra el padre y el hermano contra el hermano. Como una antesala del devenir histórico, en El olvido, se juntan, un rato antes del cierre, Armando, Jacinto, Bruno, el presidente comunal, el jefe del campamento de Vialidad Nacional, el dirigente de los peones rurales, el presidente de la unidad básica y el Ingeniero. Entonces sucede: esa tarde a principios de septiembre con el boliche ya cerrado, con la radio de fondo para conocer las últimas novedades de Buenos Aires, él, el Mago, el Ingeniero Bruschi, por primera y única vez, mata.

 

II

Entonces, de nuevo la pregunta: ¿de qué formantes están hechos estos textos críticos, además de los expuestos por su autor? Apuramos aquí una hipótesis: lo refrescantemente fresco de las Páginas críticas de Schifino es que no dudan ni por un segundo en mezclar partes iguales de razón y de emoción. Dividido en tres partes, “Transatlántico”, “Trayectorias” y “Pulpfiction”, el libro pone en evidencia una vez más que el trabajo de la crítica se hace con el cerebro y con la piel, el uno confundido con la otra y viceversa. Intuiciones, humores y sentimientos no son incompatibles, aquí, con meticulosos relevamientos textuales, apoyaturas bibliográficas y erudición, en el buen sentido de la palabra. La intuición se lee, por ejemplo, en la confianza que el autor le tiene a sus propias experiencias de lectura como desencadenantes para el pensamiento.Sobre la lectura de Raymond Roussel, en “Una prodigiosa renovación literaria: 1913”, el texto que abre el libro, Schifino dice así: “La monotonía de la escritura, diría yo, desempeña más bien el papel de un mantra: abstrae, apacigua y hasta adormece. Veinte páginas de Roussel y uno entra en alfa”. El humor, el buen humor, es otro de los elementos que suman para el costado emocional de la práctica del crítico. Sobre Cincuenta sombras de Grey, en “Calentamiento global: sexo y ficción”, Schifino escribe: “James ha tenido la pésima idea de narrar la novela en primera persona del presente, lo que le confiere la apariencia de un comentario en vivo y en directo, como si la narradora tuviera un homúnculo cartesiano en la cabeza que vitorea cada uno de sus actos”. Para la parte de la razón, suman las citas que fundamentan las ideas, siempre bien elegidas y abundantes, de modo que el lector escucha a Schifino y, a la vez, se hace una idea propia. Sigue diciendo de James: “…no sólo tenemos comentarios, sino además anuncios e instrucciones: ´Voy a follarte desde atrás (…) Quiero follarte la boca, Anastasia, y pronto lo haré´. Lo que sin duda demuestra lo previsor que es Christian ´Ahora voy a encadenarte (…) Vamos a empezar aquí, pero quiero follarte de pie, así que terminaremos en aquella pared´. No sólo previsor, sino ordenadito”. Humor y apoyatura.

 

3

Volver no es simple. Más, aún, cuando después de treinta años se regresa con la esperanza de un encuentro postergado.

Aquel primer recuerdo del Ingeniero convoca los siguientes. El encierro en el sótano de una casona mientras afuera, en la noche, él imaginaba la iglesia conspirando, el bar conspirando, la ruta desolada, los silos, las vías, el andén, más allá un caserío, los pobres de toda pobreza, el río marrón, manso, encajonado en las barrancas gredosas que cobijan anguilas, los galpones, y otra vez, la casona plateada en medio de la noche, en medio del campo, flotando en medio de la nada. Las visitas secretas de Valeria, la Francesa, ese amor al que Antonio dejará atrás cuando salga, huyendo del pueblo, en la noche, protegido por sus amigos. Pero antes, el pedido de lluvia. La que solo él podía crear con sus aparatos e instrumentales, esta vez bajo tierra. Una lluvia ciencia, una lluvia magia que dé tregua a la batalla local que ha desatado la llegada al pueblo de un capitán del Ejército en conciliábulo con el comisario, el cura y un terrateniente esperanzado por recuperar la parte de su estancia que fue obligado a vender. Tan esperanzado el terrateniente que se da el permiso de voltear el busto de Eva Perón instalado en la plaza. Y la guerra se desata. Se oyen unos tiros. Bruno y su hijo dan comienzo a la fuga. El comisario y su gente salen tras ellos. Son heridos. Y, entretanto, las chacras incendiadas. Y la lluvia, la del Ingeniero, como respuesta a esa súplica silenciosa, que le basta con ver, desde ese sótano, las llamas cubriéndolo todo. La lluvia que atrae el Mago cae como salvación. Hasta que después de unos meses en aquel escondite, el Ingeniero parte en la noche.

 

III

La emoción vuelve a la carga en los tres textos en torno a Borges: “Borges en inglés”, “Borges en castellano” y “Come en casa Borges”. Ahora le toca el turno al enojo, que funciona como impulso increíblemente efectivo para contar los sinsabores editoriales a los que, en lo que a Borges respecta, ya nos hemos acostumbrado. Dice Schifino sobre las obras completas en edición crítica, versión Emecé 2010: “Uno quisiera, al ver los resultados, que se hubieran tomado una década más o dos. Emecé realmente se ha superado a sí misma, con una publicación incluso peor que la de 1974”. El enojo intelectual, la indignación incluso, es en estos textos fundamental: aquí, el tono dice más que el mero contenido, porque, aparte de entender y compartir el enojo, lo escuchamos a viva voz. Para el frente de la razón, combate aquí el detallista rastreo y cotejo de traducciones, o también la búsqueda de notas al pie sin sentido en la ya citada edición crítica. Y se llega, de nuevo, a la indignación del crítico.

 

4

Pero volver no es fácil, aun cuando el paisaje confirme que ese lugar al que siempre se ha querido llegar, está delante de uno.

Hugolini logra en esta novela articular historia, poesía, ficción y geografía con tanta belleza y fluidez que hace posible detenerse en aquellas vidas, comunes, cotidianas, que han sido atravesadas por los grandes sucesos argentinos. El General Perón y Evita, el golpe del ´55, el bombardeo a la Plaza de Mayo, el movimiento de curas tercermundistas, el ataque a la reforma agraria, la magia como clima de época. Esos rieles, comidos por la intemperie, el paso del tiempo, como registro del que espera: el regreso del tren, la vuelta del hijo perdido, la hija desconocida. Y como un manto, cubriéndolo todo, la lluvia como horizonte ideológico y cultural.

 

IV

Pero más allá de la balanza perfecta entre razón y emoción, hay que señalar, entre muchos otros, un procedimiento clave para la metodología crítica de Schifino. Así como sus textos van y vienen entre pensamiento y sensación, también dibujan un arco entre planos generales y detalles, entre ideas centrales y planos secundarios: movimientos que enriquecen siempre la lectura. Por ejemplo, en “Thomas Bernhard, el intransigente”, aporta una definición de sátira, que le sirve al lector como puntal para esta y para otras lecturas, y luego se explaya en su uso particular en Bernhard. Otras veces, y muchas de esas veces entre paréntesis, Schifino apunta para el lector y para sí mismo líneas de investigación para futuras ocasiones, y luego vuelve al tema, que ahora ha sumado una arista más de interés, que ahora se sabe más y más amplio.

 

5

Hugolini recrea libremente la figura del ingeniero entrerriano Juan Baigorri, el supuesto inventor de la máquina de hacer llover, descubierta, nadie sabe cómo, en 1926 mientras trabajaba en la zona minera de Bolivia. Baigorri murió en 1972 sin dejar explicaciones sobre su descubrimiento.

Hugolini no es ingenuo al hacer referencia en la novela a Sucesos argentinos porque de aquel viejo noticiero toma la forma el recuerdo del Mago. Porque a veces, la memoria aparece con tanta distancia que pareciera adoptar características del registro testimonial, como relato ajeno, como espectador de los hechos, y no como evocación de la experiencia vivida. Será sobre estos rieles que andará el Mago hasta poder apropiarse, ¿a tiempo?, de su propia historia. Una historia personal signada por los tiempos de una lucha de la que el Mago se siente parte.

 

V

¿De qué, entonces, están formadas estas Páginas críticas de Martín Schifino? ¿Hay algún elemento que pese aquí más que el otro? ¿O todos quedan en equilibrio, y por eso funcionan? El resultado de la ecuación va cambiando de ensayo en ensayo y emoción y razón encuentran una curva particular en cada uno de los textos. Esto queda hermosamente claro después de la lectura: que en el mundo de la crítica, como en el de la literatura, no hay fórmulas que sirvan de ahora y para siempre y que, en cambio, los procedimientos, las emociones y las razones argumentales se cruzan en cada ocasión particular, igual que se mezclan las palabras de siempre en una nueva novela.

 

 

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