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Reseña #871- El poema como revolución de los signos

mi revoluvion rusa

Por Adrián Ferrero

La gran pregunta, a mi juicio, de este magnífico libro de poesía José Ioskyn consiste en desentrañar quién es ese yo lírico que enuncia, ya titularmente desde la apertura del libro, su posesión sobre una revolución, esto es, el cambio brutal sobre un estado de cosas. Y en este caso una histórica en particular. Léase su narración y su revelación lenta de ella. Su perspectiva sobre ella. O la otra hipótesis es pensar a ese yo lírico como construcción de un sujeto que no solo no se conforma con referirla a partir de solo una cierta perspectiva (y no otras) sino que siente que de esa revolución es él únicamente el depositario de su significado. También de su significante. Porque si la revolución rusa, transida siempre de sufrimiento, ha sido un momento culminante, de giro, de naturaleza inolvidable para el mundo, emblemático también, por qué no decirlo, apoderarse de ella, de sus ecos y repercusiones semánticas importa tener mucho poder. Este yo lírico, entonces, es un yo lírico atributivamente potente. Y, como mínimo, con ciertas expectativas. Ambiciosas, digamos. Un yo lírico que se propone cantar, narrar, interpretar y luego de todo ello tomar posesión de los sentidos que todas esas operaciones (complejas de por sí) conjugadas adoptando una operación total puede llegar a obtener. Esas operaciones, por otra parte, son falibles.

     Pensaba, cuando terminé de leer Mi revolución rusa ¿En qué tradición o tradiciones argentinas podría inscribirse un poemario de estas características? La respuesta no fue sencilla y no estoy tampoco seguro de haber dado con  una respuesta acertada. Veamos. Pensando en espacios geográficos distantes, venían a mi mente una serie de nombres de libros, novelas y cuentos históricos pero todos ellos imaginarios, esto es, que recreaban o bien Oriente lejano o bien Egipto desde la narración de sucesos de naturaleza no referencial. De Aira a Laiseca, pasando por Guebel. No obstante, todos ellos se tomaban licencias de carácter absoluto. Ninguno daba cuenta de un acontecimiento colectivo importante de naturaleza constatable. Al menos que yo tuviera presente. Hubo una vaga evocación de Sobre héroes y tumbas en el plano nacional, que no era remoto por cierto. Más un aire de familia que un destino al que el libro de Ioskyn me enviara. Pienso que, por descabellado que parezca, en un punto, se trata de un poemario radicalmente original. Esto de por sí ya constituye a mi juicio un aporte sustantivo a la poesía argentina de carácter virtuoso. No obstante, algunas hipótesis llegué a vislumbrar. No por su forma. No por su estilo. No por su singular lengua literaria, de un deslumbrante coloquialismo, cuidadosamente urdido, sino por otros motivos, pensé curiosamente en Borges. Un autor sin una poética particularmente politizada o pero sí con intensos anclajes en el orden de lo referencial. Del rosismo al peronismo en Argentina. Y por haber acudido a una imaginación histórica referencial distante de la temporalidad y la toponimia nacional. Esa zona de la imaginación social que nos desfamiliariza de la cultura argentina, produciendo una sensación de extrañamiento e incertidumbre a la que toda poética aspira, me parece. Y nos comienza en cambio a familiarizar con hipótesis ficcionales sin embargo constatables. Este libro a primera vista tendía a confundirse de modo bastante distorsionado con relatos, libros testimoniales, libros de historia, información proveniente de fuentes dispares. Excepto por su forma, que era claramente poética. Vino a mí entonces la presencia, crucial pero en sus antípodas, del Borges que escribía sobre Islandia y sobre los vikings. Y el que escribía haikus con notas al pie en sus Prólogos. Porque Borges poetizó batallas que tuvieron lugar en territorios nórdicos, realizó citas a episodios de enfrentamientos celtas en ocasiones entre bandos de una misma nación que tuvieron lugar. Por otro lado, Borges siempre había estado narrando la Historia aunque, paradójicamente, se lo acusara de salirse de modo escapista de ella.

       Paralelamente, este libro contiene sucesivos enigmas que deben ser descifrados. Un diálogo entre amigos que está enunciado en una primera persona, en el que siempre el mismo se dirige a otro mediante cartas. Ese destinatario, llamado “Dima”, distante de donde él se encuentra, dada la necesidad del intercambio epistolar, no tiene la palabra. De “Dima”, pocas cosas. Salvo que es lector (en principio de esas cartas). Que lee esas cartas rigurosamente porque cada poema es garantía de que evidentemente (y en principio, acotaría yo) ha habido otras respondidas de modo implícito al menos. Y son varios poemas los escritos según este marco. De modo que a ese diálogo tácito, elíptico, entre Dima y el yo lírico que le envío su palabra, que se dirige a él en poema para nosotros en verdad, subyace un espacio igualmente imaginario. Ese espacio imaginario semánticamente ignorado para un “él” o “ellos”, es decir un “nosotros los lectores”. Esos significados vacíos han de ser reconstruidos en un ejercicio impar. En efecto, hay algunas pistas (pocas) que las cartas del emisor connotan más que denotan. Esos sobres que no llegamos a abrir, esos sobres que no llegamos siquiera  a ver escritos en el poemario, surten un efecto vertiginoso que, desde el orden de lo secreto, habilita para tejer toda clase de hipótesis. ¿Quién es Dima, además de ese amigo al que se le escribe? ¿por qué se le escribe y por qué a él en particular? ¿por qué se lo privilegia entre otros amigos posibles? ¿cuáles son sus atributos, además de una extrema confianza que se deduce de los intercambios, de naturaleza confesional pero no íntima, con este yo lírico? Lo que el yo lírico tiene para contarle a Dima son sucesos o circunstancias, capítulos o episodios dolorosos, dramáticos de lo que está sucediendo de terrible por lo general en torno de él en ese momento. Porque el poemario pregunta y con él lanza una pregunta relativa al tiempo histórico que desarticula el presente de ese tiempo al interrogarse: “¿Alguna vez has visto al desorden ser combatido con más desorden?”. En este punto, una aseveración se disfraza de pregunta retórica para ser confirmada estimamos que por un receptor que, efectivamente, así será: la confirmará en función del contenido de las cartas remitidas. Resemantizando lo que está teniendo lugar en ese momento en San Petersburgo el yo lírico informa, transmite información, pero junto con ellas naturalmente emociones, mediante largas tiradas de verso libre que mantienen esa libertad quizás por la misma razón con la que Joskyn aspira a no contener un libro que es puro estruendo. Un verso libro que recuerda, no precisamente por sus contenidos (de índole celebratoria en este otro caso) pero sí por su libertad expansiva sin una gota de dolor, que yo recuerde al menos, al estadounidense Walt Whitman y su reconocido Leaves of grass, tan venerado precisamente por el propio Borges.  

     Una revolución es eso. Una explosión, un estallido, un haz acciones que tienen lugar de modo apresurado en confrontación no solo por sus connotaciones bélicas, sino por el imaginario social que despliega que pone en tensión dos bandos. En principio,  de batalla que son batallas también por el sentido y, por lo tanto, por dos extremos del pensamiento. Entre ambos: un campo de lucha sembrado de cadáveres, heridos, víctimas de toda clase de vejaciones que debe ser allanado para que las tropas avasallen al bando contrario.  Avasallar el espacio, en este poemario, es avasallar, la ideología. En esta pulseada, el bando que gana es sinónimo del triunfo de una ideología por sobre la otra. Por lo tanto, también el triunfo material y físico está orientado por una ideología pero al mismo tiempo una vez dirimido el triunfo definirá la coronación de ideología que se hará cargo del poder y la destitución de la otra. Habrá una poderosa. Habrá otra desposeída. Habrá, en el poder, también otros cuerpos. Habrá un nuevo sistema político. Esta entronización de nuevos cabecillas supondrá otros modales. Quiero decir: caída y derrota suponen muchas cosas, consecuencias, repercusiones. Esto señalará un sistema de intercambios entre sujetos que contienden para expulsarse del poder pero también para incluirse en él. Esta economía de la exclusión y la inclusión es la que tiene que ver con la motivación la guerra. Y es la que busca una resolución que defina a los protagonistas del poder.

     El lugar de las mujeres es el de la pérdida, el del agravio, el del género dominado y el de esa otra revolución en la que el género ha sido derrotado. Tan solo a título de ejemplo: “una dice: los señores llegan últimos y suben primero/otra: hasta en el paraíso entran antes” (p.26). No me atrevería a decir que se trata de un libro pensado con vistas a la reivindicación de la mujer. Pero sí que indudablemente Joskyn deja a las claras que el femenino es el género desventajosamente marcado (como hasta ahora). Hay un caso, sin embargo, probablemente tejido en medio de una atmósfera onírica, en el cual una mujer luego de ingresar a un establo donde se encuentra el yo lírico, a continuación de una escena vagamente erótica protagonizada con  él, deposita dos monedas sobre sus ojos. Al estilo de ciertos ritos funerarios. Ese hombre ¿Ha muerto o ha muerto en sueños? ¿sueña que ha muerto la muerte en un sueño del que uno se despierta siempre a medias o no se despertará jamás? ¿soñar es morir? No resulta extraño que un escritor que además es psicoanalista se detenga y se sirva de las potencialidades y libertades de los sueños. También como clave de lectura de la conducta o como un fenómeno interesante que lo pone todo en cuestión: la identidad, los vínculos, la sociedad, las leyes ordinarias del universo empírico. En los sueños perdemos la vida. Hay un desasimiento en ellos de la vida cotidiana. El relato de un sueño resulta absurdo, ridículo y si bien existen las pesadillas, el efecto producido por ese relato suele ser el de la sonrisa o la risa. Estas preguntas tan inquietantes producto de un sueño están formuladas en un poema que dice pocas cosas pero sugiere muchas. Como si se tratara de una serie de versos infinitos. ¿como los sueños, que proponen la eternidad misma, incluso el no ser?

     En la pronominalización según los términos en que está planteado discursivamente el intercambio entre Dima y el yo lírico, Ioskyn nos hace caer en una celada. Una trampa a la que resulta imposible sustraerse porque se trata de una estructura discursiva que ha sido astutamente formulada en el poema bajo la forma de esa estructura singular. Caso contrario deberíamos abandonar el pacto poético con el libro pero pocos están dispuestos a apartar la curiosidad por conocer qué sucede en él en lo referido a la información política y social que al menos uno de ellos resuelve de modo satisfactoria y vuelve poéticamente visible. Al estilo de letrados voiyeurs asistimos a estos intercambios entre amigos cuyas confesiones conforma en principio en el poema bajo una representación unívoca diera la impresión de una novela cuyos capítulos son poemas sin respuesta explícita y por lo tanto sin una resolución. Este contexto activo sitúa al lector en un rol que no es el de  quien asiste a un espectáculo sino el de quien mediante operaciones complejas opera más o menos automáticamente para restaurar una desinformación, para el caso clave, porque serán momentos culminantes del poemario. Por otra parte, en el marco de un libro de poesía que aborda un asunto de naturaleza histórica, la experiencia privada en este contexto resulta de carácter insular al tiempo que provee de información íntima (pero no indiscreta). Se trata de la perspectiva de un  suceso histórico a la luz de cómo es vivido desde la esfera privada por un sujeto in situ. Esta vez sí, un testimonio. Que confiere, indudablemente, verosimilitud al poemario.

   Diría también que un libro sobre la Revolución rusa tiene un final anunciado. Es como leer hoy una novela sobre Malvinas o bien sobre la Guerra Mundial. Se trata de capítulos cuyo desenlace es de de carácter público, de resolución con información universal. Lo más interesante sí es, en este caso, ver el modo no en el que se lo canta o narra sino en qué términos se lo hace. Lo hace ese “mi” de “Mi revolución rusa”.

     Si bien algo adelanté, diría que las mujeres, serán más víctimas que padecen que sujetos que acompañan a sus hombres. En tal sentido, son viudas, huérfanas, sirvientas, personas ultrajadas física y psíquicamente, otras que brindan hospedaje o su cuerpo y serán las responsables de lanzarse a buscar lo que no existe: alimento, por ejemplo. Se regresa con papas podridas en el mejor de los casos: un botín que en esas circunstancias es un festín. En tanto la zarina ensaya otra clase de festín en su palacio. Este contrapunto entre las mujeres proletarias y la gran dama del poder produce una sensación de tal repudio por lo oprobioso y por comprobar la frivolidad y la opulencia del lujo de los ricos que recuerda a la dispendiosa María Antonieta de Francia. Y es que algo de común subyace a todo monarca. Por un lado, su impunidad y su poder. Por el otro, su sentido de la exclusividad. Entre la banalidad y el triunfo con un final que no han confirmado pero sospechan, se confinan en su bastión acumulando poder junto con mercancías o posesiones.

     Si hay una poética de la escena, que contiene, en sus puntos culminantes, violaciones, asesinatos, sexo, enfermedades venéreas producto de las mismas, persecuciones, tiroteos, está visto que el clima dominante en Mi revolución rusa es el del salvajismo más desatado. Y también el más descarnado. Porque se vive en la carne. Toda ternura está exenta. Las pasiones crueles, lo sabemos, pertenecen a una dimensión de la ética más desencantada. E y transgresoras. Con escasas escenas de humanitarismo no se revierten esos principios (mal que pese a los victimarios) merced a un par de oraciones. No existen antídotos sagrados contra los pecados mortales. Cunde la distopía en el orden de lo social, político y ese orden al que se aspira (del cual no están exentos por supuesto una lista de nombres de los propios héroes o teóricos de la revolución) no alcanza para ajustarla. La realidad está salida de quicio, como en toda guerra. Y es que una revolución (y he aquí el punto que Ioskyn me parece viene a recordarnos con escenas estremecedoras) es una guerra. Entre bandos de una misma patria, lo que reviste un agravante. 

     Hay una economía del dolor de carácter inmanejable, de dolor intolerable para muchos sujetos, comunidades, sexos, que son los perdedores de la revolución, no de un bando, de un grupo de ambos bandos. Ese grupo tiene poco para decir  (porque tiene mucho para hacer y sabe decir pocas cosas) y está ocupado sobreviviendo. Sobre los grupos subalternos Ioskyn sí tiene mucho que decir o, en todo caso, mucho que mostrar mediante imágenes.

     Este libro, evidentemente documentado, con una toponimia impecable, un verosímil que de modo evidente respeta su referente histórico, no aspira a reconstruir la Historia. Sino a, mediante fotogramas de un film dramático, narrar escenas, momentos, que condensan mediante una extraña y por momentos abstracta belleza, como el de cierto cine ruso contemporáneo, la tragedia de una transición. Esa transición es traumática. Ha acarreado toda clase de calamidades y en estas escenas conmovedoras Iokyn mediante un yo lírico por momentos brutal, franco, sincero, no ahorra tampoco esa cuota de verosimilitud para que una revolución lo siga siendo. Y para que esta revolución sea la rusa en particular. 

     Finalmente, si solemos hablar de “novela histórica” y “literatura histórica”. ¿Qué sucede con un poemario que acude a la memoria de un suceso precisamente histórico que reconoce una trascendencia descomunal. En principio diría que la imaginación dialoga con un  referente y con la referencia de modo primordial. Pero por el otro, se toma ciertas libertades. Entre esta mirada sobre la Historia (que es la de la poesía y no otro género, ese es un dato crucial) que aborda la literatura y no la disciplina histórica, Ioskyn puede haberse documentado. Pero no escribió una producción desde una epistemología sino a partir de otras premisas: un arte poética. Queda sentada entonces la polisemia, no el discurso denotativo. Esta polisemia tan rica relativiza el referente, pluraliza lo singular, potencia lo creativo, disminuye el valor de verdad sin que las fuentes dejen de  perder un ápice de eficacia o los límites de los acontecimientos se dilaten hacia lo inverosímil.

     Y diría, para cerrar, que leo Mi revolución rusa, con ese pronombre posesivo tónico en primera persona acentuando la idea de versión y también la de munirse de algo. Esto es: lo leo como una operación. De intervención sobre un significante que remite a un suceso de giro en la Historia. A un suceso de giro en el propio poemario. Pero no con la idea de ser el dueño del sentido esta vez. Sino como si, quizás para José Ioskyn, fuera el tema perfecto del cual apoderarse para desordenar de tal modo el discurso que en ese caos cobre sentido el escribir poesía. Quiero decir: el discurso poético. Porque la poesía nace precisamente de desmantelarlo todo: sonidos y sentidos, tonos y ritmos, puntuación y movimiento. Del desasimiento. Si estamos hablando de un acontecimiento que convulsionó a la Historia, a la Humanidad misma. Que sembró un relato que luego murió. Que quedó inscripto en la memoria colectiva, dar cuenta de él mediante la poesía, sirve ya en bandeja como tema (pero también  como tono y como abordaje) la naturaleza misma de este poemario. Y el fundamento de la relación entre política y poética.

Mi revolución rusa (2019)

Autor: José Ioskyn

Editorial: Ediciones del Dock

Género: poesía

 

Complemento circunstancial musical:

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