Reseña #734- El desierto de lo real


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Por Jada Sirkin

Un lugar inalcanzable, de José Ioskyn, editado por Griselda García Editora, tiene en la portada unas almohadas vacías y unas manos, cruzadas, que intentan atrapar una nube. ¿Intentan atraparla o se abren para darle paso? Dar lugar a lo inapresable. El lugar, dice el título, es inalcanzable. ¿Qué es la realidad? ¿Lo inalcanzable? La realidad como un sueño inenarrable. La idea, dice el inicio del libro, “llega entre sueños o en medio de distintos sueños. Es cómodo andar sin una verdad.”

Hablar de este libro es tan extraño —o difícil— como hablar de la verdad. Un lugar inalcanzable busca el sueño, la realidad. ¿Es más complejo hablar del sueño o de la realidad? El libro, como el sueño, se escapa. Permite, como toda obra abierta —como toda obra— múltiples lecturas. En este caso, pareciera que las fomenta. Un lugar inalcanzable es un poco como una pintura abstracta; o no, tal vez es justamente el intento por narrar lo más concreto, lo que queda aplastado por el sentido común cotidiano que ordena y significa la realidad. Tal vez eso que llamamos realidad (significados, ideas) sea más abstracto que la materia de los sueños. Tal vez hay algo más detrás de las cosas.

A la amiga del narrador de la novela, esa realidad le pasa por el costado. La realidad, dice, como un amante que pasa cerca. Cerca, pero sin tocar. La realidad, acá, no llega a doler.

Una serie de elementos recurrentes nos sirven de ancla para entender que estamos —que seguimos— leyendo el mismo libro; un libro que logra la magia de sentirse unificado sin ser unívoco. Leerlo da placer, confunde y regocija. Si escuchar los sueños de otra persona puede ser tedioso, el libro, como continente, logra que podamos dar valor a ese mundo de imágenes, sensaciones e ideas que es, parece, el interior de nuestra psiquis.

Esta novela breve nos adentra en un universo psíquico. Pareciera que no salimos, durante sus menos de cien páginas, de la psiquis del narrador. Y resulta rico, atractivo, refrescante, leer un libro en el que no se promete una historia lineal, organizada y controlada de manera lógica —como la vida cotidiana. Acá la propuesta parece ser seguir el curso asociativo más libre de los sueños. Al menos, así como entendemos que funcionan los sueños. Los sueños, el soñar, como permiso y contención para una narrativa no lineal. El recuento de un material onírico que avanza sólo porque las palabras arman oraciones y las oraciones crean tiempo —secuencia, linealidad. Hemos despertado, tenemos palabras, hay que narrar. Y en ese avanzar inevitable del lenguaje, a través de repeticiones formales y temáticas, se acumula.

La amiga, el taxi, la mujer de los sueños. El sueño, ¿es lo que organizamos narrativamente en la vigilia? ¿Cuál es esa realidad más real?

Estos elementos recurrentes organizan un cierto cauce; nos dan suficiente contención como para dejarnos llevar. (Es interesante cómo funciona la mente lectora, que quiere asociar, unir, relacionar, relatar.) La extensión del libro, en relación a su estructura y su propuesta, es precisa. Lo mismo con la extensión de sus capítulos; fragmentos que arman un tapiz.

El intento de acceder a un lugar inalcanzable, lo alto de una montaña, lograr dominar el sueño para acceder a niveles más profundos del soñar, o del vivir, o del amar, poder agarrar a esa mujer que se escurre, esa realidad que se escurre, un taxi que se desvía cuando sólo debía dar una vuelta manzana.

“Todo el mundo —dice— trata de salir de donde está y llegar a otro lugar.”

Cuando el narrador se sube al taxi, da su propia dirección, la dirección de donde sale. Pero el taxi se desvía, porque hay esa cosa animal que escapa a las garras de los símbolos. Hay algo que no puede ser simbolizado. Hay algo, algo que no se sabe qué es, que gobierna nuestras vidas. Estamos en un mundo donde “cesa la relación entre causa y efecto”, un presente irracional, un mundo donde el nombre, la voz y el cuerpo están desmembrados.

Una fuerza derivativa gobierna ese mundo. Esta novela, este lugar inalcanzable. El libro habla de un lugar inalcanzable, pero se llama Un lugar inalcanzable. ¿Estamos, ya al leer el libro, en ese universo inaprensible de lo real?

“De pronto tengo una existencia independiente de aquello que me define desde siempre, a lo cual me tuve que habituar, a lo que me tuve que agarrar para no desaparecer. Estoy suelto por primera vez.”

Estamos sueltos en la lectura, entre mosquitos, reflexiones, erotizaciones; por la mitad del libro, los sueños —los así nombrados sueños— dan lugar a una serie de pequeños acontecimientos que podrían parecernos más reales. Es como si el libro diera un volantazo y se desviara hacia una zona más —digamos— realista. Detrás de las cosas —platos que caen, autos y pájaros que podrían chocar, bolsas de basura, containers y camiones, cines y shoppings—, detrás de las cosas hay un desierto.

¿Suena a Matrix? Bienvenido al desierto de lo real.

“Decir cosas ya me suena a algo extraño”, y en el desierto no hay más que “algo oscuro y silencioso que grita que existe.”

Deliciosa lectura. Lectura musical, rota y galopante. Una novela de menos de cien páginas que se puede leer en una tarde. Una novela viaje. Un viaje psíquico, consciente e inconsciente. Un viaje de disolución.

¿Qué es lo que se disuelve? Pareciera que la novela nos invita al deshacerse de una identidad; un proceso humano tan sutil y complejo que no puede ser registrado sino con el multiplicador lenguaje de los sueños y de la poesía. ¿Qué es lo que se deshace? ¿Cuáles son esas adicciones que arrastramos desde el nacimiento? ¿Cómo es tomar el volante del taxi de nuestra propia vida? ¿Cómo es descomponer todo lo conocido y soltar el propio nombre? Un libro para leer varias veces, un libro para armar varios libros. Como un amor, dice, sin ningún tipo de fundamento.

Un lugar inalcanzable (2018)

Autor: José Ioskyn

Editorial: Griselda García Editora

Género: novela

 

Complemento circunstancial musical:

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