Reseña #746- Rojo amor, Rojo amor


 

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Por Yamila Bêgné

La primera vez que leí Rojo amor, de Aníbal Jarkowski, corría 1998, yo tenía quince años y, claro está, no entendí nada. La edición era de Tantalia, del año 1993. La segunda lectura es más reciente, en la nueva edición que Clubcinco Editores publicó en 2015. No sé si entendí mucho más, o si entendí mejor, pero lo que sí es seguro es que pensé de nuevo.

Pensé, en principio, lo siguiente: Rojo amor es una novela que, hablando de otros tipos de artificios, habla también sobre el de la literatura. A veces, la coartada es la historia: “Yo sigo leyes que no son de hoy ni de ayer, sino de siempre. La fidelidad a lo nuevo es débil”, le dice el duque ruso Pavlovich, heredero último del linaje Romanov, al periodista que lo entrevista. “En Francia comprendí que las culturas no deben vivirse sin distancia porque decepcionan”, le dice también. Otras veces, muchas, la coartada es la costura, el diseño, las telas. Sobre Coco Chanel, su amante, dice Pavlovich mientras el periodista graba: “Estaba persuadida de que la belleza no era cuestión de cambios, sino de profundidad en lo propio”.

Rojo amor es, también, una novela que quiere serlo con evidencia. Rojo amor quiere el artificio para sí, igual que Chanel quiere el artificio del andar en las mujeres: “Les digo que observen a las mujeres elegantes, las que adelantan el muslo, luego la pantorrilla, y por último el pie”. La apuesta al artificio está desde la elección misma de la estructura. Rojo amor es una novela que incluye el proceso de escritura de una novela, que incluye el mientras, el devenir. Y que incluye, al final, la novela “Rojo amor” dentro de la novela Rojo amor.

A la vez, el artificio también incluye el trabajo con la literatura misma. Jarkowski hilvana referencias literarias a lo largo del libro: desde el modo dialogado y el trabajo con los géneros literarios de Manuel Puig, hasta reescrituras de pasajes de Borges. “A otra mujer que no soy yo es a quien le ocurren las cosas”, por ejemplo. O también, en el hermoso relato que hace el duque de sus recuerdos, se acumulan, como en “El Aleph,”, las repeticiones del verbo ver conjugado, hasta llegar al objeto final, una mujer:

Vi mi casa natal en la luz flotante que atravesaba la sala, vi la guerra de Crimea tal como mi padre la había contado al volver. Mis primeros pasos de la mano de mi niannka, una mañana en los jardines de Peterhov, vi a mi madre en los rasgos de mi hermana María. Vi el relumbre de un brillante y el perfil de un sable. Vi a Serguei vistiéndome con el uniforme de gala y me vi echando lances en el espejo, vi los campos de Prusia ensangrentados y los cadáveres de mis oficiales, vi a mi hermana caer en la nieve mientras el tren se alejaba de ella. Vi mis zapatos con periódicos y a Chanel también la vi, aunque no deseaba verla.

Decía que no sé si entendí mucho más, o mucho mejor ahora que en 1998. Pero, además de pensar de nuevo, tuve sí la repetición del disfrute al imaginar una vez más los espacios de la novela. Siempre me gusta pensar lo siguiente: de qué modo los escenarios y hasta quizás los ritmos y los latidos de un texto que leímos hace mucho vuelven casi intactos en una nueva lectura, pasados los años. No es nunca la historia, o la trama, o lo visible, lo que se ha conservado: es, en cambio, el gusto impalpable que deja aquello que, paradójicamente, es tan difícil de ver y definir: la atmósfera de un texto, eso que nos impregna.

Leer Rojo amor, o releerla, es entrar en un delicioso aire de delicadeza, cargado de detalles suntuosos y a la vez sencillos, cotidianos. Esa era la atmósfera que había guardado quizás bien mi lectura adolescente: un lujo austero que emite la novela. Es la austeridad brillante que destella en frases como “La vida secreta de quien amamos nos pertenece”, o en “el desamor nos desarregla la vida”(1). O, y finalmente, en la confluencia de los materiales delicados y el trabajo con esfuerzo; un cruce que también se podría pensar, y que la novela de Jarkowski piensa, así, en tangente, para el quehacer de quien escribe:

Por todos lados había en la habitación estibas de jersey y columnas de seda. Lienzos de raso, como banderas a medio desplegar, tornasoleaban el ambiente. Una mujer silenciosa, reconcentrada, sorda a los murmullos de aprobación de los asistentes, retenía el aliento observando a la diosa rubia que se afanaba por esculpir. Trabajaba con los cinco dedos, se ayudaba con las uñas, el canto y la palma de las manos, con tijeras y alfileres. Se pronto caía de rodillas ante su obra y la ceñía con ardor, no por reverenciarla sino para moderar algún pliegue, el vuelo de un tul. Corregía todo lo que ya había corregido acentuaba un rasgo a veces, y a veces atenuaba otro, mientras exigía utensilios con solo nombrarlos si no estaban a su alcance.

 

(1)- Quizás se trata de lujos que, hoy, brillan distinto que en 1998, hasta más: no estaría del todo mal, para nada mal, pensar que hoy la ruptura puede ser volver al detenimiento en las palabras, al lento hilván del artificio evidente, a la distancia.

 

Rojo amor (2015)

Autor: Aníbal Jarkowski

Editorial: ClubCinco

Género: novela

 

Complemento circumstancial musical:

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