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Reseña #631- De esta orilla del mundo

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Por Miguel Sardegna

Hoy fuimos a la plaza Rodríguez Peña con Luciano. Hace unos días, volviendo de darle la última dosis de la vacuna contra el sarampión, pasamos por la vereda de enfrente y nos tentaron los toboganes y las hamacas. Es una rara magia una plaza con juegos en Buenos Aires.

No lo supe hasta que llegamos allá, con Mariana, pero de algún modo íbamos camino a repetir el primer capítulo de Ella en la otra orilla, de Mitsuyo Kakuta (Yokohama, 1967).

En el comienzo de la novela, Sayoko lleva a la plaza a Akari, su hija de tres años. Siempre la misma rutina: Sayoko se queda a un costado y observa cómo su hija no consigue conectarse con los otros nenes. Akari no se relaciona naturalmente con nadie. La plaza se convirtió para ellas en el ámbito de máximo desafío para la interacción con los otros. En una ocasión, Akari se acercó a chicos que jugaban en un arenero y todo terminó en un incidente en que Sayoko debió salir de su rincón y pedir disculpas. Llevan un tiempo yendo de plaza en plaza, como “nómades de los parques”, escapando de este tipo de episodios.

Pensaba en todo esto hoy, en la plaza, mientras veía cómo Luciano jugaba con el globo de una nena. Ella se lo ofreció, estiró la mano y le permitió a él tomarlo. Todo sin decir una sola palabra, o grito, o lo que sea que son capaces de hacer los nenes que recién aprendieron a caminar. Luciano no tiene las dificultades de Akari para hacer amigos.

Después de jugar con ese globo, buscó otros globos. Algunos nenes se resistían a prestar el suyo, entonces Luciano se los arrebataba. Por culpa de un payaso triste y mal pintado, de un momento para otro la plaza se volvió incómoda: vendió muchos de esos globos finitos y largos, devenidos en espadas frágiles. No era un payaso muy talentoso, todos los nenes terminaron con la misma espada tosca. Menos Luciano. Deberíamos haberle comprado una con Mariana, aunque fueran feas. Yo corría detrás de Luciano, pedía disculpas, como Sayoko en la novela, y les devolvía a los nenes sus espadas, feas pero intactas. Por suerte Luciano no pinchó ninguna.

Lo que leemos pasa a formar parte de nuestra vida, como si fuera esa explicación que necesitábamos y no podíamos ver solos, por nuestra cuenta. Las buenas novelas tienen ese poder de traducirnos el mundo. Luciano jugaba con los nenes de la plaza, y yo me vi corriendo detrás. Entendí que el de los miedos y las barreras era yo. Como en Ella en la otra orilla. Porque en un momento Sayoko descubre que es ella quien no consigue congeniar en los parques con las otras madres. Akari solo imita conductas. Esa vida nómade, de parque en parque, no busca ayudar a Akari, sino evitar a las otras madres. Me puso contento saber que Luciano es mejor que yo.

Con esa imposibilidad para socializar, a Sayoko se le ocurre volver a trabajar. Conseguirse un trabajo se le presenta como una solución para las dos. A Akari le va a venir bien ir a una guardería. Su suegra y su marido no piensan igual, y no pierden una sola oportunidad para decírselo. Este es uno de los puntos altos de la novela, permitirnos ver esa cotidianidad japonesa, el lugar que pelea la mujer en una sociedad que está cambiando. Sayoko tiene suerte: la entrevista de admisión la toma una mujer, Aoi, que encima asistió con ella a la misma Universidad, tantos años atrás.

El capítulo dos tiene el punto de vista de Aoi, pero transcurre en tiempos de la Universidad. La narración retrocede muchos años. Vemos ahora las inseguridades y miedos de esta mujer que muchos años después acabó montando su propia empresa, viviendo una vida independiente y sofisticada, todo lo que Sayoko anhela y nunca llegó a ser.

Las voces se alternan. Un capítulo para Sayoko, en el presente; el siguiente para Aoi, en el pasado. Mitsuyo Kakuta consigue escribir una novela con dos voces bien diferentes, que corren paralelas hasta que llega el momento de confluir. Dos mujeres en un Japón incómodo, de costumbres rígidas y conservadoras.  ¿Cuál es el rol de la mujer en la sociedad japonesa? ¿Qué se espera de ella y cuáles son los espacios de resistencia? El bullying infantil, los suicidios. Es difícil imaginar hoy una novela japonesa sin bullying y sin suicidios. Mitsuyo Kakuta nos cuenta su tiempo, revelándose contra su tiempo. Sería interesante ver cómo encastra esta novela en el panorama de la literatura japonesa moderna, que por primera vez nos llega sin excesivas demoras, a medida que se está produciendo. Me quedo rumiando esas dudas. A veces no hay otro modo de pensar que escribiendo. Pensar con los dedos.

Mitsuyo Kakuta lleva publicadas más de cincuenta novelas en Japón. A pesar de que Ella en la otra orilla es una novela compleja, difícil de traducir, Yoko Ogihara y Fernando Cordobés nos traen un texto claro, con una prosa que fluye. Ya habían traducido en 2014 La cigarra del octavo día. Ojalá Galaxia Gutenberg nos acerque más historias de Kakuta.

Ella en la otra orilla (2016)

Autora: Mitsuyo Kakuta

Editorial: Galaxia Gutenberg

Género: novela

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