Reseña #439- Abundancia de talento


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Por Janice Winkler

Hay una teoría, creo que también del Instituto Tecnológico de Massachusetts, que es la del efecto mariposa: una mariposa mueve las alas en una de las playas de Brasil y, como resultado de ello, al otro lado del mundo se desencadenará un tornado. Lo del tornado está en el ejemplo original. Hubieran podido poner otro ejemplo, que el aleteo de la mariposa trajera una lluvia beneficiosa, pero los científicos que desarrollaron la teoría cogieron un tornado. Y eso no fue porque también ellos, al igual que el director de la red de hamburgueserías Quesu-Cristo, sufrieran de depresión clínica, sino porque los científicos especialistas en estadística saben que la probabilidad de que algo dañino ocurra es mil veces mayor que la de que ocurra algo útil. (Del cuento “Quesu-Cristo”, en De repente un golpe en la puerta).

No sé quién habrá pisado el ala de la mariposa mágica, colorida, sonriente, que murió  para que yo, acá, a una distancia de veinticuatro horas de avión, haya podido conocer en persona a mi admirado Etgar Keret, justo después de habérselo recomendado a mi primo Marcelo que, como el autor, vive en Israel; y que un par de días después, los libros que hoy comento hayan llegado a la redacción de Solo Tempestad y que yo me haya lanzado sobre el teclado para solicitar que por favor fueran míos y que después, para rematar esta serie de acontecimientos afortunados, el estimado Damián Blas Vives haya entrevistado a Keret y yo haya estado en primera fila, observando y disfrutando.

A quien haya pisado esa mariposa, porque para mí que en la teoría que menciona el narrador la mariposa no vuela sino que muere; a quien la haya pisado, digo, le agradezco de corazón.

Tengo sobre mi escritorio dos libros: De repente un golpe en la puerta y Los siete años de abundancia.

El primero es una colección de cuentos cortos, ágiles, irónicos, dramáticos, fantásticos, realistas, etc, etc, etc. Metámonos en la ingeniería del manjar adictivo que es la narrativa de Keret, tomemos los ingredientes uno a uno.

ONÍRICO Y FANTÁSTICO

Los sueños en la obra de Keret no son meros condimentos, sino que modifican a los personajes, los envuelven en una nueva realidad donde encuentran cierto tipo de redención.

En “Pudin”, a Avishai Abudi lo secuestran en una camioneta, el lector espera lo peor, cuando finalmente lo que sucede es que lo llevan a la casa de sus padres, a su infancia, al cuidado de la yiddishe momme:

—Deja ahora la tarea —le regaña su madre—. Ven a comer. Anda, deprisa, antes de que todas las vitaminas se escapen de la ensalada.

En “Mentiralandia” Robi, un muchacho mentiroso patológico, se encuentra con los sujetos que a lo largo de su vida ha ido construyendo como objetos de sus excusas. Por ejemplo, conoce al niño que en su infancia había protagonizado su primera mentira. Le había dicho a su madre que un niño pelirrojo con un aspecto horroroso y al que le faltaba uno de los dientes delanteros lo había parado en plena calle y le había dado una bofetada quitándole el billete. Sin embargo, Robi va más allá, transitando también los senderos del inconsciente y el pasado de otros. Allí se encuentra con Igor, el anciano que le tendió el gancho que llevaba montado sobre el muñón derecho para estrecharle la mano, y que le había servido de tío enfermo a una compañera de trabajo.

El pasaje de la realidad al mundo de los sueños sucede de manera imperceptible. Esto es algo a lo que Blas Vives hizo referencia en la entrevista. No específicamente en cuanto a las historias oníricas, pero sí en relación con la línea transparente que divide en Keret lo realista de lo fantástico, cuando lo fantástico es a su vez bizarro, lindante al género nonsense, y sin embargo, se lee como parte de la realidad que venía funcionando, no hay un quiebre. Alguien del público le preguntó qué escritores habían tenido peso en su formación, y él incluyó a Cortázar. Pienso en uno de sus cuentos más recordados, “Carta a una señorita en París”, en la que vomitar conejitos se presenta como algo de lo más natural, aunque sin duda —y sobre todo— hermosamente asqueroso.

Y así, como si fuera de lo más corriente, es que Ela, la protagonista de “Abrir el cierre” descubre que su novio Tsiki es el envase de Jurgen, el siguiente en su biografía amorosa. Podría decirse que Tsiki y Jurgen conforman una Mamuschka de novios. Vaya uno a saber quién vendrá después.

Pero ella notaba que él le ocultaba algo. Y la verdad es que una noche, aprovechando que se había dormido con la boca abierta, metió en ella un dedo con mucho cuidado hasta debajo de la lengua y encontró lo que era. Un pequeño cierre. Un cierrecito. Y al abrir Ela el cierre, su querido Tsiki se abrió como una ostra y dentro estaba Jurgen. Al contario que Tsiki, Jurgen tenía una barbita de chivo, unas patillas muy cuidadas y no estaba circuncidado. Ela lo miró allí dormido, dobló muy tranquila la envoltura de Tsiki y la escondió en el armario de la cocina, detrás del bote de la basura, donde guardaban las bolsas de basura. 

IDENTIDAD

Sea a través de los sueños, de algún suceso fantástico, como encontrar a una suerte de doppelgänger sentado a su lado en el avión, o de acciones en historias de corte realista —y no por eso menos bizarras— como un repentino golpe en la puerta de un sueco con barba y pistola que le exige al mismísimo Keret que le invente un cuento; o un chico que se suicida y cae con todo su peso sobre un vendedor de seguros ¡de vida!, los personajes de Keret se enfrentan a alguna revelación, o a la búsqueda, de su identidad. Como en “Cerrados”, el tipo que se la pasa daydreaming, jugando —en soledad— a que tiene otra(s) vida(s): El hombre se pasa todo el día fantaseando con las casas de los demás, imaginando que son la suya. Lo mismo hace con los trabajos, con los coches. Dejémonos de trabajos y de coches, porque con lo que realmente anda siempre fantaseando es con que las mujeres de los demás son su mujer. Y lo mismo hace con los niños. Con cualquier niño que haya visto por la calle, en el parque, por la tele o en una serie. Se los imagina en el lugar de sus hijos. Y así puede estarse horas. Si por él fuera, se pasaría así la vida entera.

Por su parte, Miron, el protagonista de “Mañana saludable”, que anda cabizbajo, abandonado y perdido, aprovecha una confusión para comenzar la práctica de hacerse pasar por otros, recobrando el interés por la vida y sintiéndose así un poco menos solo.

Sucedió un jueves. Un hombre gordo y sudoroso entró en la cafetería y le sonrió. Miron se sorprendió. La última persona que le había sonreído fue Maayán, justo antes de dejarlo, y aquella sonrisa, de hacía más de cinco meses, había sido una sonrisa absolutamente cínica, mientras que la del gordo hizo un gesto, que por lo visto significaba que si podía sentarse, y Miron asintió con la cabeza casi sin pensarlo. El gordo se sentó y dijo:

— ¿Rubén? Oye, no sabes lo que siento haberme retrasado. Ya sé que habíamos quedado a las diez, pero ni te imaginas la mañanita que he tenido con la niña.

Miron era consciente de que ahora debía comunicarle al gordo que él no era Rubén, pero en lugar de hacerlo se encontró mirando el reloj y diciendo:

—No pasa nada, sólo han sido diez minutos.

[…] Desde entonces aquello se convirtió casi en una rutina. Miron se sentaba, pedía algo para tomar y se quedaba esperando muy tenso ante cualquier persona nueva que entrara en la cafetería, y si la persona se ponía a dar vueltas entre las mesas con una mirada interrogativa, Miron no dudaba en hacerle señas con la mano invitándola a sentarse con él.

DRAMAS FAMILIARES, SILENCIOS Y RED HERRING

Todavía no vi Medusas, la película que Keret dirigió junto a su compañera, Shira Geffen, pero estoy convencida de que el autor debería dedicarse a escribir thrillers o series para Netflix, ya que es un as en el manejo de las pistas falsas.

En los dramas familiares “Un niño muy educado” y “Equipo”, el lector espera un desenlace trágico, hay pistas falsas que lo guían hacia esa dirección. Sin embargo, el drama se mantiene tenso hasta último momento y lo que sorprende es, precisamente, el final abierto, silencioso, que invita a completar la historia.

Lo repaso todo con él. Y lo que después le va a tener que decir a Sheyni. Que hizo enojar a la abuelita, que ella lo empujó contra la pared con todas sus fuerzas y que así se dio el golpe.

— ¿Y me va a doler? —me pregunta al final otra vez.

—Sí, te va a doler —le digo—, una vez. Pero después ya no te volverá a encerrar solo en la habitación nunca más.

Ahora Roíki se queda callado. Está pensando. Se ha terminado la paleta y lame el palo.

— ¿Y mamá no va a decir que me lo invento? —pregunta.

—Si te haces una señal lo suficientemente grande en la cabeza —le digo acariciándole la frente—, no lo dirá. (De “Equipo”).

Si mal no recuerdo, en la entrevista Keret mencionó que, a partir del nacimiento de su hijo, se había vuelto más benevolente con sus personajes. Tal vez estoy reinterpretando lo que creo que él dijo, pero de todos modos, es algo que noto en los cuentos de esta colección, a diferencia de otros más viejos en los que encuentro mayor violencia.

HUMOR, TERNURA Y RESPETO

Si no leyeron a Keret, recomiendo que empiecen por su ficción y recién entonces corran por su libro de crónicas Los siete años de abundancia. ¿Por qué? Creo que es el orden acertado para disfrutar de la autobiografía del autor (de cualquier autor). Primero me enamoro de su obra; de ese modo, seguro que su recorrido por la vida y la escritura me intriga más.

Sin duda en sus cuentos abundan el humor y la ironía, pero en estas crónicas resaltan en cada página. Transcribo algunos ejemplos del capítulo en el que describe el nuevo género que él mismo inventó, el género de las dedicatorias ficticias: <<Para Danny, que me salvó la vida en el Litani. Si no hubieras aplicado ese torniquete, yo no existiría, ni este libro tampoco>>; <<Para Feige. ¿Dónde está ese billete de diez que te presté? Dijiste dos días, y ya hace un mes. Sigo esperando>>; <<Para Avram. Me da igual lo que digan los análisis del laboratorio. Para mí, siempre serás mi padre>>.

Keret escribía este tipo de dedicatorias a los desconocidos que compraban sus libros, hasta que una vez, un tipo se ofendió y le dejó los dedos marcados en la cara. Así que, cuando le acerqué mis ejemplares, me apené “seguro que me va a firmar con un clásico y aburrido “con cariño” o algo así”. Sin embargo, ¡ver foto!

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El siete es un número especial en el judaísmo y siete son los años de Lev, el hijo de Keret, que sirven de capítulos para este libro. Cada año agrupa una serie de crónicas.

Cuando hablo de ternura, me refiero a Keret padre, Keret hermano, Keret hijo. Hay un capítulo que es una especie de Currículum Vitae de hermandad: admite pañuelo en mano. Pero su hermano no es el único privilegiado de la familia, todos tienen sus líneas. En el capítulo “Mi llorada hermana”, Etgar cuenta cómo es tener una hermana ortodoxa que vive en el barrio más estrictamente ortodoxo de Jerusalén. Lo relata con amor y respeto a pesar de no estar de acuerdo con su forma de ver y vivir la vida. 

Cuando entro en la casa de mi hermana, menos de una hora antes de que empiece el Sabbat, los niños me saludan al unísono con su << ¿Cómo me llamo?>>, una tradición que empezó después de que una vez los confundiera. Considerando que mi hermana tiene once hijos, y que cada uno de ellos tiene un nombre compuesto, como es costumbre entre los jasídicos, por supuesto que mi error podría ser comprensible. El hecho de que todos los chicos vayan vestidos igual y engalanados con idénticos peyos es un atenuante muy considerable. Pero todos ellos, desde Shlomo-Nachman hacia abajo, sólo quieren asegurarse de que su peculiar tío esté lo suficientemente concentrado, y que le entregue el regalo adecuado al sobrino adecuado.

Anécdotas tiernas y divertidas como ésta recorren Los Siete años de abundancia: la relación con su hijo y su mujer, y con las “mamis” en la plaza. Su participación en festivales literarios; la noche que durmió en un museo de Croacia. Y también, la guerra, las bombas, las alarmas para correr a los refugios, y la enfermedad de su padre.

COHERENCIA

Me encantó conocer a Keret, decirle las frases en hebreo que me enseñó mi primo Marcelo; que se alegre de ver mis (sus) libros marcados; que responda cada pregunta con interés y alegría. Sus respuestas me resultaron coherentes con su escritura, que refleja apertura y pensamiento crítico.

Así es como funciona el mundo. El escritor no lo creó, pero está aquí para decir lo que hay que decir. Hay una línea que separa matar bichos de matar ranas, e incluso si el escritor la ha cruzado en el transcurso de su vida, sigue teniendo que señalarlo. El escritor no es un santo ni un tzadik, ni un profeta guardián de las puertas del cielo; no es más que otro pecador con una conciencia un poco más aguda y un lenguaje ligeramente más preciso, que utiliza para describir la inconcebible realidad de nuestro mundo. No se inventa ni una sola sensación o pensamiento —todos existían mucho antes que él. No es en lo más mínimo mejor que sus lectores —a veces es mucho peor—, y así debe ser. Si el escritor fuera un ángel, el abismo que le separa de nosotros sería tan grande que su escritura no podría acercarse lo suficiente para tocarnos. Pero como está aquí, a nuestro lado, cubierto hasta las cejas de lodo y suciedad, es el que, más que ningún otro, puede compartir con nosotros todo lo que le pasa por la mente, en las zonas iluminadas y especialmente en los oscuros recovecos. No nos llevará a la tierra prometida, no traerá la paz al mundo ni curará a los enfermos. Pero si hace bien su trabajo, unas cuantas ranas virtuales más conseguirán salvarse. Los bichos, lamento decirlo, se las tendrán que arreglar por su cuenta. (De “Otro pecador”, en Los siete años de abundancia).

De repente un golpe en la puerta (2017)

Siete años de abundancia (2017)

Autor: Etgar Keret

Editorial: Sexto Piso

Género: cuento/crónica

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