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Reseña #957- Un inventario de la infancia

me acuerdo

Por Pía Bouzas

Llama la atención que Kohan en su último libro, “Me acuerdo” (Ediciones Godot, 2020), se haya embarcado en un texto de neto corte autobiográfico, un cuaderno de infancia, casi; pero no sorprende en cambio que el texto desde el vamos intente diluir todo aquello que lo arrojaría a la zona “referencial”, si por referencial entendemos una realidad (un pasado personal, en este caso) que se presentaría en la escritura sin mediación alguna. “Me acuerdo” está saturado de estas mediaciones. A las fotos familiares y dibujos del archivo personal, se le suma una tapa de arte que nos sugiere la ficción de un cuaderno encontrado en alguna caja de algún altillo y en el interior del texto un epígrafe que exhibe la filiación en una serie intertextual muy clara. La cita es de George Perec refiriéndose al “Me acuerdo” de Joe Brainard: “Un libro digno de ser copiado”. Bien mirado, entonces: Kohan, que copia a Perec, que copia a Brainard. Y así.

Hay en la voluntad del epígrafe (y del texto) un evidente gesto metaliterario.  En estas pampas se diría que es un clásico gesto borgeano: tomar una tradición y acriollarla, copiar y que la copia misma sea imposible.  Efectivamente, no hay copia literal posible, pero integrar una galaxia de textos que giran y encuentran su forma a partir de un mismo procedimiento, eso sí. Diría que esa es la potente filiación literaria.

Los “me acuerdo” asoman como una lista de objetos, un inventario de recuerdos que se presentan en una estructura fija de dos o tres líneas, muy breves, muy condensadas. Así empieza: “La remera azul, a rayas horizontales, que no me quise sacar durante todo el mes de vacaciones, ni siquiera para entrar al río”.

Los recuerdos son imágenes, escenas, frases que tienen la nitidez de un objeto. Si se trata de una escena, se resuelve en pocas frases. En ese caso, son escenas narrativas mínimas o contenidas. A veces, estos recuerdos van armando series o zonas: la serie de las chicas, los amigos de la cuadra, la familia judía, el colegio, los deportes, el fútbol, objetos culturales de época, etc.

Pero son series con una cronología y una causalidad débil entre sí. Los recuerdos se acotan a la infancia, sabemos que van hasta los 12 años del narrador. Hay unas vacaciones en Córdoba que así lo indican. Pero no podríamos afirmar si la enumeración que leemos sigue una cronología lineal estricta; o mejor dicho, el texto no quiere señalarla. A diferencia de un diario, o de la narración de memorias, los recuerdos no están fechados, aparecen como fogonazos. Y el salto temporal entre uno y otro a veces podemos leerlo por indicios que el texto da (la muerte de Perón, el mundial de fútbol), o que el lector completa. Podemos hacer cálculos (1974, 1978), pero los anclajes se desdibujan. Y precisamente eso es lo atractivo.

Si el acto de escribir inscribe el recuerdo en el interior de una secuencia, el carácter de la secuencia a veces bordea lo aleatorio o lo intempestivo. Se desdibujan las referencias temporales “duras” de modo que el tiempo se ensancha y a la vez todo queda como en nebulosa ¿Qué orden secreto guía la aparición de esta serie? ¿Hay algún orden? ¿Hay más de un orden? ¿Será que el ritmo de esa secuencia tiene que ver con el movimiento, a veces reiterativo, a veces arbitrario, de la memoria? 

En todo caso, la narración se presenta “fiel” a la perspectiva de un narrador Kohan niño: en el tiempo de larga duración de la infancia, “esos años”, lo memorable, lo extraño, lo porque sí y lo rutinario se van entremezclando. Al fin de cuentas no siempre sabemos por qué recordamos lo que recordamos. Está la mirada del chico sobre su familia, el barrio, el colegio judío, los amigos de la cuadra, también el asombro frente al mundo: el barrio de Núñez, los años 70. 

En esa estructura fija, condensada, de sintaxis breve y simple, creo que reside el encanto de este texto. Una estructura que establece un ritmo: apenas dos o tres líneas, apenas el esbozo de una narración, y a la vez, el núcleo esencial, allí, jugado. La narración no se despliega y lo que cuenta es el pulso, la disposición de estos recuerdo/objeto. “Mi papá usaba desodorante y loción de afeitar Old Spice. /Mi papá defendía a Stalin, especialmente en los aspectos represivos“. Kohan se muestra como un experto en este delinear con pocos trazos. Con finales que dan un doble fondo a la escena, que contrastan lo que dicen con lo que no llegan a decir, que dejan picando la pelota en el área. Pero no hay goles acá, y eso se agradece.

En la manera de nombrar a los amigos del barrio se muestra la gracia, la experimentación y a la vez la “fidelidad” a la perspectiva, o sea, la sintaxis, de un narrador niño:

Los chicos de la cuadra eran: Hernán Pablo y Hernán del fondo, Hernán de al lado, Martín de enfrente, Mariano y Diego de enfrente, Luisito de la vuelta.// Fabián del fondo se hizo hincha de Chacarita Juniors por admiración a Carlitos Balá //Mariano de la otra cuadra era amigo de la cuadra también.”

En ese mundo de la infancia son pocas las menciones a circunstancias del contexto político. Aparecen en diagonal, muy lateralmente: el viaje de su madre en el colectivo 15 durante la dictadura, ver al presidente pasando por la avenida Libertador. A medida que leemos nos vamos preguntando, ¿Qué será lo propio de una generación? ¿Los productos culturales que compartimos? ¿La música que no nos gustaba o la música que sí nos gustaba? ¿Los carting? ¿O los carting rojo? ¿Los cabsha? ¿O la indigestión?

“En “Salo” probé el Cabsha. Me gustó, comí veinte seguidos y sufrí una pateadura de hígado.”

Yo creo que en esa brevísima entrada está delineada una generación entera. La generación de los “niños dóciles”, como alguna vez Kohan la llamó. ¿Acaso a los excesos y a las indigestiones no les sobrevienen dietas y penitencias aleccionadoras?

En una entrevista reciente Kohan comentaba que el proceso de escritura del libro había sido bastante automático, un impulso que empezó y que él siguió hasta que se agotó. El impulso de una serie virtualmente infinita plantea un dilema ¿cómo terminar? Si no hay cronología que aliente una hermenéutica, ni experiencia final que garantice un aprendizaje, ¿cómo cerrar la infancia?

“Con un muñeco  bebé de mi hermana, yo jugaba.
Incluso le puse nombre”

Kohan acierta con este cierre, que no es final, sino más bien comienzo (como el epígrafe). En esa escena primordial de juego infantil con el juguete de su hermana (de un otro), practica el acto iniciático e inicial de toda escritura: atreverse a nombrar.

Me acuerdo (2020)

Autor: Martín Kohan

Editorial: Godot

Género: No ficción

Complemento circunstancial musical:

Un comentario

  1. Constanza Meyer Constanza Meyer

    Excelente reseña y comentario crítico del libro. Una invitación a salir corriendo a la librería más próxima para leer este texto de Johan. Gracias, Pía Bouzas

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