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Reseña #996 y 1/2- La vanguardia en debate

Por Diego Cano

Acaba de salir el libro de Martín Kohan La vanguardia permanente, un ensayo que pone sobre el tapete un debate que se huele necesario. El libro escrito con fluidez y en tono pedagógico se lee con facilidad y entusiasma su lectura con la importante variedad de debates y temas que aborda.  La vanguardia no es un tema menor en la literatura argentina ya que, como señala Kohan, la crítica, y uno podría decir también, los editores, el público y la crítica internacional, miran con ojos atentos todo desarrollo que pueda entrar en el significante vanguardia ya que la literatura local es considerada un puntapié de la narrativa vanguardista en castellano. Por eso, establecer criterios, determinar definiciones, establecer campos y territorios, sugerir o señalar nombres actuales que, según el autor, entrarían en la vanguardia es toda una definición en el campo de batalla cultural del canon e interpretación que defiende lo que el propio Martin Kohan entiende por literatura. En esta reseña intento desarrollar el debate generado con Kohan en Twitter que, por la lógica de esa plataforma, tal vez quede difuso o impreciso.

El libro comienza con una idea de vanguardia pensada de manera exclusiva como combate y ruptura y ya eso es toda una definición. En el vanguardismo podemos incluir desde Van Gogh, los expresionistas, el futurismo, los dadaístas, el cubismo, surrealismo y el abstraccionismo, además de una cantidad infinita de otras corrientes actuales. Kohan pasa de largo con los matices de esas diferentes corrientes, y ya sabemos que cuando el significante se estira demasiado, poco nos dice de su contenido de experimentación de nuevas formas que, entiendo, es el núcleo de la historia del vanguardismo. 

La vanguardia, yendo a la mera concepción etimológica, va adelante de algo de lo que es parte. En Kohan la vanguardia se independiza, se da vuelta y enfrenta a lo que viene a querer defender, de forma aventurera, tal vez, pero defensa al fin. Es verdad “vanguardia, entonces: extremar esa pasión por lo nuevo que inspiró el modernismo” (13) aunque esa pasión por lo nuevo no siempre se presenta como “una ruptura visceral” (13) expresada en mayor medida por una de las corrientes vanguardistas: el dadaísmo. Este focalizar en la ruptura y el enfrentamiento dejando de lado los matices de las vanguardias, pone en el centro a la literatura como mero campo de batalla sin preguntarse por el contenido de las propuestas vanguardistas. 

Kohan repasa lo dicho por Bürguer, Adorno, Benjamin, señalando aquí ya las críticas el riesgo de que la vanguardia sea “apenas un término de moda” (37), un mero cliché, y hasta “una vanguardia despolitizada” (41 y en 98 respecto a los cuestionamientos de Massuh) o una vanguardia “desactivada y sin peligro explosivo real” (43). También hace un señalamiento rápido a las posturas de Stalin y Trotsky frente al realismo y “las reticencias a la experimentación formal” (41).

Para Kohan la vanguardia argentina de los años veinte y treinta fue una vanguardia “atemperada” (78), moderada, ya que partiendo de una definición radical de vanguardia la expresión martinfierrista tendría ese tono. Ahí aparece Borges reescribiendo la tradición (81), “rompiendo los límites de los géneros” (82), “puesta en cuestión de los límites de lo ficcional” (83), “trastocamiento de la temporalidad lineal continua” (83), “revisión crítica la noción de autor” (83), “puesta en crisis de la originalidad del arte” (83). Sí las vanguardias son el avance constante en la experimentación formal, mi interpretación es que acá se presenta una contradicción en el argumento, es difícil decir que todas estas transformaciones realizadas por Borges sean “moderadas”, sólo serían moderadas si se las ve desde el punto de vista de la radicalidad del enfrentamiento a la tradición, porque desde la búsqueda formal parece ser una revolución de la que emana hasta hoy el prestigio internacional de Borges. 

En el capítulo “La vanguardia crítica” señala el interés por el vanguardismo como algo que estaría “vacante” (85) en la literatura argentina. Y en el capítulo “Formalismo y formulismo” la cosa empieza ponerse interesante. Kohan destaca la idea de cierto bluf, mistificación y esnobismo que encierra el vanguardismo basado en un texto de Gombrowicz. Acá hay una frase importante: “…esa nada, esa cualquier cosa, fue admitida como vanguardia, fue aclamada por vanguardia” (108). Veremos después que “…ese cualquier cosa” también cabría como duda a la literatura de César Aira. La vanguardia con “ese halo de prestigio” (110) según Kohan se le presenta a Julio Cortázar como una encrucijada: “sucedáneos de una vanguardia ya sida, todas estas imposturas se apoyaban en el vanguardismo como un valor garantido” (110 y 111). Encrucijada que parecería decir Kohan que termina en una “mera gestualidad” (114). Kohan sobre Cortázar cita a Luis Chittaroni: “Un surrealismo aquietado” (116), Daniel Link: “Rayuela es el luto de la vanguardia en un universo irremediablemente pop” (115), “osadías de ruptura formal se habían visto emprolijadas” (sobre Schvartzman 123) y “normalizadas” (según Prieto, 123). 

Libertella y Piglia ocupan el capítulo de las “varias vanguardias” aunque en Piglia “no es su propia literatura” (142) la vanguardista sino su ensayo Las tres vanguardias destacando que “encada una, el de la vanguardia es un debate abierto” (154).

En el siguiente capítulo “Una vanguardia sin épica” es el único dedicado a un autor y es el caso de César Aira. Evidentemente Aira puede entrar dentro de una categorización de vanguardia. Pareciera que Kohan hace lo que muchos críticos, leen a Aira desde sus ensayos o entrevistas y no desde su literatura, eso lo hace poner en el centro no su narrativa sino las postulaciones aireanas sobre el arte. De ahí Kohan extrapola lo más polémico del libro afirmando que Aira entabla su diferencia con Cortázar “desde un marco de referencia análogo, desde un terreno relativamente común.” (175). Esa sentencia se basa en lo dicho por Kohan: pone en común su “zona de surrealismo, el azar, Roussel, la improvisación del jazz, Pizarnik” (Tweet de Martín Kohan). Recordemos que en capítulos anteriores Kohan hablo de Cortázar como “un surrealismo aquietado” (116), “un universo irremediablemente pop”. (115), “osadías de ruptura formal se habían visto emprolijadas” (123) y “normalizadas” (123). Mi opinión es que Kohan soslaya la fuerza narrativa de Aira, su sensibilidad, su voz de peripecia alejada de la crónica, el malentendido, la ruptura significado significante permanente y su invención furiosa que todos reconocen. Nada de experimentación formal única y de la reapropiación radical de la literatura hasta hoy parecen ser ejes de la explicación de Kohan. El mismo nombre del capítulo lo dice “vanguardismo sin épica”, aunque sean palabras del mismo Aira, refuerza ese carácter no bélico (171) que para Kohan es lo que la palabra vanguardia inspira. Kohan dice: “Aira y Cortázar comparten notoriamente un mismo imaginario de innovaciones artísticas” (175). Esta frase tiene una clara intención polémica, mi lectura desde su propio desarrollo parecería decir lo contrario. En todo caso, y obviamente esta es mi opinión, desde el propio desarrollo de La vanguardia permanente la literatura de Aira se parece más a Borges y su experimentación extrema de las formas más allá del adjetivo que Kohan quiera achacarle. También parece cargada de valoración la pregunta sobre la literatura aireana: “¿Es una genialidad o era cualquier cosa?” (162), sabiendo que un capítulo anterior ese “cualquier cosa” fue valorado negativamente como una pose vanguardista. Si hay una crítica que quizás debería contemplarse para la literatura de Aira es la que hizo recientemente Pablo Farrés, seguramente aludiendo a Aira (aunque sin nombrarlo): “…no para reducir el gesto al uso de los procedimientos sino para devolvernos al momento de su emergencia. Ante la posibilidad de hacer de la vanguardia un juego de reglas autónomas que borren el cuerpo y la historia”.

Por último, Kohan establece su lista de vanguardistas hoy: Gabriela Cabezón Cámara, Luis Sagasti, Ana Ojeda, Eduardo Rubinschik, Carlos Eguía y Pablo Katchadjián. Llama la atención la ausencia de algunos nombres que han hecho de la experimentación formal la guía de su literatura como son Sergio Bizzio, Ricardo Strafacce, Alan Pauls y Daniel Guebel. Quizás más polémico, y más personal a gusto de este reseñista, resultaría interesante incluir a Pablo Farrés (del que Kohan presentó su novela Pasiones Alegres), Carlos Ríos, Ariel Luppino, José Retik y Ariana Harwicz.

Más allá de las disidencias, este libro viene a poner sobre la mesa un debate necesario: qué es la vanguardia y cómo hacer literatura hoy. Martín Kohan tiene la valentía de exponer sus ideas en este ensayo de manera abierta, bienvenido, entonces, el debate permanente sobre qué se entiende por vanguardia. 

La vanguardia permanente (2021)

Autor: Martín Kohan

Editorial: Paidós

Género: ensayo

Complemento circunstancial sonoro:

5 comentarios

  1. Martín Kohan Martín Kohan

    Diego, antes que nada: gracias por la lectura, hecha casi sobre la propia salida del libro, y por la reseña, que creo que es la más rápida que recibí en mi vida. Este comentario no constituye una réplica (acostumbro no replicar lecturas); pero tomo tu idea de un debate necesario como un gesto de apertura al intercambio (espero no equivocarme en este sentido). En efecto, como decís, acotar ciertas concepciones de la vanguardia me parecía fundamental como punto de partida, porque de una formulación difusa sólo podían derivarse equívocos. En cambio, no me interesó entrar a discernir diferencias entre las distintas vanguardias europeas, por dos razones muy sencillas: la primera, que ese trabajo ya está hecho; la segunda, porque entiendo que mi exposición no lo precisaba (excepto en lo básico: el ultraísmo en Borges, el surrealismo en Cortázar, etc.). Una aclaración sobre Borges: la tensión entre innovación y moderación es parte de lo que propongo como abordaje, distinguiendo por lo demás al Borges de los ’20 del de los cuentos de los ’40; por lo que no me parece que sea una contradicción en lo que planteo. Es, por el contrario, justamente lo que planteo (siguiendo en eso a Sarlo): que hay ahí una tensión definitoria. Y en cuanto a Aira, que es el punto en el que más te detenés, Sandra Contreras ha hecho un trabajo más que exhaustivo sobre el procedimiento de sus ficciones, que retomo expresamente en el libro; de manera que eso está presente en el análisis, combinado con sus ensayos sobre vanguardia (ineludibles en un capítulo sobre Aira de un libro sobre vanguardias). Por cierto: en una literatura como la de Aira, hablar de «vanguardia lúdica» tiene mucho más fuerza que hablar de «vanguardia épica», por lo que, en sus propios términos, diría que lo disminuís. A esa altura del libro, por cierto, lo que voy haciendo es revisar las formulaciones bélicas de origen (la idea del ejército que retrocede de Piglia, la figura del caballo de Troya en Libertella), por lo que considerar esa misma inflexión en Aira no implica de ninguna manera, como suponés, disminuir su condición vanguardista. Implica en todo caso reformularla y repensarla (que es lo que tiene de interesante en este aspecto). Diría lo mismo sobre el «cualquier cosa»: pasando ya por el mingitorio de Duchamp y por la noción misma de objet trouvé, considero que está claro (quiero decir: que en el libro es explícito) que hablar de una vanguardia de la «cualquier cosa» ya no expresa una objeción o una disminución (según parece, para vos, sí), sino al revés: es de por sí un reconocimiento de la potencia que el proyecto de Aira tiene. Tal vez de ahí tu impresión de lectura de que soslayo la fuerza narrativa de Aira, su inventiva, etc.; no sólo no la soslayo, la encomio, pero la encomio en términos netamente aireanos (lo lúdico y no lo épico, el cualquier cosa y no los materiales «nobles»), términos que por alguna razón a vos te resultan peyorativos (no sé, ¿no te gusta Aira?). En cuanto a Cortázar: los puntos de contacto son por demás evidentes, quiero decir, están verdaderamente a la vista: surrealismo, L’autremont, el azar, Roussel, Pizarnik, el jazz como referencia de improvisación; el asunto es justamente que a partir de eso se produce todo un desmarque y una diferencia (lo trabajo explícitamente, por ejemplo en el contraste entre el Charlie Parker de uno y el Cecil Taylor del otro). Por fin, sobre el último tramo: en una lista, como en cualquier lista, cada cual querrá agregar sus favoritos faltantes. Pero como no se trata de lista de favoritos, sino de tratar de mantener la misma precisión conceptual para acotar una idea de vanguardia (no solamente la innovación, sino cierto tipo de innovación en particular), lo que podría decir por caso sobre Pauls, Bizzio, Guebel, Farrés o Harwicz es que escribí varios trabajos sobre sus libros, y siempre con admiración; pero no responden al criterio de vanguardia que yo mismo intento plantear en el ensayo.

    Como dijiste «bienvenido el debate», tomé lo de la bienvenida y me di por invitado. Vuelvo a agradecer una lectura tan inmediata, alimenta mi ilusión de que el libro de verdad pueda interesar. Un abrazo

    Martín

  2. Diego Diego

    Martín, me alegra el tono de tu respuesta y me invita a continuarlo. El libro no sólo puede interesar, sino como ya dije, es algo necesario, debemos debatir esto y vos lanzaste la piedra, eso está muy bien. El libro es una invitación a ese debate y acá estamos.
    Ahora, creo que en tu respuesta evadís el punto central de mi argumentación y me haces decir cosas a mí que no dije, así que iré en ese orden.
    Coincido en tu no interés en entrar a discernir la historia de las vanguardias “europeas” (¿la vanguardia tiene nacionalidad?) aunque sí retomar cual es el eje de esa historia. Déjame decírtelo así, cuál es la necesidad, cuál es el núcleo de las vanguardias, y esto es: las nuevas formas de experimentación que va desarrollando el arte. Tu respuesta afirma lo que me sugirió la lectura de tu libro, vanguardia no es pensarla exclusivamente como campo de batalla, esa es, para mí, la forma. El contenido es como cada vanguardia avanza (utilizo analogía bélica porque intuyo que te gusta) sobre lo existente. Y creo leer en tu aclaración sobre Borges la contradicción que ya mencioné. Resaltas la tensión entre el Borges de los ´20 y el de los ´40 remarcando lo que todos sabemos de la superioridad formal de los cuentos de El Aleph y Ficciones. Ahí lo que tenes es una novedad furiosa en la forma, un salto hacia adelante (revolucionario dije en la reseña, quizás exagerando el énfasis). Fíjate que al destacar el Borges de los cuarenta nos damos cuenta que es una reapropiación de la tradición literaria existente (vos lo detallas con precisión en la página 83). Sigo pensando, que tu idea de la vanguardia como “formulaciones bélicas” se queda en la “ruptura visceral” y no en las formas que va tomando esa innovación, esa novedad.
    Con Aira, no entiendo tu necesidad de etiquetar y adjetivar lo que dije en la reseña cuando no lo hago. Igual, insisto que los puntos de contactos con Cortázar es una comparación exterior, subjetiva que se queda en lo formal. Mi entendimiento es que la literatura de Aira es de experimentación de las formas de manera única sólo alcanzada por Borges. Y tal como él, una reapropiación radical de la literatura hasta el momento que cado uno de ellos realizó su escritura. Vos mismo lo decís en el libro respecto de Cortázar que es un vanguardismo que se queda a mitad de camino. En Aira eso no pasa, creo yo, tal vez vos sí.
    Y sobre la lista, es verdad, es subjetiva, como me parece que tenemos criterios diferentes, la lista es distinta y ya. A mí me simpatizan los que hacen literatura yendo a fondo con la experimentación formal.
    Un abrazo, Diego
    PD: Respecto a lo que “no me gusta Aira” lo tomo como un buen chiste, de hecho me sacaste una carcajada. 🙂

  3. Martín Kohan Martín Kohan

    Diego, gracias por abrir el diálogo y por mantenerlo. Respuestas puntuales: sí, creo que son pertinentes ciertas inscripciones nacionales, por caso para la distinción entre el futurismo italiano y el futurismo ruso, o bien para la inscripción del surrealismo en Francia; pero en particular, para abordar la colocación de las vanguardias latinoamericanas (distintas además entre sí), en la discusión de un imaginario de centro y periferia. En cuanto a Borges: precisamente, la clave está en haber atemperado el experimentalismo estético en los años de mayor ebullición de vanguardias, y en la manera por demás extraordinaria en que articula lo nuevo y la tradición -por eso, como dije, no es que incurra yo en una contradicción: es que el señalamiento de estas tensiones y paradojas (vanguardia moderada, por caso) es parte de mi hipótesis de lectura.
    Entiendo que la diferencia de criterios no pasa por la cuestión de la experimentación formal, que señalás, porque en el libro yo planteo eso mismo, vos ya lo viste. Creo que pasa por una consideración general sobre renovaciones estéticas (la aparición de lo nuevo en diferentes momentos históricos) y la consideración de las vanguardias como un tipo de innovación singular que se produce en un período histórico determinado. A mi entender, la noción de vanguardia se diluye si se la subsume en las diferentes corrientes de innovación que existieron en el arte y prefiero decididamente pensarla en una emergencia histórica bien definida (por eso en el libro me interesó más la Teoría de la vanguardia de Peter Burger -más allá de eventuales diferencias- que una como la de Renato Poggioli).
    Este criterio es además el que me permitió abordar un problema que ocupa gran parte del libro: qué pasa con el legado de la vanguardia. Es decir, qué pasa cuando la vanguardia (lo otro de la tradición) se convierte ella misma en tradición. La de Aira es una intervención decisiva en este aspecto. Y eso se pierde de vista en tu enfoque, que a mi entender debilita enormemente lo que él hace, al pensarlo desde lo nuevo y la experimentación sin considerar lo que él hace (y lo que hace es formidable) con la tradición de lo nuevo, con la tradición experimental. Salteando esas operaciones, se diluye su eficacia de actualización vanguardista, la diferencia crucial entre lo que él hace y lo que sería meramente volver a las vanguardias o prolongar sus inflexiones (que sería más bien lo que hace Cortázar -y la base de mi enfoque es, por el contrario, analizar cómo Aira se desmarca de él, precisamente porque hay zonas de proximidad entre ellos; zonas que pueden detectarse objetivamente, no veo qué sería lo subjetivo ahí: se remiten de hecho a horizontes análogos, y es por eso mismo que Aira se aboca a producir esa diferencia).
    En cuanto a los escritores más actuales: mi criterio también ha sido el de la experimentación formal. La veo en Mario Ortiz o en Katchadjián, en efecto. Y me parece que los ejemplos que proponés (Pauls o Harwicz, por caso) están haciendo una apuesta distinta, muy valiosa para mí; pero que mal podría encuadrarse en los términos con los que estudio las diferentes vanguardias posibles (o imposibles). Puse en ese sentido especial cuidado en no llamar vanguardistas a los escritores que me gustan (porque muchos de los que más me gustan, no responden a esas características).
    Me alegra que te hayas reído con el chiste: pero me resultó de veras desconcertante que entendieras que lo lúdico pudiese ser un factor de desmedro nada menos que en la literatura de Aira,

  4. Diego Diego

    Martín,
    Creo que esta última respuesta reforzás tu hipótesis y el hacerme decir algo a mí que no dije. Sin embargo, creo que de alguna manera reconocés que la comparación de Aira con Cortázar es excesiva como mínimo, sino desapropiada.

    Respecto de la vanguardia, creo que hacés oídos sordos al argumento de la búsqueda de nuevas formas como eje del desarrollo del arte y te mantenés en tu interpretación de “ruptura visceral”.

    Sobre Aira traes sobre la mesa una palabra: “debilitar”, palabra que no utilicé y que supuestamente decís que hago en mi interpretación dando vuelta, así, el argumento y la acusación. Creo que tu comparación con Cortázar, inclusive después de todo lo que señalás de su literatura, lo único que hace es “debilitar” la literatura aireana, no dándole el peso decisivo que significa en la lectura y escritura actuales y futuras. Me parece bien que eso sea lo que pensás, no estamos de acuerdo y listo.

    Hay una cosa que me gusta de lo que decís de esto último. De Aira podemos compartir que es vanguardia cuando él escribe respecto de la tradición existente. Creo que coincidiríamos en eso, ahí la pregunta es: ¿qué hacemos con Aira? Pregunta que creo sólo Saer y Aira lograron responder plenamente respecto de Borges (uno negándolo, el otro reapropiándoselo). La literatura contemporánea que se escribe hoy debería estar intentando responderse lo mismo, por lo menos eso creo.

    En cuanto a los escritores actuales, vos decís que son de acuerdo a tu criterio de vanguardia, está muy bien. Como estamos debatiendo el criterio en sí, creo que la lista también es debatible.

    Te dejo que tengo que seguir viendo el video de YouTube sobre cómo gratinar fideos. 🙂 Un abrazo, Diego

    • Martín Kohan Martín Kohan

      A esta altura, Diego, me temo que no alcanzo a comprender de qué manera leés lo que escribo (no digamos ya el libro, que de por sí es más extenso y más complejo, sino apenas estos comentarios más bien simples). Concretamente: no entiendo de dónde sacás que reconozco que hay una comparación inapropiada entre Aira y Cortázar. Porque lo que yo planteo es muy claro: que uno y otro se remiten al surrealismo, que uno y otro se remiten a Raymond Roussel, que uno y otro se remiten a Pizarnik, que uno y otro se interesan por el componente de improvisación y de azar que hay en el jazz. ¿En qué sentido sostenés que esta afirmación es falsa? Ahí están los textos, es fácil comprobar que estas referencias están en uno y en otro. Y que es por eso mismo, justamente, que Aira precisa producir y remarcar una diferencia, porque pisan un territorio en común; y un buen ejemplo (el que desarrollo en el libro) de la manera en que Aira produce esa diferencia es el cotejo entre lo que uno hace con Parker y el otro hace con Taylor (retomo en eso a Gianera). Precisamente porque pisan un territorio próximo (no entiendo en cuál de los dos decís que no están el surrealismo, el jazz, Roussell, Pizarnik), Aira precisa desmarcarse con más énfasis.

      Tampoco entiendo a qué decís que hago oídos sordos. Me parece que mi planteo es claro: para Renato Poggioli, por ejemplo, hay apenas diferentes movimientos de renovación en el arte a lo largo de la historia; para Peter Bürger, en cambio, se produce a comienzos del siglo XX una instancia de ruptura diferente, de otro alcance, más visceral (la de la «institución arte»). Y marca en eso una condición singular de las vanguardias de esos años. Yo adopto ese criterio, por razones que expongo en el libro. Sos vos el que lo pasa por alto y planteás entonces una discusión sobre las vanguardias completamente ajena al libro (pero entonces estás pasando por alto ni más ni menos el libro que se supone que querés reseñar).

      Por supuesto que vos no utilizás la palabra «debilitar». La utilizo yo. Y la utilizo para decirte que considero que es eso lo que estás haciendo. Primero con las vanguardias, porque les quitás la impronta específica de su inscripción histórica y su irrupción singular, para diluirlas entre las numerosas corrientes de innovación artística que hubo y habrá. Y también debilitás la significación del propio Aira. Porque Aira produce una elaboración formidable de esas vanguardias (de la emergencia particular de esas vanguardias, porque su enfoque también apunta a recortar esa singularidad histórica, lejos de diluirlas entre las diferentes formas de renovación del arte) y las reformula de manera única (¿cómo lo hace? Lo analizo en el libro). Esa intervención singular, por parte de Aira, sobre ese momento singular definido por las vanguardias, se diluye bajo tu criterio de que hay distintas innovaciones artísticas, y entre ellas, para el caso, también la de Aira.

      Es tu hipótesis de lectura la que lo disminuye y debilita su singularidad, más allá de los adjetivos con que lo exaltes -con los adjetivos se puede expresar admiración, pero se vuelven huecos desde el punto de vista crítico sin una hipótesis de lectura. Y la tuya, a mi entender, en su doble atenuación, la de las vanguardias primero y luego la del propio Aira respecto de las vanguardias, le quitan potencia a su apuesta literaria.

      Espero que hayan ido bien esos fideos y ese gratinado. Te mando un abrazo

      Martín

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