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Reseña #482- Un avión que planea

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Por Miguel Sardegna

En Noxa, María Inés Krimer cuenta la historia de Marcia Meyer, una periodista a la que le encargan cubrir la protesta por el uso del agroquímico en un pueblo perdido del interior. El reclamo pone en escena los clásicos componentes argentinos: autos cortando la ruta, gomas quemadas, carteles. Humo que hace lagrimear. La denuncia que llegó a la redacción de La Mañana contaba que habían desaparecido los sapos y las abejas. Aseguraba que los pájaros migraron. Pero también hablaba de enfermedades que aumentaron en los últimos años. De chicos nacidos con riñones viejos y genitales atrofiados.

Marcia sabe que en el pueblo vive Ema, una amiga de la infancia que ha perdido de vista. La entusiasma la expectativa de ese reencuentro. Al pensar en ella evoca luces, sonidos, tardes corriendo por el campo. La infancia que regresa a la vida de Marcia, que cada tanto recibe llamadas incómodas de su ex y de su hija adolescente. Pero Ema no aparece, nadie sabe qué fue de ella. Y a la desaparición de Ema le siguen las muertes, los aprietes, las conspiraciones de la cerealera y del poder. 

Hay un acierto enorme en la novela, que no demora en irrumpir. Ya en ese piquete del comienzo lo podemos ver. Lo sentimos. En Noxa, el horror adquiere la forma de un avión que planea en círculos, dejando una estela blanca.

Son aviones que se desentienden de las ordenanzas y límites impuestos por la municipalidad. Cada tres o cuatro capítulos, un avión, que acaso siempre sea el mismo, vuelve a rociar su pestilencia sobre los lugareños. Los empapa de la cabeza a los pies. Esa primera tarde, en el corte, cuando Marcia sintió la lluvia fina humedeciéndole la cara, su reflejo fue pasarse la lengua por los labios. La rutina del pueblo se construye alrededor de esos vuelos, buscando eludirlos. Así, la inspectora debe avisar cuando hay fumigación, para que suspendan las clases. No siempre funciona, la otra vez rociaron el patio del shule durante el recreo.

En ese pueblo, los aviones asustan más que cualquier matón.

Noxa nos reencuentra con el universo propio que Krimer construye novela a novela: un mundo judío hecho de detalles que hábilmente desparrama sobre las páginas. Vemos entonces una sinagoga en este pueblo que conserva el trazado de una villa europea. Vemos que la biblioteca cuenta con libros en idish, además de algún que otro Borges. ¿El nombre de los gatos? Scholem y Aleijem. Cuando aparece una nube sobre el pueblo y recomiendan no salir, Marcia abre la ventana, aspira ese olor ácido y penetrante, y recuerda: “Los antiguos decían que las nubes ocultaban a los dioses, que cubrieron la huida de los judíos de Egipto, que son el símbolo de la fertilidad y la lluvia”. Un último ejemplo. El médico la calienta a Marcia –a Marcia no le preocupa reconocer que, por momentos, está más interesada en encamarse, que en escribir la nota que fue a buscar–, y piensa: “Me moría por averiguar si estaba circuncidado”.

Mientras escribo las últimas líneas de esta nota, me llega el ruido de la tele de la habitación. Mariana y Luciano duermen, o intentan dormir, en la cama grande. Como siempre, con la tele encendida. Escucho algunas palabras sueltas: contaminación, dicen. Residuos, agroquímicos. Dejo todo, me acerco. Luciano se quedó dormido de mi lado de la cama. Se lo ve tan indefenso estirado así, boca arriba, las manitos abiertas. Lo tapo cuidando no despertarlo. Le doy un beso en el cachete inflado. Esta semana empezó a comer sólidos. Manzana pisada, o banana. No estoy seguro que le tocó hoy, volví tarde del ministerio, me quedé sacando expedientes atrasados. El experto de la tele habla ahora de verduras y frutas tóxicas. Enumera contaminantes que quedan en la cáscara y contaminantes que van más allá de la cáscara. Son nombres técnicos, imposible retenerlos.

En la novela de Krimer, el problema no viene de la producción de frutas y verduras, sino de la soja. Los afectados viven en zonas con cultivo de soja, una geografía yerma salpicada de tanto en tanto por silos que flotan en el medio de la pampa. Silos que aunque están separados unos de otros, parecen pegados. Todos saben que el aumento de enfermedades se debe al uso del Noxa, el problema es probarlo. Como en los 70 con los cigarrillos. Krimer dice (o Marcia Meyer, o algún entrevistado): la próxima generación es la que deberá hacerse cargo.

Noxa (2016)

Autora: María Inés Krimer

Editorial: Revólver

Género: novela

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