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Reseña #44- La insignificante levedad del ser

 

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Por Coni Valente

La fiesta de la insignificancia”, la última novela de Milan Kundera llegó a mis manos exactamente un día antes de mi viaje a Nueva York. Las circunstancias eran especiales: mi checo favorito y mi ciudad predilecta se unían mágicamente en un viaje que esperaba hace meses. Bueno, años en realidad, porque desde que pisé Manhattan por primera vez me enamoré, tal como me pasó con Kundera desde que lo leí un verano.

Finalmente llegó el día. Era sábado. Terminé de armar las valijas, metí “La fiesta de la insignificancia” en la mochila y partí a Ezeiza. Mi vuelo era nocturno, por ende, mi plan era obvio: empezaría la lectura en mis largas nueves horas hasta aterrizar en el hemisferio opuesto al que me vio nacer.

Llegué con tiempo y el check in fue casi inmediato, así que aproveché para fumarme como cinco puchos juntos antes de atravesar la barrera de migraciones. Siempre hago lo mismo, como si eso me quitara las ganas de fumar que igualmente me dan cuando estoy en el aire. En fin, la cuestión es que antes de lo esperado estaba sentada en mi asiento, con el cinturón abrochado y mi libro mirándome con ganas desde esa bandejita pedorra de la clase económica.

Estaba ansiosa. Por despegar, por leer, por llegar. La tranquilidad del vuelo luego de la cena era inusitada, hasta que todo se fue al diablo cuando no muy lejos escuché a un bebe llorar desesperadamente. Detesto volar con niños. Había llegado solo a la página 26 y esa nenita no paraba de gritar. Recién dos horas después volvió la calma así que retome mi romance. Pero en la espera, sin poder conciliar el sueño, empecé a reflexionar acerca de los primeros párrafos y debo decir, muy a mi pesar, que me parecieron de poca monta, un tanto volátiles y aunque Kundera los unió en tiempo y espacio encadenando un personaje con otro en un recorrido cronológico por Paris, nada los fusionaba del todo. Pero sabiendo el historial del checo, presumí rápidamente que esos fragmentos escondían todo lo que la ciudad capitalista por excelencia te enrostra cada vez que pisas sus calles: el individualismo salvaje de la posmodernidad.

Ya era madrugada. Quería dormir algo antes de llegar, así que abandoné la lectura, me saqué las zapatillas y me dispuse a descansar un poco deseando profundamente que la bebita tomara la misma decisión que yo. Cerré mi libro en la página 47, justo donde arranca la Tercera Parte y recliné el asiento.

Cuando abrí los ojos, ya tenía encima a una azafata regordeta preguntándome: ¿coffe or tea? Y con esa sola frase, ella me hizo recordar que en mi breve siesta, un sueño decididamente bizarro se había apoderado de mi mente. Yo caminaba de noche por debajo del Puente de la 59, en el Upper East (es famoso por ser el de la portada de Manhattan de Woody Allen) y sin esperarlo me encontraba con Jim Morrison. No creo que el cruce haya sido casual porque el Rey Lagarto con su natural sensualidad, me pedía a gritos tarifas por sexo. Más que horrorizarme con el contenido de mi delirio onírico, me sentí profundamente halagada. Tremendo sex symbol bajado del Olimpo solo para mí, deseaba mi cuerpo y además pensaba pagarme. ¡Era de no creer! Bueno, por eso era un sueño, ¿no?

Opté por tomar café. Era lo mejor para despabilarme. En breve, íbamos a aterrizar en el JFK y yo iba a estar a solo media hora (dependiendo del tráfico en los túneles) de la gran ciudad.

Una vez que me encontré en esa zona que, en los aeropuertos, se denomina “pasajeros en tránsito” y mientras hacía la larga fila de extranjeros con intenciones de ingresar a los Estados Unidos, solo pensaba en tres simples cosas: fumarme un paquete entero de Marlboro, las letras de Kundera y el cuerpo de Jim Morrison. Y del otro lado del mostrador, mis valijas y Nueva York. Todo era perfecto hasta que me subí al taxi de Apu (sí, no es chiste, se llamaba Apu), ya que con su locuaz e intensa charla a lo largo de todo el recorrido hasta la 34 y Park, había logrado sacarme de mi eje: el sexo desenfrenado con el psicodélico Morrison en la capital del mundo.

El hindú que me tocó en suerte era simpático pero hablaba hasta por los codos y no con sus manos libres como hacen todos, sino conmigo. Me contó que había llegado a la ciudad hacía 8 años y que si bien había venido a tratar de cumplir un sueño, solo había logrado vivir en la parte baja de Queens y manejar un taxi. Dijo que había sido difícil la adaptación pero que ahora, a pesar de todo, era feliz con lo que tenía. Claro, también mencionó a Maradona y a Messi.

El contraste se empezaba a sentir. “La fiesta de la insignificancia” relata teóricamente lo que uno puede vivenciar en una ciudad como Manhattan: el fracaso detrás del aparente éxito, la búsqueda de felicidad truncada y la consecuente acomodación de la expectativa a la hostilidad de lo concreto. Eso reflejaba el relato de Apu y eso me dejaba entrever Kundera con la caracterización de sus personajes en esta novela casi ensayo. Alain, Ramón, D’Ardelo, Charles y Calibán no son más que excusas del autor para contar un tema (y por ese motivo más que una novela es un ensayo), que es en realidad el verdadero argumento del libro. No importa si los narradores son estos cinco amigos o son esa parva de neoyorquinos que andan por ahí tratando de ser importantes de alguna manera, haciéndose notar asomando la cabeza entre las masas de formas muy sencillas o muy extravagantes, no importa, porque lo que les interesa es llamar la atención para sentirse “diferentes” al resto de la humanidad a cualquier precio. Eso hizo Apu cuando me trajo hasta la ciudad y eso hace D´Ardelo victimizándose por un cáncer terminal que no padece y lo mismo hace un tipo que pasea en una limousine rosada por la 5ta Avenida o el mexicano que se disfraza de Estatua de la Libertad y camina 12 horas por Broadway cobrando por la foto. Lo que los aúna a todos ellos y también a todos nosotros es la puta insignificancia. Mal que nos pese, somos solo puntos ínfimos en la inmensidad de un mundo cruel. Kundera lo pone en esos términos a través de siete capítulos cortos. Y Nueva York lo reafirma en cada lugarcito de sus 87 km2.

A esta altura, ya había empezado a comprender eso que intuí en el avión: esta ciudad me enrostra lo que Kundera expone en este libro y lo maravilloso de leerlo andando por Broadway, con el Flatiron Building de fondo o sentada en una de las Mac a disposición que hay en el Apple Store de la 5ta Avenida y la 58 es que da la impresión que el relato cobra vida solo mirando a mi alrededor. Ahí están todas esas humanidades que van y vienen con un café de Starbucks en la mano viviendo sus insignificantes vidas a las que no pueden escapar, sosegando sus demonios con plásticos de colores que destrozan en las miles de tiendas gigantes que venden la ilusión del sueño americano. No son más que desgraciados viviendo una falacia. De algún modo, Nueva York es el epicentro de la insignificante levedad del ser.

Y esa insignificancia viene a cuento de la sensación volátil que a uno le da leer este libro. Es que la forma en que está escrito es  parte del mensaje. El humor sarcástico y la irónica mirada que tanto caracteriza obras anteriores como “La insoportable levedad del ser” (1984), “La inmortalidad” (1990), “La Ignorancia” (2000) o “La despedida” (1972) esta vez también están presentes pero de forma más subliminal que directa y eso, en cierto punto, agudiza el efecto pero suaviza la lectura.

Sin dudas, lo trascendente se enmascara en lo trivial. Siempre y sin excepción. Porque en definitiva son dos caras de una misma moneda.

Se hizo de noche en la Gran Manzana. Es tan encantadora iluminada que me emociona hasta las lágrimas. Pegarme una ducha y leer un poco más era un buen plan. Cuando estaba a punto de dar vuelta la hoja marcada con el número 71, sentí un ruido extraño y luego el timbre. Quizás, era un vecino o alguien que me había visto llegar. Dudé en apretar el botón de “open door” pero lo hice, sentí unas botas subiendo las escaleras y antes de que golpearan a mi puerta, espié con un poco de miedo por la mirilla. Me refregué los ojos y volví a mirar porque no podía ser cierto lo que estaba viendo. Como el edificio era silencioso y yo no abría la puerta pero me movía nerviosa en el interior del único ambiente del que gozaba, el señor que estaba del otro lado, sintió mi presencia y dijo en voz fuerte y clara: please, let me in, I know you are there waiting for me (por favor, déjame entrar, sé que estás ahí esperándome).

Les juro que no había fumado nada, ni había llegado a destapar la Budweiser de 3 litros que tenía en la heladera, pero del otro lado de la puerta estaba el Dios del Olimpo de mi sueño. James Douglas Morrison (o en su defecto, un muchacho muy parecido a él, más que nada en la voz) me suplicaba entrar. No todos los días uno está en Nueva York, leyendo a Kundera y Jim Morrison se te aparece en la puerta. Barajé la posibilidad de ser víctima de uno de esos realities sorprendentes que tienen los yanquis y entonces cuando abriera al fin se me iban a venir encima un sinfín de cámaras y Jimmy Fallon sonriendo me iba a decir: – Surprise! Your dream come true!!! Mi elucubración era poco viable así que con parsimonia destrabé los seguros y al abrir me sorprendí más que cuando miré por la mirilla. No había nadie. Silencio. El pasillo estaba vacío. Supongo que aluciné así que volví al plan original pero esta vez sí me destapé la cerveza.

Intenté olvidarme del episodio mientras saboreaba a Kundera y me imaginaba degustando a Morrison. De fondo, veía por la ventana el imponente Empire coloreado de rojo. Toda la escena era excitante. Esa es la palabra. No sabía si quedarme ahí envuelta en mi toalla o irme a buscar alguna fiesta por la ciudad. Mientras decidía mi destino, volvía a leer como Alain encontraba en los ombligos femeninos una fuente de erotismo inagotable y me di cuenta que eso es una manifestación contundente de la tendencia de la sociedad actual a ir tras la uniformidad, sin detenerse en la individualidad de cada persona y por eso te acercas a Times Square y te topas con un colombiano vestido de bebe gigante que pide colaboraciones. Porque someterse a ese acto es un intento desesperado por sobresalir y auto convencerse de que el propio ombligo es distinto al de los demás. Y en realidad, lo que ocurre es todo lo contrario. Ese agujerito que llevamos todos en medio de nuestro abdomen no nos hace distintos, sino iguales. Y observar esa característica como algo seductor no solo es frívolo sino inútil. Yo misma tuve una época así de banal en mi vida cuando seleccionaba hombres por la calidad de sus codos. Observaba con minuciosidad esa exquisita articulación y le daba el mismo valor que Alain a los ombligos. Supongo que sigo teniendo la misma falta de criterio, Porque, ¿Qué diferencia hay entre esa valoración sexual de un recoveco de nuestra anatomía y perder años enteros con un mal llevado señor que te boicotea psicológicamente? Ninguna, claro. Ambos actos son igual de estúpidos y cada acción de nuestra vida es así de tonta y vana, porque en definitiva no conduce más que a la muerte, que es el destino final e ineludible de nuestra existencia.

Ya había tomado la decisión. Me iba a buscar una fiesta por ahí. Y de pasada iba a caminar por debajo del Queensboro Bridge a ver si se me volvía a aparecer el Rey Lagarto. A lo mejor tenía suerte y escuchar a Los Doors cerca de Sutton Place convertía en realidad la alucinación.

No quieren saber cómo desperté el día dos en Manhattan, así que mejor vayamos directo a Kundera y a desayunar unos bagels con cream cheese en el Central Park. Café en mano me tomé el M1 y allá fui. Estaba nublado y hacía frio, pero no me quería perder el privilegio de ver los cerezos florecidos.

Seguí leyendo en el camino porque me había dejado algo perturbada el tremendo postulado que “La fiesta de la insignificancia” proponía en cada oración. Si cada una de nuestras acciones era vana e insustancial, ¿Qué sentido tendría la vida? La respuesta de tan simple asustaba. No había ningún sentido, era inútil. Llegar a la conclusión de que somos entes perdidos en un mapa intrascendente y que pasados miles de años nadie nos recordará, es desolador. Igual de desolador que caminar sola por este parque inmenso. Pero ser insignificante y aceptarlo no es ser mediocre ni un fracaso, es entender con cierta sana sabiduría que el mundo es imperfecto, que nosotros lo somos, pero principalmente es comprender que estamos acá solo un rato y que el valor de lo cotidiano por más sinsentido que tenga es lo que realmente construye nuestro “todo importante”. Asumirlo no nos hace más libres pero nos permite relajarnos y disfrutar del paseo que nos concedieron. Y aquí se halla el simbolismo de la fiesta en la que Kundera reúne a todos los protagonistas. Esa reunión representa la culminación de la idea central del libro, que por más pesimista que parezca no lo es tanto ya que invita a tomarse con liviandad ese andar, a aprender a disfrutar de cada pequeño acto de nuestra existencia como hago yo ahora mismo caminando por el Central Park completamente despreocupada de lo que va a pasar cuando lleguen los resúmenes a pagar de mis tarjetas de crédito o como lo hacen Charles, Ramón, D´Ardelo, Alain y Calibán en esa celebración entregándose al momento sin pensar en cómo lograr trascender esa simple instancia.

Me senté en uno de esos bancos de madera tan típicos del parque y me entregue al simple momento de hacer nada sin la culpa que habitualmente me azotaría. Evidentemente la primera madrugada en Nueva York me había dejado agotada así que al mismo tiempo que cerré el libro, cerré los ojos. En pocos minutos, Jim estaba sentado conmigo otra vez. Tenía el torso desnudo y el pelo revuelto. Me preguntaba casi susurrando si ya estaba lista para saltar al vacío. No me sobresalté, me acomodé sobre sus piernas y lo besé con los ojos abiertos sin contestarle. Quería verlo todo, deseaba sentirlo con la mente en blanco, concentrándome en sus muslos flacos pero bien formados, en sus labios gruesos y húmedos. Fue como una tormenta. No esperaba menos y cuando al fin logré abandonar el delirio místico, me enfermó la idea de desentrañar lo que todas estas repetidas apariciones venían a decirme. No podía ser casual nada de todo esto.

Salí del parque a la altura de la 76 solo para pasar por Strawberry Fields y volver a ver de cerca el Dakota Building. Caminé por el West Side hasta Lincoln Center mientras en mi cabeza rebotaban todas esas piezas sueltas. Creo que buscaba una explicación. Kundera había logrado otra vez llenarme de incertidumbre, pero también de algunas certezas. Si alguien como él decide publicar luego de 14 años de silencio es porque decididamente tiene algo muy importante que decir. Quizás “La fiesta de la insignificancia” viene a cerrar un largo transcurrir literario pero también filosófico de su cosmovisión. Para demostrarlo voy a hacer un repaso simple. Milan Kundera fue expulsado del Partido Comunista por enfrentarse abiertamente al stalinismo (al que sigue ridiculizando en este libro a través de uno de los personajes que tiene la manía de contar anécdotas apócrifas del dictador soviético) y se hizo profesor en Praga para ganarse la vida, tal como se la ganan Ramón y D´Ardelo. Luego, logro volver a las letras pero ya en Francia y en el idioma del país que lo albergó, escribió en “La despedida” (1973) acerca de los ancianos como una realidad lejana a la que uno (joven) puede ser invitado como a un banquete de sabiduría; ahora escribe sobre la vejez como un padecimiento presente y lo define como olvido: “El ser humano no es sino soledad. Una soledad rodeada de soledades”. Los narradores de este libro son viejos, no casualmente, porque si no lo fueran no habría lugar para que Kundera ponga sus palabras en ellos. Y finalmente hace hincapié en una cantidad inconmensurable de interrogantes que deja al lector reflexionando sobre en lo que se ha convertido la sociedad que él mismo ha visto pasar frente a sus ojos: vana, fútil, vacía pese a los reiterados esfuerzos de intelectuales que a lo largo de los años han intentado advertirnos de estas consecuencias.

Y yo misma aun me encontraba preguntándome qué es lo que representaba en mí esta experiencia porque si bien había volado más de 8000 kilómetros, el viaje más trascendente había ocurrido en mi cabeza. De algún modo, repasar brevemente la vida de Kundera me había despertado a una realidad que no escapa a mi existencia y las pulsiones con Jim Morrison no eran más que manifestaciones de esos puntos en común, no solo entre nosotros tres sino con el resto de seres que habitan este mundo. Y se volvía carne la oración más contundente del libro en cuanto a concepto: «La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento».

Y en esta parte del planisferio esa insignificancia se me había hecho consciente, había venido a decirme que el vivir es desconectado, inconsistente, esencialmente liviano y sobre todo no conduce a ningún lugar a pesar de empecinarnos en creer en esa falacia de la evolución de la humanidad. La vida misma es un acopio de actos inútiles y ante tremendo desencanto no hay opción más saludable que reírse. Esa es la propuesta de Kundera desde la forma y desde el contenido.

Entonces creyendo fervientemente en la inutilidad de la vida y tomando una actitud relajada frente a esa conclusión iba a no intentar más transformar mis vacaciones en algo único e inolvidable, sino que iba transitar con pleno placer lo que las calles de Nueva York me entregaran, despojándolas de significado. Y eso era, por cierto, paradójico pero ya no importaba. Iba a dejar fluir al fantasma de Morrison y sin preocuparme iba a dejar entrar por mis venas a estos dos hombres que amo. El escritor y el poeta en la verdadera ciudad de la furia.

Vivamos la fiesta en paz y amiguémonos con la idea de la insignificante levedad del ser que ya dejó de ser insoportable.

La fiesta de la insignificancia

Autor: Milan Kundera

Editorial: Tusquets

Género: Novela

6 comentarios

  1. Christian C. Christian C.

    La conclusion después de leer apasionadamente la reseña es que no estoy seguro si voy a leer a Kundera, pero si puedo afirmar que la profunda descripción del relato hizo posible que viaje al otro extremo del continente sin moverme una sola milla. Rapido y de un modo para nada insignificamente me sumergí sin escalas en el día frío y gris de NYC, pese a los pesados 22º de mayo en Bs.As.

  2. La fiesta de la insignificancia es un excelente ejemplo de aquello que la literatura y Particularmente la novela Ha buscado desde su nacimiento: «estar a la altura de lo cotidiano»…

  3. Gracias por compartirme tu reseña Coni. Expresas de manera muy vívida y profunda tus sensaciones con el libro y con el viaje. Me hiciste recordad tantos momentos relevantes que experimenté en Manhattan así como tantos momentos de Reflexión que me ocacionó Kundera. Al final, por más desolador que suene, nuestra existencia es irreleventa para la posteridad, al final todos los que nos conocen morirá y nuestra esencia con el recuerdo perdido. Y justamente eso es lo maravilloso de ser tan irrelevantes: podemos experimentar de todo, inclusive tonterías, y no tendrá relevancia alguna en el futuro. Esa es la maravillosa oportunidad que tenemos, la de experimentar y partir a otro plano con todo lo que hayamos vivido en este. Muchas gracias por tu relato, lo disfrute bastante. Hebert

  4. @AndreaVMoli @AndreaVMoli

    La primera vez que supe de Kundera fue porque en un cine cultural pasarían La Insoportable Levedad del Ser. No me vi la peli, pero lo que mis amigas de la movida me contaron fue suficiente para sentir una enorme identificación con la historia. Tal vez no literalmente, pero en el plano metafórico no pude evitar proyectarme.

    La segunda vez que supe de Kundera fue por medio de un post en Facebook, una página de Literatura compartió su, aparentemente, célebre cita sobre el Vértigo. «El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.” Para aquellos que nunca han sentido vértigo, es como si la mitad de tu energía vital se concentraran en lanzarte al vació y la otra mitad busca impedirlo. Y más identificado no me pude sentir.

    La tercera es la vencida. Tu relato me pareció increíble, una historia que contar con otra que merece ser contada.

    P.D: Me enviaste el link por twitter 🙂

  5. FernandoJavier FernandoJavier

    Hola, escribes muy bien, todo muy interesante y me mantuvo atento. Solo un tipo tan inteligente nos puede hablar de esa forma sobre una cuestión capital. Solo me pareció un poco larga tu introducción, pero igualmente yo lo disfruté todo. Gracias por compartir tus experiencias.

  6. Es verdad. A pesar de todo eso.. Qué dificil es vivir sin tener una botella de armagnac en la bodega.

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