Skip to content

Reseña #229- La impune sensación de la fe

13553223_10154378418622764_275149695_n

Por Pamela S. Terlizzi Prina

Varias veces me pregunté si incluir o no en esta reseña que no tuve más remedio que llorar con el final de la novela de Lasalt. Ganó el sí, y sin embargo me siento en la obligación de explicar, de advertir rápidamente que esta confesión no es un golpe de efecto, que no implica una valoración en sí misma, que ni siquiera sé si otros lectores han llorado. Porque no quise llorar, tuve que llorar. Porque no fue tristeza o alegría o emoción. Lloré contra mi voluntad, lloré de desesperación, como disco de ruptura, como válvula que falla.

La entrada al paraíso no da respiro en muchos aspectos. El primero y más visible es que no hay capítulos; no hay como abandonar la historia que se concatena incansablemente, no sólo por esa ausencia, sino también por el vértigo. Apenas se habrá comprendido un hecho cuando una nueva digresión irrumpe en la escena para traernos otro dato fundacional de cada personaje, de sus verdades. Es que La entrada al paraíso es un libro en presente escrito con el pasado. Por otro lado, toda la novela está compuesta por un final apenas fragmentado por las sólidas construcciones de los personajes, sus vínculos, sus historias, su rosario de caminos bifurcados, sus presentes que se arborizan simultáneamente. Como decía, toda la novela es un desenlace partido difusamente al medio, y en esa mitad está la materia con la que Lasalt escribe: la desesperación, la asfixia, la miseria que esconde toda cotidianidad.

“Matilde emprendía la bajada larga del camino vecinal, Raquel se desvestía para ducharse y Sergio salía al patio a fumar”. Estas tres acciones paralelas componen el espacio temporal en el que todos los hechos ocurren. También funcionan como las fachadas detrás de las que se construyen las identidades individuales, de los grupos que los personajes componen, del barrio donde viven y penan, de las religiones que los atraviesan.

En La entrada al paraíso, Lasalt cuenta cómo una joven pareja intenta sobrevivir el secuestro de su hijo, de apenas meses. Cuenta cómo se vive con el daño, en realidad, porque el desmoronamiento de la pareja es apenas el principio; porque aunque semejante tragedia sea afrontada en unidad, la supervivencia, si es posible, es individual. El duelo, la superación, el desinterés o la angustia son estados de una intimidad indecible.

Dice Lasalt: “Y no eran fuertes, no, en poco tiempo el mundo los aplastó, les afirmó que a ellos no les tocaba, y luego, por si fuera poco, apareció la iglesia. Ellos habían estado en la búsqueda sin pausa, gastaron sus ahorros y se endeudaron con la familia para dedicar el tiempo en ir a todas las radios de la guía, a todos los comercios del barrio a todos los canales de televisión. No conocían a nadie, se sentían más pobres que nunca, y estaban heridos de muerte y les parecía que siempre faltaba algo para ser escuchados de verdad, porque no hablaban tan fuerte o tan suave como debían, porque no tenían el dato preciso, la palabra, la educación, la presencia que hacía falta, o no habían hecho los trámites en orden, como si ellos y su hijo fueran baratos, prescindibles, nada, y que en todo caso debían estar avergonzados, humillados, siempre más abajo para hacerles entender a los demás que su bebé había desaparecido, que se los habían robado. Y entonces, llena de amor y comprensión, había aparecido la iglesia”.

Otro pilar en la novela de Lasalt es la religión: la impune sensación de salvaguarda que la fe les propicia a los personajes, se da de cara contra la absoluta incomprensión que los embarga. Algunos breves lapsos de lucidez les proporcionan a los personajes la posibilidad de cuestionar sus cultos; asimismo, este trabajo agota tanto a religiosos como a laicos, tentados una y mil veces por la falsa sensación de sentido que les acerca la fe en momentos de profundo desconcierto.

En suma, me atrevo a decir que Lasalt teje esta historia utilizando los mismos elementos que la religión: pasado, daño, desesperación. Porque para que un daño sea irreversible debe habitar también el pasado, porque sólo quien ha sido profundamente dañado desespera, porque solo quien desespera comprende que no hay más camino que convivir con el daño sufrido, que sólo se puede poner la otra mejilla, aceptar que debemos ser castigados o salvados, según voluntad divina. Lo verdaderamente revelador es que no hay final feliz posible: ya sea ajusticiando el secuestro de su hijo o siendo salvados por Dios, en la vida o en la fe, con culpa o con redención, cuando la fatalidad ha hecho bien su trabajo, no hay lugar para la ingenuidad. Felicidad gratis nunca más, por los siglos de los siglos, amén.

La entrada al paraíso (2015)

Autor: Martín Lasalt

Editorial: Ediciones de la Banda Oriental

Género: novela

 

Se el primero en comentar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *