Reseña #565- Dos lecturas demoradas


LeidermanMolinelli

Por Facundo D’Onofrio

Si colocásemos una bolsa con un kilo de arena sobre una balanza y la pesáramos, muy probablemente, pesaría un kilo. Dos o tres días después, si volviéramos a pesarla, seguiría pesando lo mismo. Sin embargo, esa constante que hemos naturalizado como tal no siempre se cumple con un libro de poesía. A veces, dejar pasar el tiempo y tomar cierta distancia, a la espera de volver a acercarse a la balanza y repetir el pesaje, resulta –además de saludable– sorprendente. Hay dos libros de cuyo peso a la distancia me gustaría hacer referencia: Animales dorándose al sol de Natalia Leiderman y Las mañanas, el deshielo de Roxana Molinelli. 

Ausente en su presentación conjunta, los leí por separado. Aunque de estilos muy distintos y, por momentos, opuestos, constituyen, cada uno por sí, una vía de acceso a lo mismo: el amor en alguna de sus formas.

Animales dorándose al sol: el orden del caos.

En física, se denomina Teoría del Caos a la pretensión de comprender un sistema a partir del conocimiento de sus condiciones iniciales. Cualquier modificación en dichas condiciones puede determinar gigantescas variaciones en el comportamiento del sistema analizado. Si esas condiciones fueran conocidas a priori, el comportamiento del sistema podría ser ordenado por un observador. Caso contrario, su devenir será insondable. Supongo (con la libertad de mi ignorancia) que las condiciones iniciales de esos sistemas no se modifican sino en virtud de alguna serie de patrones tendientes a llevarlos a un determinado destino o que, en su defecto, se modifican sin sentido por el azar inexorable.

Si entendiéramos un libro de poemas como un sistema, de modo tal que sus condiciones iniciales estuvieran perfectamente dispuestas hacia un fin o, al menos, hacia una relativa tendencia, nos sería posible inferir en su mismísimo inicio hacia dónde pretende llevarnos. Eso podría llegar a su súmmum y ser casi un cuento de Poe o moverse en el delicado espacio del gris. Ahora bien, ¿qué sucede cuando todas las condiciones iniciales de un libro de poemas están perfectamente desordenadas y desordenándose en su avance de modo tal que su lectura se vuelva impredecible y sorprendente? ¿Y qué sucede si ese perfecto desorden estuviese dispuesto de forma tal que pareciera hecho por una niña traviesa y terrible cuyo afán lúdico se nos hace presente en los temas que más hondo calan (el amor y sus variantes, la vejez, la muerte)?
El yo lírico de Natalia Leiderman es una niña tremendamente inteligente e inescrupulosamente traviesa que, con los hilos del mundo en sus dedos, no duda en hundirlos allí donde ve una llaga. Se divierte con la ingenuidad del lector que cree saber hacia dónde se dirige; se regocija al mostrar su goce; se regocija al mostrar su desdicha. El lector, desorientado adrede en el caos impredecible, queda en estado de vulnerabilidad y, en cada nuevo poema, no hace más que sorprenderse, inquietarse, estremecerse. Despojados de tanta quietud y del devenir muchas veces predecible de otros sistemas, el caos envolvente de Animales dorándose al sol es bienvenido.

1.2  Las mañanas, el deshielo: un apego a la sutileza.

Si pretendiéramos acercarnos a una suerte de definición, el deshielo es, en primer lugar, una transformación, un cambio de estado: el hielo se vuelve agua. La impenetrable roca se liquida. Su solemne inmovilidad de espejo no será más que puro devenir, inquieto al tacto, bebible, movimiento de vida. El hielo se vuelve agua. Él se vuelve ella.

El trabajo de la poesía en el libro de Roxana Molinelli es intentar cambiar de estado a un elemento. Es el trabajo (en este punto coincidente con Catacumbas) de la alquimia. Aquí, el cambio pretendido es un cambio primordial: darle movimiento a lo inmóvil, darle vida a lo muerto.

Si acaso tuviera que pensar en responder esa incesante pregunta de “¿qué es la poesía?” o sus versiones “¿cuál es la función de la poesía?” o la más rimbombante “¿qué importancia tiene la poesía en la literatura?”, creo que es hacer del hielo, agua.

En Las mañanas, el deshielo, Roxana da cuenta de esta función de la poesía y hace de la anécdota lisa, llana, muerta, un líquido delicado y rítmico que se va contando a sí mismo en ese movimiento y sólo allí, en esa sutil y acompasada transformación, cambia de estado, deja de ser anécdota, hielo, ripio, y se vuelve verso, agua, vida. Sólo entonces, cuando esa masa parca e inhóspita de hielo se vuelve una corriente intrépida de agua, el trabajo de la poesía, instrumentado aquí por Roxana, nos da su resultado.

Lo interesante de este pasaje de la anécdota al verso, del hielo al agua, del simple hecho al hecho poético es lo que se conserva. Es su dialéctica. Ella, que era él, tan parco e inhóspito, se vuelve ella, tan intrépida e impredecible y tan parca e inhóspita también: lo conserva en sí pero se vuelve otra.  En este libro, a diferencia de las impetuosas y arrebatadas olas de agua con las que la poética de Natalia nos dice el amor, el agua es una corriente mansa y sutil pero igual de efectiva. La poesía en este libro nos enfrenta a la otra operación del amor: hacer líquido lo sólido. El amor como un sol rompehielos, como una estrella hacedora de agua.

  El excedente de lo erótico en Leiderman; la suavidad, sinónimo de elegancia en Molinelli.

Natalia y Roxana nos hablan de amor. La irrupción del amor en la vida de alguien es, por antonomasia, el más primordial cambio de estado. Con estilos diferentes, el discurso amoroso es, en ambos libros, el que se impone. El yo lírico de Leiderman se detiene en dos momentos fundamentales: el amor que comienza –y toda su mitología del placer redescubierto o descubierto– y el amor que terminó –con su desengaño, su desdén. Así, por ejemplo:

“desde cuándo soy

tu animal

tu paciente anestesiada

desde cuándo me tenés

inmóvil en la silla

a punto de cortarme el pelo

o las manos, desde cuándo”

O, a contramano:

“algo se perdió

si te da lo mismo lejos o cerca

acariciarme a mí

o a tu perro

cogerme o ver pornografía

los órganos que aman

duermen, titilan una siesta larga

sueñan con otros choques

otros extravíos”

Molinelli, por su parte, retrata el amor en marcha, la intimidad y la paciencia del durante.

El discurso amoroso en Animales dorándose al sol parece más próximo a lo invocado. Como si entre el hecho y el discurso del hecho hubiera mayor inmediatez (aunque no por eso menor reflexión). Dice Kristeva: “Vértigo de identidad, vértigo de palabras: el amor es, a escala individual, esa súbita revolución, ese cataclismo irremediable del que no se habla más que después. El después en Leiderman resulta mucho más cercano. Esa cercanía es parte del arriesgado juego del yo-lírico-niña-traviesa que puede sospechar lo mucho que se aburre Dios mientras dos personas cogen o lo increíbles que deben ser los poemas pensados justo antes de dormir, de acabar o de morir (es decir, justo allí donde la identidad se vuelve más vertiginosa, donde las identificaciones tiemblan). Natalia nos recuerda que la primera persona es –y nunca debería dejar de ser– un acto de valentía.

Roxana, en cambio, con su deshielo, apela a una tibia erosión que, aunque más parecida a una caricia lenta y suave, deja a la anécdota igual de percutida y modelada y le abre las puertas al discurso amoroso instrumentado en la forma de un poema. El amor del día a día, el amor establecido y en meseta, que permite su después. O, de igual manera, el amor que permite suceder a otro.

Es esa meseta la que le permite al yo poético de Molinelli, a mi entender, decir el amor (y todo lo que se dice con él) mediante versos elegantes y suaves, delicados en su sonido, acompasados, complacidos de las escenas que describen.

Así, por ejemplo:

“De mañana a la mesa

se nota quien armó cada tostada.

Necesitás cortarla en cuadraditos

orientalmente simétricos

yo sólo mezclo y desparramo ansiedades en mermeladas

cremosamente occidentales”

O, en segundo ejemplo:

“La única foto que tenemos

de nosotros

la imprimí en casa

en una hoja común, (…)

Es hermosa de papel

todavía”

El yo poético de Leiderman denota la fuerza del encuentro amoroso que no se agota del todo allí entonces se tramita por la palabra: el discurso de lo erótico, el discurso en torno al encuentro con lo amado que, en verdad, es incomunicable. El yo poético de Natalia nos comunica con picardía que el amor es incomunicable. El amor es, entonces, como el poema pensado justo antes de morir, el definitivo.

En ambos casos, abordar los poemas de los dos libros desde el amor como tema, me reformula la pregunta anterior. Ahora mi pregunta es: ¿para qué otra cosa sirve la poesía sino para que algo cambie de estado? Pero no de cualquier modo, creo, sino hacia la liquidez del presente continuo, hacia el puro presente. Los versos de estos libros ponen las cosas en movimiento. El verso es rítmico, arrítmico, vivo.

Sea por medio de la sutileza de un sol rompehielos que desgasta el vidrio rocoso durante años hasta volverlo agua o por la eléctrica arritmia de un orgasmo que deshiela con su calor inédito a un corazón congelado, la poesía pone en movimiento, provoca la pérdida total de las identificaciones, camino a otro lugar, a otra cosa, siempre desconocida y sorprendente.

Animales dorándose al sol (2016)

Autora: Natalia Leiderman

Editorial: El Ojo del Mármol

Género: poesía

Las mañanas, el deshielo (2016)

Autora: Roxana Molinelli

Editorial: El Ojo del Mármol

Género: poesía

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