Reseña #579- Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver 1


 

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Por Valentina Vidal

“Una mañana, después de dos días de dedicación febril a los autorretratos, el pintor se había cortado la mano con la que pintaba. Acto seguido se había hecho un torniquete en el brazo y le había llevado la mano a un taxidermista a quien conocía y quien ya estaba al tanto de la naturaleza del nuevo trabajo que le esperaba. Luego se había dirigido al hospital, en donde cortaron la hemorragia y procedieron a suturar el brazo. En algún momento alguien le preguntó cómo sucedió el accidente. Él contestó que sin querer, mientras trabajaba, se había cortado la mano de un machetazo. Pero la realidad, era que el pintor Edwin Johns, colocó sobre el collage de un cuadro de pintura la mano que previamente se había amputado. El cuadro resulta el más enigmático y  revelador de una exposición que realiza en Londres. Al pintor se le verá más tarde en un manicomio ubicado cerca de los Alpes suizos.” Roberto Bolaño, fragmento de 2666.

Cuando me encontré con Suicidio (2008, publicado por Eterna Cadencia, 2017) de Edouard Levé, nacido en París en 1965, no pude evitar recordar este fragmento de Bolaño, ya que Levé al igual que el pintor que se corta la mano después de pintar un cuadro, se suicida a los 42 años, pocos días después de entregar el manuscrito al editor. Los dos casos, combinan una suerte de acto artístico tan definitivo como dantesco.

La novela narra un universo de hipótesis e imágenes acerca de la vida de un amigo que se suicidó a los 25 años con una prosa abrumadoramente fresca e hipnótica.

“Un sábado del mes de agosto, sales de tu casa vestido para jugar al tenis, con tu mujer. A medio cruzar el jardín, le dices que te olvidaste la raqueta adentro. Vuelves a buscarla, pero en vez de dirigirte al placar de a entrada, donde suele estar, bajas al sótano. Tu mujer no se da cuenta, se quedó afuera, es un lindo día, está disfrutando del sol. Unos segundos después, siente la descarga de un arma de fuego. Entra corriendo a la casa, grita tu nombre, nota que la puerta de la escalera que da al sótano está abierta, baja y te encuentra. Te pegaste un tiro en la cabeza con el fusil que habías preparado cuidadosamente. Sobre la mesa dejaste una historieta abierta en una doble página. Por la conmoción, tu mujer se apoya en la mesa, el volumen se mueve y se cierra, antes de que ella comprenda que ese era tu último mensaje.”

Si dejamos un poco de lado lo irreversible, podemos encontrarnos con una segunda persona tan ceñida que nos confunde en una posible biografía inventada, (o no), pero lo cierto es que a medida que avanzan las páginas, este fotógrafo, pintor y escritor del verborrágico “Autorretrato” (2005, publicado por Eterna Cadencia 2016), donde ya mencionaba a su amigo, y ya dejaba entrever que había pensado en matarse, obnubila con una narración contundente que nos arrastra dentro de un fuerte oleaje de párrafos cortos, con puntuaciones filosas y de una exquisita sobriedad.

“Al no creer en los relatos, escuchabas las historias con una atención flotante, para descubrir su punto clave. Tu cuerpo estaba ahí, pero tu mente se ausentaba y reaparecía, como un oyente intermitente. Reconstituías los testimonios en un orden distinto al enunciado. Percibías la duración como quien mira un objeto tridimensional, haciéndola girar para representarte todas sus caras al mismo tiempo. Buscabas el halo instantáneo de los otros, la fotografía que resume en un segundo la suma de sus años.”

Levé apila sus nociones del mundo y nos las descarga delante de los ojos. La sensibilidad a la que está atado y que despliega de manera obsesiva, nos lleva a preguntarnos qué es lo que quiso hacer con esta magnolia narrativa al acoplarla a una determinación tan devastadora.

“Un diccionario se parece más al mundo que una novela, pues el mundo no es una secuencia coherente de acciones, sino una constelación de cosas percibidas”

Lo cierto es que su constelación de cosas percibidas está repleta de belleza  y es entonces que se me aparece nuevamente el fragmento 2666, sin dejar de destacar que Levé fue mucho más definitivo que el pintor, anulando su propia mirada y la de los otros al no poder retribuírsela. Le dio punto final a su vida dentro de una narración tan desmedidamente honesta como refinada sin la posibilidad de ver lo que podía provocar con ella. ¿Sería ese su objetivo? Es difícil saberlo.

Al margen de la inevitable reflexión que surge leyendo una novela de estas características tan particulares, y con la impecable traducción de Matías Battiston, puedo asegurar que la experiencia es casi física. Levé se mete debajo de la piel y usa nuestros músculos, nos arranca las venas y las muerde hasta triturarlas, dominando el ritmo de la respiración y dejándonos sin aire hasta la última página.

 

Suicidio (2017)

Autor: Edouard Levé

Traducción: Matías Battiston

Editorial: Eterna Cadencia

Género: novela


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